Siempre es peligroso mostrarse superior a los demás, pero lo más peligroso de todo es parecer libre de toda falla o debilidad. La envidia genera enemigos silenciosos. Lo inteligente es poner de manifiesto, de vez en cuando, sus defectos y admitir vicios inofensivos, a fin de desviar la envidia y parecer más humano y accesible. Sólo los dioses y los muertos pueden parecer perfectos impunemente.
Una de las cosas que más difíciles resultan al ser humano es manejar sus sentimientos de inferioridad. Al enfrentarnos con una capacidad, un talento o un poder superior, a menudo nos sentimos perturbados e incómodos; esto se debe a que tenemos una conciencia exagerada de nosotros mismos, y cuando nos encontramos con quienes nos superan, nos percatamos de los aspectos en que somos mediocres o al menos no tan brillantes como creíamos. Esta perturbación de nuestra imagen personal no puede tolerarse mucho tiempo sin que despierten emociones negativas. Primero sentimos envidia: si tuviésemos las cualidades o la habilidad de la persona superior a nosotros seríamos felices. Pero la envidia no nos brinda consuelo ni nos acerca a la persona a la que envidiamos.
Tampoco podemos admitir que sentimos envidia, porque es un sentimiento que la sociedad condena: mostrar envidia significa admitir que nos sentimos inferiores. Ante amigos cercanos podremos llegar a confesar nuestros deseos secretos y no realizados, pero nunca admitiremos sentir envidia. De modo que es un sentimiento clandestino. Lo disimulamos de muchas formas; por ejemplo, encontramos motivos para criticar a la persona a la que envidiamos: decimos que podrá ser más inteligente que nosotros pero no tiene valores morales o conciencia, o podrá tener más poder, pero ello se debe a que engaña y hace trampas.
Si no la desprestigiamos, quizá la elogiemos en exceso, lo cual no es más que otra forma de disimular la envidia. Hay diversas estrategias para manejar la insidiosa y destructiva envidia. Primero, acepte el hecho de que siempre habrá individuos que de algún modo, serán superiores a usted, y acepte también que usted podrá llegar a envidiarlos. Pero utilice ese sentimiento como fuerza impulsora para tratar de igualar o superar a esas personas algún día. Si deja que la envidia se vuelva hacia adentro, le envenenará el alma. Expúlsela y podrá elevarse más alto. En segundo lugar, comprenda que, a medida que vaya ganando mayor poder, quienes están debajo de usted le tendrán envidia. No lo demostrarán, pero es inevitable. No acepte ingenuamente la fachada que le muestran: aprenda a leer entre lineas las críticas, los pequeños comentarios sarcásticos, las virtuales puñaladas por la espalda, el elogio excesivo, la mirada de resentimiento. Los grandes problemas de la envidia aparecen cuando no la reconocemos hasta que es ya demasiado tarde.
Por último, deberá saber que, cuando los demás lo envidian, trabajarán de modos insidiosos contra usted. Pondrán en su camino obstáculos que usted no preverá o cuya fuente no podrá descubrir. Es difícil defenderse de ese tipo de ataque. Para cuando se dé cuenta de que es envidia lo que subyace en los sentimientos negativos de una persona, a menudo es demasiado tarde: las disculpas, la falsa humildad, las acciones defensivas no harán más que exacerbar el problema.
Ya que es mucho más fácil evitar la envidia antes de que aparezca, que deshacerse de ella una vez que se ha desarrollado, usted deberá planificar con cuidado para evitar que ese sentimiento crezca. A menudo son las propias acciones las que generan envidia, la propia inconsciencia. Al identificar las acciones o cualidades que generan envidia, podrá cortarla por lo sano antes de que contamine toda su vida. Kierkegaard creía que hay ciertos tipos de individuos que generan envidia y que, cuando ésta surge, son tan culpables como quienes la sienten.
El más obvio de esos tipos de individuos es conocido por todos: en el momento en que algo bueno les sucede, ya sea por suerte o por esfuerzo propio, hacen gran alharaca; hasta pareciera que se complacen en hacer que otros se sientan inferiores. Éste es el tipo más obvio de «generadores de envidia». Pero hay otros que generan envidia en forma más sutil e inconsciente, y en gran parte son culpables de sus dificultades. La envidia es un problema, por ejemplo, para las personas que poseen grandes talentos naturales. Sir Walter Raleigh era uno de los hombres más brillantes de la corte de la reina Isabel de Inglaterra.
Era un científico capaz, escribía poesías que aún hoy se consideran las más hermosas de la época, era buen líder, activo empresario y gran capitán naval, y además un cortesano apuesto y encantador, que sedujo a la reina y llegó a ser uno de sus favoritos. Sin embargo, adondequiera que iba la gente le bloqueaba el camino. Más adelante cayó en desgracia, fue condenado a prisión y murió decapitado. Raleigh no comprendía la inflexible oposición que encontraba en los demás cortesanos. No lograba ver que él no sólo no había hecho ningún intento por disimular el grado de sus habilidades y cualidades, sino que las exhibía ante todos, haciendo gala de su versatilidad, convencido de que con eso impresionaba a la gente y ganaba amigos.
