El acto radical de escuchar

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Salí de la presentación de Ita Nuni, Flor de Mayo en el IAGO con una idea latiendo fuerte. En medio de las reflexiones técnicas sobre diseño editorial y las sutilezas del libro objeto, lo que verdaderamente asaltó mi atención fue un concepto que hoy parece en peligro de extinción: la capacidad de escuchar, pero escuchar como un acto de resistencia.

Vivimos inmersos en una era donde nuestra atención está constantemente secuestrada, estamos condicionados para reaccionar en milisegundos, para consumir ráfagas de información y para convertir cualquier diálogo en una competencia de opiniones diseñadas para generar fricción. En este ecosistema donde todo tiene prisa, sentarse a escuchar a una abuela desenterrar los saberes de una lengua que le fue arrebatada y de plantas que cuidó por décadas, rompe violentamente con la lógica de la inmediatez, es decir, el conocimiento que no se puede digitalizar

Durante el conversatorio, el autor reveló que su libro es el resultado de años de, simplemente, sentarse a escuchar. Recopilar olores, paisajes y palabras en mixteco; episodios enteros de una vida que nunca quedaron registrados en un servidor ni fueron empaquetados en un formato efímero.

Hay una postura profundamente política en este acto y es el reconocimiento de que la sabiduría más vital no siempre baja de las instituciones ni se almacena en la nube. A veces, reside en una mujer que domina el arte de cultivar una flor o en la memoria de quien resguarda las palabras de una lengua originaria. Son historias que ningún código puede rastrear ni indexar, precisamente porque se tejen a otro ritmo.

La tierra y la memoria operan bajo una frecuencia distinta diferencia de nuestros dispositivos, la naturaleza no entiende de tendencias ni de atajos. Una semilla no germina por acumulación de interacciones o engagement.

Durante la charla, se habló de una Flor de Mayo que tardó años en florecer; un testimonio vivo de que el cuidado y el tiempo son indivisibles. En una sociedad obsesionada con la gratificación instantánea, aceptar que lo que realmente sostiene la vida requiere tiempo es una verdad que resulta casi subversiva, no hay «hacks» para la naturaleza.

Esa misma lógica de resistencia se aplica a la lengua materna. El mixteco de esta historia familiar representa una herencia que sobrevivió al borde de la extinción, amenazada por la discriminación sistémica y por la falsa promesa de que el progreso y la modernidad solo hablaban español.

Aquí entra en juego una palabra indispensable: la fe, no en un sentido dogmático, sino como la convicción obstinada de preservar aquello que la inercia da por perdido. Fe en que una comunidad, una historia familiar y una flor pueden, contra todo pronóstico, prevalecer. Nuestra identidad se forja exactamente ahí, en esas pequeñas y necias persistencias.

Por eso, hoy más que nunca, escuchar es rebelarse contra el ruido. Es reconocer que antes de nosotros hubo otros, y que heredamos un mundo complejo de saberes y raíces que exigen nuestra disposición para recibirlos. Hoy escuchar es una de las formas más contundentes de cuidar y cuidar es la única herramienta real que tenemos para ganarle la batalla al olvido.

X: @carlosavm_

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