Pero, ¿en qué momento dejamos de utilizar las redes sociales para comunicarnos, para compartir nuestras alegrías, nuestros momentos, nuestras fotografías, nuestros pensamientos y hasta nuestros sueños, para convertirlas en un espacio donde muchas veces parece que lo único que importa es criticar, señalar, ofender y hacer sentir mal a los demás?… ¿En qué momento dejamos de pensar que detrás de una pantalla también existe un ser humano con sentimientos?…
La verdad es que pareciera que hoy en día resulta mucho más sencillo escribir una palabra hiriente que detenernos unos segundos a pensar en el daño que podemos ocasionar con ella. Es muy fácil estar detrás de un teléfono, de una computadora o de cualquier dispositivo y lanzar comentarios llenos de odio hacia alguien que quizá ni siquiera conocemos personalmente.
Y claro, las redes sociales nos han dado una libertad enorme para expresar lo que pensamos, pero ¿será que esa libertad nos da también el derecho de lastimar a los demás?… ¿Será que porque estamos detrás de una pantalla podemos decir cualquier cosa sin importar las consecuencias?…
La realidad es que no.
Cada palabra que escribimos tiene un peso, aunque muchas veces no podamos verlo. Detrás de cada fotografía, de cada publicación, de cada video, de cada comentario, existe una persona que tiene una historia, problemas, preocupaciones, sueños, inseguridades y sentimientos que nosotros desconocemos por completo.
Muchas veces juzgamos a alguien por una fotografía, por la ropa que utiliza, por su manera de hablar, por su forma de pensar, por sus errores, por sus triunfos, por la relación que tiene con alguien, por su trabajo o simplemente porque no estamos de acuerdo con lo que publica.
Y entonces aparecen los famosos comentarios de odio, esos que parecen escritos sin pensar, como si destruir la autoestima de otra persona fuera un juego, como si provocar una reacción fuera motivo de orgullo, como si tener muchos comentarios o generar una discusión significara haber ganado algo.
Pero, ¿qué ganamos realmente cuando hacemos sentir mal a alguien?… ¿Qué ganamos cuando insultamos?… ¿Qué ganamos cuando nos burlamos de una persona?… ¿Qué ganamos cuando utilizamos nuestras palabras para sembrar odio?…
Tal vez nada.
Porque detrás de una pantalla podemos aparentar ser muy fuertes, muy valientes, muy seguros de nosotros mismos, pero la verdadera fortaleza no está en humillar a los demás. La verdadera fortaleza está en saber cuándo guardar silencio, cuándo respetar y cuándo comprender que no todo aquello que pensamos tiene necesariamente que ser publicado.
No podemos controlar lo que los demás dicen de nosotros, pero sí podemos decidir qué palabras salen de nuestra boca y qué palabras salen de nuestros dedos cuando escribimos.
Y qué importante sería que antes de publicar un comentario nos preguntáramos: ¿lo diría de la misma manera si tuviera a esa persona frente a mí?… ¿Sería capaz de repetirle a los ojos lo que estoy escribiendo?… ¿Me gustaría que alguien hablara así de mí, de mis hijos, de mis padres o de alguien que quiero?…
Porque muchas veces somos muy valientes para escribir aquello que jamás nos atreveríamos a decir frente a frente.
Las redes sociales no deberían convertirse en un campo de batalla donde todos queremos tener la razón. No deberíamos sentir que tenemos que destruir al otro para demostrar que nuestro pensamiento es el correcto. Podemos pensar diferente, podemos tener opiniones distintas, podemos no estar de acuerdo y aun así podemos respetarnos.
Qué difícil parece entenderlo en estos tiempos, cuando vivimos tan pendientes de lo que hacen los demás, de lo que publican, de lo que comen, de cómo se visten, de con quién están, de dónde viajan, de cuánto tienen y hasta de cómo deciden vivir sus propias vidas.
Y mientras nosotros estamos ocupados señalando los errores de los demás, quizá estamos olvidando mirar los nuestros.
No se trata de que dejemos de expresar nuestras opiniones, tampoco de que aceptemos todo aquello con lo que no estamos de acuerdo. Se trata simplemente de aprender a hacerlo con respeto, porque una opinión diferente no tiene por qué convertirse en una agresión.
Hay personas que entran a las redes sociales buscando aprobación, compañía, información o simplemente un momento de distracción y terminan encontrándose con comentarios que pueden lastimarlas profundamente.
Nunca sabemos qué está viviendo una persona detrás de esa fotografía que vemos en nuestra pantalla. Tal vez sonríe mientras atraviesa uno de los momentos más difíciles de su vida. Tal vez esa publicación que nosotros criticamos fue para ella un pequeño instante de felicidad. Tal vez nuestras palabras llegan justo en el momento en que más vulnerable se encuentra.
Por eso debemos aprender a ser más humanos también en las redes sociales.
No todo merece una respuesta. No todo merece una discusión. No todo merece nuestro enojo.
A veces la mejor respuesta es el silencio, otras veces es el respeto y muchas otras simplemente seguir adelante.
Dejemos de creer que tenemos que opinar sobre absolutamente todo. Dejemos de convertir las diferencias en pleitos. Dejemos de alimentar el odio con más odio.
Porque el mundo ya tiene demasiadas cosas que nos dividen como para que nosotros, desde una pantalla, sigamos construyendo más barreras entre unos y otros.
Aprendamos a utilizar las redes sociales para compartir cosas buenas, para apoyar, para informar, para motivar, para acompañar, para reconocer los logros de los demás y también para ofrecer una palabra de aliento cuando alguien la necesita.
Y si algo no nos gusta, aprendamos también a pasar de largo.
No tenemos que entrar a todas las discusiones, no tenemos que responder a todos los ataques, no tenemos que demostrarle a nadie que tenemos la razón.
La vida es demasiado corta como para desperdiciarla en discusiones que no nos dejan absolutamente nada.
Recordemos que detrás de cada perfil hay una persona, detrás de cada fotografía existe una historia y detrás de cada palabra puede existir un sentimiento que nosotros desconocemos.
Seamos cuidadosos con lo que escribimos, porque una palabra puede destruir, pero también puede sanar; una palabra puede provocar una sonrisa, pero también puede convertirse en una herida que tarde mucho tiempo en cerrar.
Amigos, hagamos de nuestras redes sociales un lugar un poquito más humano. No permitamos que el hate se convierta en una forma de vida, porque nadie se hace más grande haciendo pequeño a los demás.
Y antes de escribir algo que pueda lastimar, detengámonos un momento, respiremos y pensemos… ¿realmente vale la pena?
Quizá descubramos que muchas veces no.
Porque al final de cuentas, no se trata de ganar una discusión en internet, se trata de no perder nuestra humanidad en el intento.
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