En realidad, esa actitud sólo le granjeó silenciosos enemigos, gente que se sentía inferior a él y que hacía todo lo posible por arruinarlo en el momento en que cometía la menor de las equivocaciones. Al final, la razón por la cual fue decapitado fue un cargo de traición, pero la envidia encuentra mil formas de enmascarar su carácter destructivo. La envidia generada por Sir Walter Raleigh es la peor de todas: fue inspirada por su natural talento y gracia, que él sentía que debía de manifestar en su plenitud. El dinero es algo que puede conseguirse; el poder, también. Pero una inteligencia superior, un físico agraciado y un encanto personal son cualidades imposibles de adquirir. Quienes son perfectos por naturaleza deben trabajar al máximo para disimular su brillo y revelar, de vez en cuando, uno o dos defectos, a fin de neutralizar la envidia antes de que eche raíces.
Es un error común e ingenuo pensar que usted seduce a la gente con sus talentos naturales; en realidad, terminarán odiándolo por ellos. Un gran riesgo en el ámbito del poder es la repentina mejora de la suerte personal: un ascenso inesperado, un triunfo o un éxito que pareciera venir del cielo. Esto sin duda generará envidia entre quienes antes eran sus pares. Cuando el arzobispo de Retz fue ascendido al rango de cardenal, en 1651, sabía muy bien que muchos de sus ex colegas lo envidiaban. Consciente de que sería tonto alienar a quienes ahora se hallaban por debajo de él, Retz hizo todo cuanto pudo para minimizar sus méritos y enfatizar el papel que la suerte había tenido en su éxito. Para que los demás se sintieran más cómodos, actuaba con humildad y deferencia, como si nada hubiera cambiado. (En realidad, por supuesto, sabía que ahora tenía mucho más poder que antes.) Retz escribió que aquellas políticas inteligentes «produjeron buen efecto, pues redujeron la envidia que sentían hacia mí, que es el más grande de todos los secretos». Siga el ejemplo de Retz.
Con sutileza enfatice la suerte que ha tenido, a fin de hacer su fortuna más accesible a los demás, y la necesidad de envidiarlo, menos aguda. Tenga cuidado de no simular una falsa modestia que resulte demasiado transparente; esto sólo despertará más envidia aún. Su actuación deberá ser creíble; su humildad y su franqueza hacia los que ha dejado atrás deberá parecer genuina. Cualquier vestigio de insinceridad sólo logrará que su nuevo status resulte más opresivo. Recuerde: a pesar de su elevada posición, no le conviene despertar la antipatía de sus ex pares. El poder exige una amplia y sólida base de apoyo, que la envidia puede destruir en silencio. El poder político de cualquier clase genera envidia, y una de las mejores formas de neutralizarla antes de que eche raíces consiste en parecer carente de ambiciones.
Cuando Iván el terrible murió, Boris Godunov sabía que en la escena política él era el único capaz de conducir los destinos de Rusia. Pero si demostraba demasiada ansiedad por ocupar esa posición, generaría sospechas y envidia entre los boyardos, así que rechazó la corona, no una sino varias veces: hizo que el pueblo insistiera en que ascendiera al trono. George Washington usó la misma estrategia con muy buenos resultados, primero al negarse a conservar el cargo de comandante en jefe del ejército estadounidense, y luego al resistirse a asumir la presidencia del país. En ambos casos, sus negativas lo hicieron más popular aún. La gente no puede envidiar el poder que ellos mismos han conferido a una persona que no lo deseaba.
Una advertencia.
La razón de tratar con cautela a los envidiosos es que son muy indirectos y encontrarán innumerables formas de socavarlo. Sin embargo, en algunos casos tratarlos con cuidado no hará sino empeorar la envidia, pues ellos percibirán que usted se comporta con cautela y lo tomarán como otra señal de superioridad. Es por eso que usted debe actuar antes de que la envidia se arraigue. No obstante, una vez que la envidia se ha instalado (debido a un error que usted cometió, o no), a veces conviene optar por la acción opuesta: demuestre el máximo desdén hacia quienes lo envidian. En lugar de ocultar su perfección, hágala evidente. Convierta cada nuevo triunfo en una oportunidad para que el otro se retuerza de envidia. Así la buena fortuna y el poder que usted tiene se convierten en un infierno para el envidioso.
Si usted alcanza una posición de poder inexpugnable, la envidia no podrá afectarla y gozará de la mejor de las venganzas: Los otros están atrapados en la envidia, mientras que usted está libre en su poder. Fue así como Miguel Ángel triunfó sobre el ponzoñoso arquitecto Bramante, que hizo que el papa Julio rechazara el diseño que Miguel Ángel había realizado para su tumba. Bramante envidiaba el talento casi divino de Buonarroti, y a ese triunfo —el de abortar el proyecto de la tumba— quiso agregar otro, para lo cual impulsó al Papa a que encargara a Miguel Ángel la pintura de los murales de la Capilla Sixtina.
Como este proyecto insumiría años, Miguel Ángel no tendría tiempo material para crear ninguna de sus brillantes esculturas. Además, Bramante consideraba que Miguel Ángel no era en absoluto tan hábil en la pintura como en la escultura, de modo que las obras de la capilla arruinarían su imagen de artista perfecto. Miguel Ángel vio la trampa y quiso rechazar el trabajo, pero no podía negarse a un pedido del Papa, así que aceptó sin quejarse. Sin embargo, utilizó la envidia de Bramante para elevarse a niveles aún más altos, al hacer de las pinturas de la Capilla Sixtina la más perfecta de todas sus obras. Cada vez que Bramante las veía u oía hablar de ellas, más oprimido se sentía por su propia envidia: la más dulce y duradera venganza que se puede lograr con un envidioso.













































