En la mayoría de los casos, la gente se esfuerza por mantener su seguridad y una sensación de equilibrio en su vida. Si siempre saliera en pos de cada nueva persona o fantasía que pasa a su lado, no podría sobrevivir a la brega diaria.
Usualmente, ve coronados sus esfuerzos, pero lograrlo no es fácil. El mundo está lleno de tentaciones. La gente lee sobre personas que tienen más que ella, sobre aventuras de otros y sobre individuos que han hallado la riqueza y la felicidad.
La seguridad por la que pugna, y que parece tener, es, en realidad, una ilusión. Encubre una tensión constante.
Como seductor, nunca confundas la apariencia con la realidad. Sabes que la lucha de las personas por mantener un orden en su vida es agotadora y que las corroen la duda y el rencor. Es difícil ser bueno y virtuoso cuando siempre se tienen que reprimir los deseos más fuertes.
Con eso en mente, la seducción es más fácil. Lo que los demás quieren no es la tentación; la tentación es cosa de todos los días. Lo que desean es ceder a ella, darse por vencidos. Esa es la única manera en que pueden librarse de la tensión que existe en su vida. Cuesta mucho más trabajo resistirse a la tentación que rendirse a ella.
Masetto y las monjas
Masetto, al oír esto, quiso obtener el trabajo con esas monjas para cumplir allí sus deseos. Pero, por precaución, le dijo a su amigo:
—Has hecho bien en venir. ¿Qué hace un hombre entre mujeres? Mejor sería vivir con diablos, porque ellas, seis veces de cada siete, no saben lo que quieren.
Después de tales razonamientos, Masetto preparó la manera de presentarse en el convento.
Sabía el oficio de su amigo Nuto, pero temía que no lo recibieran al verlo joven y apuesto. Y así pensó:
«El lugar está lejos y nadie me conoce. Fingiré ser mudo y me recibirán».
Se presentó como un pobre hombre en el convento, encontró al administrador y, como pudo, por señas, le pidió limosna, ofreciéndose para cortar leña.
Este le dio comida y luego le enseñó unos troncos que Nuto no había podido cortar. Masetto los cortó en un momento. Después, lo llevó al bosque para que cortara más leña; seguidamente, se la hizo poner sobre un asno y le mandó con el animal al convento.
Lo tuvo unos días más con él para que le ayudara a terminar algunas faenas. El administrador estaba contento con la manera en que trabajaba Masetto y le preguntó por señas si quería quedarse allí. Este respondió afirmativamente y le fue asignada la tarea de cuidar el huerto, junto con otras obligaciones.
Un día en que había trabajado mucho y estaba descansando, dos monjas, creyendo que estaba dormido, decían:
—Si no dijeras nada, te confiaría un pensamiento que he tenido algunas veces; tú también te podrías aprovechar.
La otra declaró:
—Dímelo, que no hablaré.
—No sé si has pensado lo sobriamente que vivimos —dijo la atrevida—, ya que aquí no puede entrar ningún hombre, excepto el mayordomo, por viejo, y este, por mudo. Yo he oído decir a mujeres que el placer mayor de todos es el de hombre y mujer. He pensado que, ya que no puedo hacerlo con otros, podría ensayarme con el mudo y, además, sería lo más prudente, porque no diría nada. ¿Qué opinas?
—¡Qué dices! —respondió la otra—. ¡Hemos prometido a Dios nuestra virginidad!
—¡Y cuántas cosas que no se cumplen se le prometen día a día! —repuso la primera.
—¿Y si quedáramos embarazadas? —inquirió la más prudente.
Su amiga contestó:
—Piensas en el mal antes de que llegue. Cuando ocurra, pensaremos algo. Encontraremos mil soluciones si nadie se entera.
La otra, al oír esto, sintió más deseos que la primera de probar qué clase de hombre era el mudo.
