Procrastinar, ¿holgazanería o manejo de las emociones?

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Si alguna vez has postergado una tarea importante para, digamos, poner en orden de colores tus calcetines en tu cómoda, creo que podemos decir y sabemos que con eso no sería justo describirte como flojo. Después de todo, ordenar los calcetines por colores requiere concentración y esfuerzo y, tal vez hasta te esmeraste en doblar cada par de calcetines uniformemente antes de ponerlos en su lugar. Y no es como que te hayas ido de fiesta con tus amigos o te hayas puesto a ver Netflix. Estás acomodando, ¡es algo de lo que estarían orgullosos tus padres! No es ni pereza o mala gestión del tiempo. Es procrastinación.

Etimológicamente, “procrastinación” deriva del verbo en latín procrastināre, postergar hasta mañana. Sin embargo, es más que postergar voluntariamente. La procrastinación también deriva de la palabra del griego antiguo akrasia, hacer algo en contra de nuestro mejor juicio. Entonces si la procrastinación no es flojera, entonces, ¿de qué se trata?

“Es hacerse daño a uno mismo” esa autoconciencia es una pieza clave para entender por qué procrastinar nos hace sentir mal. Cuando procrastinamos, no solamente estamos evadiendo lo que tenemos que hacer en ese momento, sino que también nos damos cuenta de que hacerlo probablemente sea una mala idea, pero de cualquier manera lo hacemos. Esta es la razón por la que decimos que la procrastinación es irracional. No tiene sentido hacer algo que sabes que tendrá consecuencias negativas. Las personas muchas veces se quedan dentro de este círculo vicioso de la procrastinación crónica debido a que no somos capaces de manejar nuestras emociones y estados de ánimos en torno a una tarea en específico.

Entonces, hay que preguntarnos lo siguiente: ¿Procrastinamos debido a cuando nuestro estado de ánimo no es favorable? Y la respuesta y muy breve: sí. La procrastinación no es un defecto del carácter o una maldición misteriosa que ha caído en tu habilidad para administrar el tiempo, sino una manera de enfrentar las emociones desafiantes y estados de ánimo poco favorables generados por ciertas tareas, y para mencionar algunos de esos estados de ánimo que no son agradables están: aburrimiento, ansiedad, inseguridad, frustración, resentimiento y más. La procrastinación es un problema de control de emociones, no un problema de gestión de tiempo.

La razón especifica de nuestro disgusto o malestar va dependiendo de la tarea a realizar o de la situación. Podría ser debido a que la tarea misma es poco placentera, como tener que limpiar un baño sucio u organizar una aburrida y larga hoja de cálculo para tu jefe. Sin embargo, también podría ser ocasionada por sentimientos más profundos relacionados con la tarea, como el hecho de dudar de uno mismo, tener baja autoestima, sentir ansiedad o inseguridad. Cuando clavas la mirada en un documento en blanco, tal vez estás pensando: “No soy lo suficientemente inteligente para escribir esto”, Y aunque lo sea, ¿qué va a pensar la gente de él?, “Escribir es tan difícil”. ¿Qué pasa si lo hago mal?

No obstante, por supuesto, todo esto es solamente el conjunto de pensamientos negativos asociados con la tarea que tenemos que realizar, y esos sentimientos todavía estarán ahí cuando volvamos a realizarla, además del estrés y ansiedad incrementados, sentimientos de baja autoestima y de culpabilidad también se harán presentes. El alivio temporal que sentimos cuando procrastinamos es lo que realmente provoca que este círculo vicioso continue existiendo. Claro, en el momento de procrastinar, el hecho de suspender la tarea o postergarla nos brinda alivio. Y cuando somos recompensados por algo, tendemos a hacerlo de nuevo. Esta es precisamente la razón por la que la procrastinación tiende a no ser un comportamiento que se presente una sola vez y ya, es repetitivo, y por lo tanto es un comportamiento que fácilmente se convierte en un hábito crónico.

Con el paso del tiempo, la procrastinación tiene costos no solo en tu productividad, sino tiene efectos destructivos perfectamente medibles en nuestra salud mental y física, y podemos hablar de estrés, angustia y baja satisfacción con nuestra vida, síntomas de depresión y ansiedad, no ser capaces de cuidar bien de nuestra salud, enfermedades crónicas como hipertensión y enfermedades cardiovasculares. Parecería irónico que procrastinamos para evitar sentimientos poco favorables, pero terminamos sintiéndonos mucho peor.

La procrastinación es el ejemplo perfecto de nuestro presente, la tendencia de nuestra mente a dar prioridad a necesidades a corto plazo en vez de las de a largo plazo. Nosotros no fuimos diseñados para pensar y ver hacia adelante, en el futuro más lejano, porque necesitábamos enfocarnos en satisfacer nuestras necesidades en el aquí y ahora. Debemos darnos cuenta de que, la procrastinación es un asunto de emociones, no de productividad. La solución no involucra descargar una aplicación de gestión de tiempo o aprender nuevas estrategias de autocontrol. Tiene que ver con manejar nuestras emociones de una manera diferente. Nuestros cerebros siempre están buscando recompensas relativas. Si tenemos un círculo de hábitos alrededor de la procrastinación, pero no hemos encontrado una mejor recompensa, nuestro cerebro continuará haciéndolo una y otra vez hasta que le demos algo mejor que hacer.

Si eres de los que siempre pospone o aplaza deberes y responsabilidades, y esto te está trayendo consecuencias negativas tanto en lo laboral como en lo personal, es hora de que tomes en cuenta las 6 claves que te propongo para dejar de procrastinar.

1. Piensa en las consecuencias: Antes de postergar lo que te encargaron, reflexiona profundamente lo que podría suceder si no lo haces. ¿Podrías perder el empleo, una relación, una amistad, dinero, oportunidades? Valora bien cuál sería el desenlace al dejar ‘todo para mañana’.

2. Cree en ti: Si eres consciente de tus talentos los explotarás al momento y tendrás pocas probabilidades de fallar. En cambio, si dudas, empezarás a dejar todo para mañana. Recuerda entonces que, si tú no crees en ti, nadie más lo hará.

3. Analiza tus actitudes: Si te cuestionas qué es lo que te detiene a trabajar en lo que te pidieron, más pronto hallarás una solución para cambiar este mal hábito. Por otro lado, los planes que dependen de ti deberán tener mucho más control en cuanto al tiempo y metas por cumplirlos. ¡Deja ya de procrastinar!

4. Busca un ambiente agradable: Muchas veces el postergar algo tiene que ver con el hecho de que nos parece poco atractivo. Si le sumas una situación que te guste, como poner música o acompañar el momento con algo rico de comer, tus ganas de hacer las cosas aumentarán.

5. Minimiza el problema: Cuando algo nos parece difícil de realizar le sacamos la vuelta. Al minimizar el problema, verás que no es tan complejo como crees. Es más, piensa que nadie mejor que tú lo podrá resolver. Porque los retos asustan, pero no disgustan, ¿cierto?

6. Platica tus deberes: Comenta con tu mejor amigo lo que tienes que hacer, te ayudará a desahogarte, pero además te incentivará a ponerte a trabajar. Pues a nadie le gusta mostrarse ante los demás como alguien improductivo, y al verbalizar la información, te permitirá organizarla de mejor manera.

“SI NO ES AHORA, CUANDO”

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