Oda a los antojitos, picantes y sabrositos

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De chicharrón pedí los tacos, de lengua su complemento y de compañía, vino tinto y ajenjo. La barbacoa nadando en consomé se hizo presente, el pulpo freído en ajo atrapó flora y fauna con sus tentáculos. Como buen sibarita recomiendo, compañeros: nada de grasas y condimentos. Cuídense, también, de los excesos y repito mi cántico: ¡oh! Mis gorditas de horno, de chicharrón prensado, requesón pasado y frijoles jalapeños a la leña, las admiro, las quiero y su presencia en la mesa me entusiasma. Juega mi nieta con su perrito de felpa, brinca, hace una rueda y canta. –Levántate abuelito, no te duermas, te salen pajaritos de la cabeza y mocos verdes por la nariz.

Va mi confesión: Espasmos y culebrillas han alterado mi estómago, no sé si por los frijoles refritos con dos o tres repasadas en aceite reciclado que comí en el restaurante La Terraza, la porción desmedida de chilaquiles verdes y rojos que siempre me han provocado retortijones, los cuatro tacos hogareños de carne frita con tocino, los de carne magra de puerco hervida en su propio sebo o el pulpo freído con ajo.

El caso es que a las cinco de la tarde en punto los mejunjes entraron en fermentación feroz y generaron un intenso dolor estomacal propio para castigar a las personas que nos caen mal, suegras no incluidas. El pulpo esperó su turno, pero al comenzar la noche, me hizo caer de rodillas al suelo

Me causó extrañeza esa reacción: en mis años mozos y aún en la adultez, comí botana de cantina elaborada en estufas pringosas o en parrillas recubiertas de grasa animal de varias semanas atrás y nunca paso nada, a excepción de las horribles crudas que tampoco permiten conciliar el sueño a las mentes bien portadas.

Caldos picosos de camarón, caldos de pollo verde (por lo viejo), tacos de hígado de res, costillas de res surcadas con la costra negra de las varillas parrilleras donde fueron asadas, taquitos al pastor de ingredientes desconocidos; de chicharrón con frijoles y queso amarillo que le da un color parecido a las personas que se lo tragan, pasaron por la cavidad estomacal a través de los años y generalmente salía victorioso de mis aventuras culinarias.

Sobreviví a los tacos de tripas con colesterol, a las gordas de asado y chicharrón, a los llamados burros callejeros, a los chilaquiles con queso rallado en lámina, al menudo de Polito preparado con calcetines viejos de cartero urbano, a los camarones empanizados y a los tacos de higaditos de res tuberculosa del mercado Alianza.

A más de media vida productiva, todavía estamos medio blindados ante los desafíos de la botana y la cerveza, pero con los años el ajetreado estómago se declara incompetente y comenzamos a rechazar las invitaciones con cualquier pretexto: -Hoy no puedo, me esperan en casa o bien: -Ya no soy tragón, estoy a dieta.

La sorpresa que nos da el lastimado y venido a menos sistema intestinal a causa de los excesos –ahora me arrepiento por los cólicos que me ponen boca abajo ladrillo caliente en mano pegado en el estómago (un remedio que de tan viejo ya no se usa)- nos saca de nuestro habitual ritmo de vida y nos impone austeridad y melindres a la hora de comer en casa,

naturalmente.-Aquí protestas infeliz, pero en la cantina te diviertes y comes lo que te dan- reprocha la laboriosa mujer que nunca se queja de la barriga por indigestiones alimentarias.

El galeno que atiende mis dolencias precisó con tono estomacal picot: -Está pagando facturas de su mala vida culinaria. No le di importancia a la observación pero ahora, desvelado y con una panza alterada por punzadas, flatulencias y estreñimiento, lo comprendo.

Antaño no había problemas, pero hogaño sí: -Elimine grasas, cuide su alimentación, modérese, no coma en la calle, mastique 15 veces la comida con la boca cerrada, es el consejo médico, pero los antojos son más poderosos y adiós normas, leyes y edades. Por cierto, los doctores no se quedan con la recomendación pues también ellos comen a deshoras: gordas de chicharrón y coca con azúcar o emparedados de mortadela y jamón, aprovechando las treguas de la consulta o atrás del biombo que separa la camilla de las auscultaciones vaginales y el escritorio de las consultas.

-Protéjase, evite las grasas y los alimentos contaminados, el café, el sotol, el whisky, el cigarro y las mujeres, insisten los médicos consultados y expiden en cada ocasión una receta de jarabes, polvos y pastillas para deglutir de tres a cuatro veces al día, pero no les hago caso. Sólo pienso en ellos cuando me acometen los gemebundos reflujos y retortijones de panza, como anoche, luego de haber ingerido tenedor en mano, trozos de pulpo frito sazonado con ajo, mucho ajo, y un refresco sin hielo. Esa misma noche, comenzaron a hervir estómago, esófago, pecho y alma y de nada sirvieron el bicarbonato de sodio disuelto en agua, las pastillas antiácidas que desde la almohada vigilan mi sueño y la aversión, a partir de ese convulsionado momento, de todo lo que huela a ajo. Lamentablemente, el fétido olor bocal no desapareció y toda la noche estuve repitiendo ajo y más ajo, al grado de que mi mujer, otra vez, me botó de la cama por insalubre.

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