Consolidación de valores humanos, la única fórmula para el vivir bien

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“El hombre es un árbol que las tempestades matan al arrancarlo”… Anatole France

Vivimos un tiempo en el que conocemos de situaciones negativas por doquier, ya sea en nuestro entorno o en diferentes lugares del planeta, pues priva la ausencia de valores humanos, en tanto que prevalece el egoísmo, la soberbia, el odio, el afán de obtener poder y obtener toda clase de bienes materiales a costa de lo que sea.

Lo anterior es resultado de la ausencia de principios y de valores humanos, incluso mucha gente los considera fuera de moda en la vida moderna, lo cual es un error garrafal, pues los países que los fomentan son los que tienen un mayor progreso económico y social (Japón y algunas naciones escandinavas, por mencionar algunas de las pocas existentes).

Los valores humanos son universales, pues significa todo aquello que nos permite tener una buena relación con nuestros semejantes, dejando a un lado lo que perjudique a otras personas, o sea cualquier cosa que hagamos para nosotros, pero pensando también en no perjudicar a los demás, sean estos nuestros vecinos, conciudadanos e incluso a migrantes.

Se define en la literatura pedagógica que “los valores humanos son aquellas realidades que convienen al hombre, tanto a su naturaleza sensible y racional, como su hacer, su obrar o su padecer”, de manera que haga posible que el ser humano se exprese y manifieste en lo que es y puede llegar a ser, pues de esa manera se convierte en un hombre valioso.

Lamentablemente, en no pocos casos, resulta ser al revés, pues priva la idea de que el hombre debe ser, desde niño, “muy vivo” y que aproveche todo lo que esté a su alcance, así sea perjudicando a otra u otras personas, lo que sucede a la inversa se practica en otras culturas, así por ejemplo, tener en mente que si alguien encontró algo en la calle o en un lugar público, “debe ser de alguien” y por lo tanto hay que devolverlo o entregarlo a la autoridad o a los responsables de hacerlo llegar a su dueño.

Para entender mejor lo anterior, analicemos lo que es la ética social, que se basa en principios legales, e incluso con los religiosos, construidos en normas que deben ser cumplidas mediante ordenamientos civiles o bien en mandatos divinos, pues el hombre debe someterse a un control de poderes superiores, pese a la libertad innata que todos poseemos.

El filósofo John Locke, recuerda el Dr. Luis Alberto Vázquez Álvarez, precisa en reciente estudio sobre la ética civil y religiosa, “…el hombre en estado natural, posee una libertad tan grande que lo hace amo absoluto de su propia persona y de sus posesiones y (por lo tanto) súbdito de nadie”, y posteriormente cuestiona:

¿Por qué decide mermar su libertad al someterse al dominio y control de otros poderes? Lógico es que se refiere al poder del gobierno civil y a la religión, cada uno con un diferente propósito.

El gobierno civil somete al hombre, según lo expresa el filósofo Locke, “como una sociedad de personas constituida solamente para procurar, preservar y hacer avanzar los intereses de índole ciudadana”, tales como la vida, la libertad, la salud, la posesión de los bienes materiales, etc., y para ello recurre a leyes en sus correspondientes ámbitos.

La religión, por su parte, se basa en preceptos divinos, que en el caso de los seguidores de Jesucristo, se remite a los Evangelios, pero volviendo a Locke, éste exige distinguir entre las cuestiones del gobierno civil y de la religión, fijando acciones justas y es por ello que ni uno ni otro pueden usar la fuerza para el logro de su cometido, sino recurriendo al convencimiento para el cumplimiento los preceptos civiles y los ordenamientos divinos.

Por lo tanto, es el hombre el que debe disciplinar su mente para no incurrir en trasgredir la ética civil y religiosa, mediante el cumplimiento de los valores correspondientes, y de esa manera contribuir a su desarrollo en la vida social que le ha tocado vivir en un clima de paz en la sociedad y en su propia tranquilidad espiritual.

¡Es cuanto!

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