Entre el principio y el final de un parpadeo, algo sucede. Cada vez que lo hago, alguien falta. El mundo cambia entre un descenso y un ascenso de mis cortinas oculares. Ya no quiero preguntar por los faltantes, la respuesta siempre es la misma:
«Ya no está con nosotros»
«Ya no está»
«Ya no…»
Quisiera extender lo más posible la duración de mis parpadeos; mantener los ojos cerrados durante tanto tiempo, que alguien pregunte por mí y alcance a escuchar que le respondan; un escaso «Ya…» será suficiente.













































