Dicen que para saber si una ciudad tiene alma hay dos signos muy claros: uno, la calidad de la producción de sus artistas, y dos, que en ella ocurran milagros.
A pesar de que José Vasconcelos excluyó al norte de México de la cultura (“la cultura termina donde inicia el gusto por la carne asada”, dicen que dijo), y de que las nuestras son ciudades orientadas al trabajo, a la materia, a los números cuantificadores de producción e ingresos, sin embargo, cumplen con ambos requisitos espirituales.
Del norte mexicano no solo han surgido empresarios exitosos. Hemos sido una zona fértil en artistas, tanto plásticos como de la pluma y la historia de la Virgen del Roble, por su parte, podría ser la evidencia que Monterrey, al menos esta urbe norteña, cumple con el segundo requisito para considerar que tiene un alma.
Independientemente de que este tipo de narraciones cuentan con una orientación religiosa, su existencia, y el que haya gente que las hace suyas y juzga verdaderas, es prueba de que el pueblo del que brotan tiene capacidad para ver y para creer en mucho más de lo que sus sentidos le muestran. Reunirlas en un volumen sería garantía de muy altas ventas y de varias reediciones.
La historia de la Virgen del Roble se mezcla con la del amanecer regiomontano, el tiempo de la fundación. Transcribimos la versión de dejó Sara Aguilar Belden:
“Poco tiempo después de haberse radicado aquí los españoles, uno de ellos que tenía una manadita de cabras las mandaba al campo al cuidado de una niña hija suya. En el bosque cercano había un roble. Un día la niña oyó una voz que la llamaba por su nombre, esto no dejó de confundirla pues sabía que entre tanta maleza no podía encontrarse nadie. Sintiéndose por eso turbada se acercó a donde la voz se percibía, y cuando llegó al roble, vio a la Santísima Virgen en el hueco del árbol. Despedía un olor suave y estaba adornado con tanta claridad, que más parecía la Gloria que un tronco de árbol.
“La niña corrió a decir a sus padres lo que había visto. Fueron con la niña. Derramando lágrimas de regocijo, dieron gracias a la Santísima Señora por tan inexplicable favor. Dieron aviso al señor cura. Trajeron a la Virgen a la iglesita del pueblo, mas la Señora, luego que anocheció, se volvió al mismo hueco del árbol; sus vestidos estaban con lodo y cadillos, manifestando así que desde la iglesia al roble se había regresado a pie.
“Tres veces se la llevaron a la iglesia, y se devolvía al roble, dando a entender con eso que ahí era su voluntad le hicieran su templo. Después de la tercera vez, congregados todos se fueron al roble, haciéndole promesa y juramento que le harían su templo ahí y le suplicaron que, mientras se construía, se dignase estar en la iglesia del pueblo, lo que les concedió.”
Esa virgen caminante, patrona de la Sultana del Norte, recibe continua adoración —y peticiones— de sus fieles, que son muchos, en el templo construido donde estuvo el árbol de su elección, el Templo del Roble, situado en las calles de Juárez y 15 de Mayo, en el Centro de la ciudad. Su fiesta se celebra el 18 de diciembre.
Si las sagas de escuelas de niños magos y las de vampiros enamorados venden en cifras de seis dígitos, ¿que tanto esfuerzo creativo necesita un buen autor para hacer de estas tradiciones un buen libro? El trabajo ya está prácticamente realizado











