—¿Cómo lo haremos? —dijo—. Ahora es la hora nona y todas las monjas deben de estar durmiendo. Asegurémonos de que no hay nadie en el huerto y, entonces, ¿qué hemos de hacer sino echar mano de ese y llevarlo a la cabaña junto al manantial? Mientras una esté con él, que la otra vigile. Como se trata de un necio, hará lo que queramos.
Masetto se enteraba de todo y estaba presto a obedecer.
Cuando ellas hubieron comprobado y examinado todo, la más atrevida se dirigió a Masetto y lo despertó con obras lisonjeras. Le tomó la mano y él se reía neciamente. Lo llevó a la cabaña, donde Masetto, sin hacerse rogar, cumplió lo que ella quería.
La monja, como buena compañera, llamó luego a la otra, a quien Masetto también cumplimentó. Antes de marcharse, volvieron a probar al mudo y las dos coincidieron en que era lo más dulce que existía.
A partir de entonces, planeaban horas adecuadas para ir a retozar con el hortelano.
Un día, una monja las vio desde su ventanita de la celda y se lo enseñó a dos compañeras. Decidieron ir a acusarlas ante la abadesa, pero pronto cambiaron de opinión y fueron a participar de Masetto, a quien, por otros incidentes, las demás también habían ido a buscar.
Por último, la abadesa, ignorante de lo que ocurría, se paseaba por el jardín un día de mucho calor, cuando encontró a Masetto, quien, dada la mucha fatiga de cabalgar por la noche, estaba tendido bajo la sombra de un árbol.
El viento había levantado sus ropas y estaba todo descubierto; una tentación que sufrió la abadesa, como sus monjitas.
Lo condujo a su cámara y ahí lo tuvo varios días, con gran desconsuelo de sus monjas, al ver que él no salía a labrarles el huerto. La abadesa, en cambio, probaba la dulzura que reprobaba ante las demás.
Giovanni Boccaccio, El Decamerón
La debilidad como punto de partida
Tu tarea, entonces, es crear una tentación que sea más intensa que la variedad cotidiana. Debe centrarse en los demás, apuntar a ellos como individuos y dirigirse a su debilidad.
Entiende que todos tenemos una debilidad dominante, de la que se deriva el resto. Halla esa inseguridad infantil, esa carencia en la vida de la gente, y tendrás la clave para tentarla.
Su debilidad puede ser la codicia, la vanidad, el aburrimiento, un deseo reprimido conscientemente o el ansia de un fruto prohibido. Las personas dejan ver todo eso en pequeños detalles que escapan a su control consciente: su manera de vestir, un comentario casual o determinados comportamientos.
Su pasado, y en especial sus romances, estarán llenos de pistas. Tiéntalas con ardor, de una forma ajustada a su debilidad, y harás que la esperanza de placer que despiertes en ellas figure más prominentemente que las dudas y ansiedades que la acompañan.
La vanidad del duque de Buckingham
En 1621, el rey Felipe III de España ansiaba establecer una alianza con Inglaterra casando a su hija con el vástago del rey inglés, Jacobo I. Este pareció aceptar la idea, pero la frenó para ganar tiempo.
El embajador de España en la corte inglesa, un tal Gondomar, recibió la tarea de promover el plan de Felipe. Gondomar puso los ojos en el favorito del rey, el duque, antes conde, de Buckingham.
Gondomar conocía la principal debilidad del duque: la vanidad. Buckingham ansiaba gloria y aventura para aumentar su fama; le aburrían sus limitadas tareas y se enfurruñaba y quejaba por ello.
El embajador lo halagó primero profusamente: el duque era el hombre más apto del país y era una vergüenza que se le asignara tan poco que hacer. Luego empezó a susurrarle una gran aventura.
El duque, como Gondomar sabía, estaba a favor de la boda con la princesa española, pero esas malditas negociaciones matrimoniales con el rey Jacobo demoraban mucho y no llegaban a ningún lado.
¿Y si el duque acompañaba al hijo del rey, su buen amigo el príncipe Carlos, a España?
Claro que esto tendría que hacerse en secreto, sin guardias ni escoltas, para que el gobierno inglés y sus ministros no sancionaran el viaje. Pero eso mismo volvía todo más peligroso y romántico.
