La mujer que derrotó a Zaragoza

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Amor y pólvora; pasión y heroísmo

Se dice que ganó en Puebla a los franceses, pero perdió en Monterrey ante una dama. Esta es otra de esas historias que ameritan (demandan) un libro el cual, de antemano, tiene el éxito asegurado.

El orgullo de decir “de aquí era Ignacio Zaragoza” se lo disputan varios estados (Texas, Nuevo León y Coahuila). El general vencedor de la famosa batalla del 5 de Mayo llegó a vivir a la tierra del cerro de La Silla siendo niño y dejó ahí algo más que la huella de sus botas. Una mujer local lo derrotó y acabó de hacer regiomontano.

En cierta ocasión, cuando Zaragoza aún era coronel, recibió hospedaje en casa de la familia Padilla, hogar de dos de sus compañeros de armas. En una habitación grande adornada con retratos al óleo, acomodaron camas para Ignacio y sus compañeros.

Cuando amaneció, le preguntaron si había dormido bien. Él respondió que no, ya que lo había turbado “un ángel en su cabecera”. Se refería al retrato de Rafaela Padilla, hermana de sus amigos. Tan impresionado quedó el militar con el rostro de la muchacha, que robó una foto de ella de un álbum familiar y se la llevó.

Tiempo después, hubo un gran baile en la ciudad en honor de los oficiales. Zaragoza invitó a bailar, por supuesto, a Rafaelita. Ella accedió, pero durante la danza, le pidió que le devolviera su retrato. Él se disculpó por no hacerlo, ya que la fotografía “está muy descolorida con tanto beso que le he dado”, según recuerda la tradición familiar.

El coronel pidió la mano de Rafaela. Sin embargo, justo antes de la boda recibió órdenes superiores de salir con urgencia de Monterrey.

Hay celebridades cuyas historias amorosas resultan tan apasionantes o más que sus mismos actos. Ignacio realmente estaba enamorado, así que antes de partir buscó una solución.

La encontró.

Su hermano Miguel se casó con la muchacha por poder. Se cuenta que el juez confundió en varias ocasiones el nombre del esposo; preguntaba a la novia si

aceptaba a uno o al otro. Pero ella a quien dijo que sí fue a Ignacio, aunque haya sido de manera virtual.

Al hombre que le arrebató una gran victoria a los franceses, al decir de los románticos, le robaron su corazón en la capital de Nuevo León. Este amor entre balas duró poco, no por voluntad de los participantes. Vivieron en Monterrey y tuvieron dos niños y una niña. El mayor murió aquí siendo un bebé.

La aún nueva familia trasladó su residencia a México. Allá muere el otro niño. Luego, enfermó la propia Rafaela. Ignacio divide su tiempo entre las batallas y el cuidado de su esposa, quien convalece.

Los héroes también lloran. La muchacha no sobrevivió. En la misa celebrada en la Catedral de Monterrey por el descanso de la difunta, Zaragoza permaneció con una rodilla en el suelo y su hija en brazos, derramando las lágrimas sin inhibición. Dice la tradición que sus soldados, y hasta el sacerdote oficiante, al verlo así también lloraron.

Gracias a Rafaela Padilla el héroe del Cinco de Mayo se volvió regiomontano. No lo fue de nacimiento, pero sí de amores y de sus consecuentes lazos.

Amor y pólvora; pasión y heroísmo. Esta historia tiene lo necesario para ser un libro de amplias ventas o una popular serie en alguna plataforma electrónica.

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