La ciudad en llamas

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Definitivamente, no es humana, pero como si lo fuera y, además, mujer.

Una auténtica diva meteorológica: cuando está entre nosotros, no se puede hablar más que de ella, es el centro de la atención y, por si fuera poco, exige tanto, que cuando se retira a descansar nos deja exhaustos. Su nombre, uno que la pone al nivel de sus semejantes: la Félix, la Monroe, la Callas… la Calor.

—Papi, ¿por qué el sol ya no tiene rayitos?

La canícula ha hecho de nosotros hálitos amarillos que se deslizan como llamas sobre el concreto.

El aire y la tierra nos encienden.

Vivimos más allá del sudor y la sofocación: sólidos-líquidos… gaseosos.

El sol es un astro negro y humeante. La Tierra, uno incandescente como carcajada.

—Eso se llama justicia cósmica, m’ijo.

Ambos crepitaron alegremente.

Luego, se perdieron entre las demás flamas.

Si la Naturaleza fuera adicta a la cocaína, siempre estaríamos en verano.

(Y no es que quiera uno hablar mal de nadie, y mucho menos de ella, pero…).

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