Una vez en Madrid, el príncipe podría arrojarse a los pies de la princesa María, declararle su amor imperecedero y llevarla en triunfo a Inglaterra. Sería una proeza caballeresca, y todo por amor.
El duque se llevaría el crédito, y esto daría fama a su nombre por siglos.
El duque se prendó de la idea y convenció a Carlos de secundarla. Tras mucho discutir, también persuadieron al renuente rey Jacobo.
El viaje estuvo cerca de ser un desastre —Carlos habría tenido que convertirse al catolicismo para conquistar a María— y el matrimonio jamás se llevó a cabo, pero Gondomar había cumplido su cometido.
No sobornó al duque con ofrecimientos de dinero ni poder; apuntó a su parte infantil, que nunca había crecido.
Un niño tiene poca fuerza para resistirse. Lo quiere todo ya y es raro que piense en las consecuencias. En todos nosotros acecha un niño: un placer que se nos negó, un deseo reprimido.
Toca esa fibra en otros, tiéntalos con el juguete adecuado —aventura, dinero, diversión— y abandonarán su normal sensatez adulta.
Identifica su debilidad a partir de cualquier conducta infantil que revelen en la vida diaria: esa es la punta del iceberg.
Napoleón y la promesa de gloria
Napoleón Bonaparte fue nombrado general supremo del ejército francés en 1796. Su encomienda era derrotar a las fuerzas austriacas que habían tomado el norte de Italia.
El obstáculo era inmenso: Napoleón tenía entonces apenas veintiséis años; los generales bajo sus órdenes envidiaban su posición y dudaban de sus aptitudes. Sus soldados estaban exhaustos, hambrientos, mal pagados y disgustados.
¿Cómo podía motivar a ese grupo a combatir al muy experimentado ejército austriaco?
Mientras se preparaba para cruzar los Alpes en dirección a Italia, dirigió a sus tropas un discurso que quizá haya representado el momento decisivo de su carrera y de su vida:
«¡Soldados! Sé que están casi muertos de hambre y semidesnudos. El gobierno les debe mucho, pero no puede hacer nada por ustedes. Su paciencia y su valor los honran, pero no les dan gloria. […] Yo los guiaré a las llanuras más fértiles de la Tierra. Ahí encontrarán ciudades florecientes y abundantes provincias. Ahí cosecharán honor, gloria y riqueza».
Este discurso tuvo un efecto muy poderoso.
Días después, estos mismos soldados, tras el arduo ascenso de las montañas, contemplaban el valle de Piamonte. Las palabras de Napoleón resonaron en sus oídos, y una banda harapienta y gruñona se convirtió en un inspirado ejército que arrasaría con el norte de Italia en pos de los austriacos.
El uso de la tentación por Napoleón tuvo dos elementos: «Detrás de ti está un pasado sombrío; frente a ti, un futuro de gloria y riqueza, si me sigues».
Una clara demostración de que el objetivo no tiene nada que perder y todo que ganar es esencial en la estrategia de la tentación.
El presente ofrece escasa esperanza; el futuro podría estar lleno de placer y emoción. Recuerda describir vagamente los beneficios futuros y ponerlos relativamente fuera del alcance.
Sé demasiado específico y decepcionarás; pon la promesa demasiado a la mano y no podrás aplazar su satisfacción lo suficiente para obtener lo que deseas.
Las barreras de la tentación
Las barreras y tensiones de la tentación están ahí para impedir que la gente ceda demasiado fácil o superficialmente. Debes hacer que luche, resista y se muestre ansiosa.
La reina Victoria se enamoró, sin duda, de su primer ministro, Benjamin Disraeli, pero entre ellos había barreras de religión —él era judío y de piel morena—, de clase —ella era, desde luego, una reina— y de gusto social —ella era un dechado de virtudes y él, un conocido dandy—.
La relación nunca se consumó, pero esas barreras llenaron de delicia sus encuentros diarios, rebosantes de continuo flirteo.
