Como el Chavo del Ocho, que siempre soñaba con comerse una torta, el chavo del mil quinientos soñaba con comer… lo que fuera.
Hay libros que tuvieron éxito en su tiempo y luego cayeron en el olvido. Sin embargo, si un editor justiciero o un buen programa de lectura decidiera volverlos a poner ante la mirada de las nuevas generaciones, se adueñarían de nuevo (no importa que hayan transcurrido 500 años) de las más grandes masas lectoras.
Es el caso de Lazarillo de Tormes. Este libro medieval nos lleva de la mano, ciegos de nosotros, a conocer las calles de la pobreza, el hambre y el frío con humor para no pisar en falso. En su tiempo pudieron haber dicho «Ahí les va otro de Lazarillo», como ahora decimos lo mismo de Pepito.
Sin dramas ni tragedias, con un humor que casi pudiéramos calificar de metafísico (porque solo desde esa perspectiva se entiende el provocar risa de la necesidad y el vicio), el niño de Tormes, primogénito en la historia de los pícaros, nos ayuda a no tropezar en el camino de los tramposos, los embusteros, los falsos piadosos y, por si fuera poco, a reírnos (mucho) de (y con) ellos.
La Inquisición tuvo este libro, cuyo autor se desconoce, prohibido durante muchos años, porque suponían pudiera haber sido influenciado por ideas heréticas. Autorizaron una edición que fue «tijereteada» y fue hasta el siglo XIX (cuatrocientos años después de ser publicado) que volvió a difundirse completa.
A partir de la creación de este personaje, se empezó a llamar lazarillos a quienes guían a los ciegos. La palabra aparece con este significado en los diccionarios.
Huérfano, sucio, desnutrido y muy ingenioso, Lazarillo es patrimonio de la humanidad; humanidad pura, sin efectos especiales, envasada de origen, léase en el siglo en que se lea.












































