En estos tiempos hablar de salud mental ya no debería ser un tema que nos dé miedo, vergüenza o simplemente decidamos ignorar. La verdad es que nuestros jóvenes están viviendo una realidad completamente diferente a la que nosotros vivimos, una realidad llena de presiones, exigencias, comparaciones, incertidumbre y muchas veces una soledad que no siempre podemos ver.
Hoy por hoy vemos a nuestros jóvenes sonreír, salir, divertirse, publicar fotografías, compartir momentos en redes sociales y aparentemente llevar una vida perfecta, pero ¿realmente sabemos qué está pasando dentro de ellos? ¿Sabemos cuántas veces han llorado a solas?, ¿cuántas veces han sentido que no son suficientes?, ¿cuántas veces han querido hablar y no han encontrado con quién hacerlo?.
Creo que aquí comienza una de las grandes responsabilidades que tenemos como sociedad, aprender a escuchar.
Porque escuchar no significa solamente preguntar “¿qué te pasa?” y esperar un “nada”. Escuchar significa observar, acompañar, tener paciencia y entender que muchas veces ese “nada” puede esconder un mundo entero de pensamientos, preocupaciones y sentimientos que una persona no sabe cómo expresar.
Nuestros jóvenes viven bajo una enorme presión. Deben estudiar, tener buenas calificaciones, decidir qué harán con su futuro, cumplir expectativas familiares, encajar socialmente, verse bien, tener amigos, encontrar pareja, destacar y además aparentar que todo está perfectamente bien.
¡Vaya carga!.
Y mientras todo esto sucede, las redes sociales les muestran vidas aparentemente perfectas, cuerpos perfectos, viajes perfectos, relaciones perfectas y personas que parecen tenerlo todo. Entonces comienzan las comparaciones, y cuando uno empieza a compararse con los demás, muchas veces termina sintiendo que su propia vida no vale lo suficiente.
Pero la vida real no es una fotografía.
La vida real también tiene días malos, lágrimas, fracasos, miedo, inseguridades, decepciones, pérdidas y momentos en los que simplemente no tenemos ganas de levantarnos. Y esto debemos enseñárselo a nuestros jóvenes, porque no está mal sentirse triste, no está mal pedir ayuda, no está mal decir “no puedo” y mucho menos está mal reconocer que necesitamos a alguien que nos acompañe.
A veces creemos que porque son jóvenes no tienen problemas importantes, como si la edad fuera una especie de escudo contra el dolor. ¡Qué equivocación!.
Los problemas no tienen edad.
Un joven puede sentirse profundamente lastimado por una ruptura amorosa, por el rechazo de sus compañeros, por problemas familiares, por el acoso escolar, por la presión académica, por sentirse diferente, por no saber qué hacer con su futuro o simplemente por no sentirse comprendido.
Y muchas veces nosotros, los adultos, cometemos el error de minimizar aquello que sienten.
“Eso se te va a pasar”.
“Son cosas de jóvenes”.
“Cuando tengas problemas de verdad vas a saber lo que es sufrir”.
Pero ¿quién dijo que debemos esperar a que un problema se haga enorme para prestar atención?.
Creo que debemos aprender a mirar más allá de las palabras. Un joven que cambia repentinamente su manera de comportarse, que se aleja de sus amigos, que deja de hacer aquello que disfrutaba, que presenta cambios importantes en su sueño o alimentación, que constantemente se siente inútil o sin esperanza, quizá está tratando de decirnos algo sin saber cómo hacerlo.
Y aquí está nuestro compromiso.
No se trata de convertirnos en especialistas de la noche a la mañana, sino de ser seres humanos capaces de acompañar a otros seres humanos.
Porque muchas veces un abrazo, una conversación sincera, un “estoy aquí para ti”, pueden convertirse en un pequeño rayo de luz dentro de una noche que para alguien parece interminable.
La salud mental no debe ser un tema del que solamente hablemos cuando ocurre una tragedia. Debemos hablar de ella en casa, en las escuelas, con nuestros amigos, con nuestros hijos y con nuestros jóvenes. Debemos quitarle el estigma a pedir ayuda y entender que acudir con un profesional no significa estar loco, débil o ser menos que los demás.
Al contrario, reconocer que necesitamos ayuda también es un acto de valentía.
Hoy me atrevo a decir que nuestros jóvenes no necesitan adultos perfectos, necesitan adultos presentes. Necesitan saber que pueden equivocarse sin sentirse fracasados, que pueden llorar sin ser juzgados, que pueden hablar de sus emociones sin recibir burlas y que siempre habrá alguien dispuesto a escucharlos.
Porque quizá no podamos resolver todos sus problemas, pero sí podemos evitar que tengan que enfrentarlos completamente solos.
La salud mental se construye todos los días, con comunicación, respeto, empatía, amor y acompañamiento. No esperemos a que nuestros jóvenes griten aquello que durante mucho tiempo estuvieron tratando de decir en silencio.
Preguntemos, escuchemos, abracemos y acompañemos.
Porque detrás de cada joven existe una historia que todavía está escribiéndose y, muchas veces, lo único que necesita para continuar es saber que alguien cree en él, que alguien lo escucha y que alguien está dispuesto a caminar a su lado.
Recordemos que cuidar la salud mental también es una forma de amar.
Los invito a leerme en el Diario Digital EXTRA de La Laguna y en mi página de Facebook: Estrellas en el Cielo (Escritor).












