Hoy han desaparecido muchas de esas barreras sociales, así que hay que inventarlas: solo así es posible dar sabor a la seducción.
Los tabúes de toda clase son fuente de tensión y ahora son psicológicos, no religiosos. Busca una represión, un deseo secreto que haga a tu víctima retorcerse incómoda si das con él, pero que la tentará más todavía.
Indaga en su pasado; lo que parezca temer o rehuir tal vez sea la clave. Podría tratarse de un anhelo de figura materna o paterna, o de un deseo homosexual latente.
Quizá tú puedes satisfacer ese deseo presentándote como una mujer masculina o un hombre femenino. Con otros, haz de Lolita o de Papi, alguien que se supone que no pueden hacer suyo, el lado oscuro de su personalidad.
La asociación debe ser vaga; tienes que lograr que los demás persigan algo elusivo, algo salido de su propia mente.
Casanova y Charpillon
En 1769, Casanova conoció en Londres a una joven apellidada Charpillon. Era mucho menor que él, la mujer más hermosa que hubiera visto jamás y tenía fama de destruir a los hombres.
En uno de sus primeros encuentros, Charpillon le dijo sin más que se enamoraría de ella y que ella misma sería su ruina.
Para incredulidad de todos, Casanova la persiguió. En cada encuentro, ella insinuaba que podría ceder; quizá en la siguiente ocasión, si él era bueno con ella.
Charpillon excitó su curiosidad: ¿qué placeres le brindaría? Él sería el primero; la domaría.
«El veneno del deseo penetró tan cabalmente todo mi ser», escribió después Casanova, «que, si ella lo hubiera querido, me habría despojado de todo lo que poseía. Yo habría aceptado la miseria a cambio de un solo beso».
Esta «aventura» fue, en efecto, su ruina; ella lo humilló.
Charpillon había juzgado correctamente que la debilidad primaria de Casanova era su necesidad de conquistar, de vencer retos, de probar lo que ningún otro hombre había probado nunca.
Debajo había una especie de masoquismo, un placer en el dolor que una mujer podía infligirle. Jugando a la mujer imposible, incitándolo y luego frustrándolo, ella ofrecía la tentación suprema.
A menudo da resultado hacer sentir al objetivo que eres un reto, un premio por ganar. Al poseerte, obtendrá lo que nadie más ha tenido. Incluso podría obtener dolor; pero el dolor está cerca del placer y ofrece sus propias tentaciones.
David y Betsabé
En el Antiguo Testamento se lee que «levantándose David de su cama […], paseábase por el terrado de la casa real cuando vio desde el terrado una mujer que se estaba lavando, la cual era muy hermosa».
Era Betsabé. David la llamó, supuestamente la sedujo y procedió a librarse de su esposo, Urías, en batalla.
Sin embargo, en realidad fue Betsabé quien sedujo a David. Se bañó en su azotea a una hora en que sabía que él estaría en su balcón.
Tras tentar a un hombre cuya debilidad por las mujeres ella conocía, se hizo la coqueta para forzarlo a perseguirla.
Esta es la estrategia de la oportunidad: ofrece a un individuo débil la posibilidad de tener lo que codicia, poniéndote meramente a su alcance, como por accidente.
La tentación suele ser cuestión de oportunidad, de cruzarse en el camino del débil en el momento justo para darle la posibilidad de rendirse.
Betsabé usó todo su cuerpo como señuelo, pero suele ser más eficaz usar solo una parte, creando así un efecto de fetiche.
Madame Récamier dejaba vislumbrar su cuerpo bajo los finos vestidos que se ponía, pero solo un instante, cuando se quitaba el mantón para bailar.
Los hombres partían esa noche soñando con lo poco que habían visto. La emperatriz Josefina se esmeraba en desnudar en público sus hermosos brazos.
Brinda a tu objetivo solo una parte de ti, para que fantasee; crearás, de este modo, una constante tentación en su mente.













































