Hilandera la Fe, mi niñez

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A la memoria de mi padre, abuelo, tío, todos Urdaibay

La Hilandera la Fe, fue mi centro de diversión en la niñez. Mi abuelo, mi tío, y mi padre, formaron parte importante de esa fábrica de hilados y tejidos.

Don Manuel Urdaibay, mi abuelo, llegó primero a participar en el oro blanco, que manejaba esa industria, luego mi tío, Don Pedro Urdaibay Martínez, encargado de día, y mi padre Manuel Urdaibay encargado de noche. Así les decían, comúnmente.

Un día trepaba a un camión Polvorera y cruzaba por la Alianza, y el camión se perfilaba hacía la Casa del Cerro, y luego derecho hasta las casas de la fábrica, dónde vivía mi tío Don Pedro. Me bajaba del autobús, y subía a pie hasta la entrada. Para mí la llegada al templo, un letrero desleído, que decía si mal no recuerdo, La Fe: Fábrica de Hilados y Tejidos. Ante la puerta, un vigilante preguntaba, qué se ofrece; se veía las pacas de algodón, envueltos con cinchos y con una tela parecida a costales de color café, la voz de mi padre franqueaba la puerta. Al reino de los algodones.

Lo que se extendía del otro lado, no recuerdo, aunque la mente, fija unas cosas y deja de lado otras e incluso

los cambia; eran unas máquinas largas de fierro, que nunca paraban, ese rumor, ese gruñido, sordo, que no se silenciaba, veía hilos blancos, pelusa, por todos lados y mi padre metido acá y allá, con herramientas midiendo. No recuerdo, si llegué a ver esa parte, donde salían telas de mezclilla, que se exportaban lejos.

Me divertía recogiendo la borra, la pelusa, resultado del proceso, me llevaba, balines y carretes para jugar.

Mi padre, metía las manos en máquinas peligrosas. Varias veces, le ayudé a poner curitas, vendajes, en las heridas de los dedos. Mi padre nunca tomaba días, para el médico, siempre trabajó, y predicó con el ejemplo.

Otros recuerdos, fragmentos, pedazos, retazos… me traen, la imagen de mi tío Pedro Urdaibay que auxiliaba a los desplazados por la avenida del rio Nazas, ahí en algo que mi memoria atrae como el estacionamiento, de las casas de la fábrica.

Ahora, el Poniente, se adornará con un centro deportivo y cultural nuevo, aunque sería bueno hacer un memorial justo, de quienes ayudaron a la producción de calidad, donde a esos quinientos telares; que nunca paraban, lo hacían gracias a hombres, como mi tío y mi padre Don Manuel Urdaibay Martínez; que aparte de dar vida a los hilos y los telares y la

mezclilla de alta calidad, también allí entregó la suya. Un atropellamiento, oscuro, se lo llevó de repente a las afueras de la Fábrica, poco antes de salir, ya a disfrutar, de su jubilación.

Recuerdo el ruido constante de aquellas máquinas con nostalgia, recuerdo los días felices entre el albo algodón, entre montañas de borra e hilazas níveas; más recuerdo, que era otro mundo creado por fuerza laboral, por talento obrero. Ahora se siembra un elogio a dueños y gerente, pero no olvidemos, a quienes nos dieron a conocer en el mundo, cuando no había internet, ni noticias rápidas. Cuando se descomponía una máquina, mi padre y mi tío entraban a enmendar la plana a algún ingeniero, el oro blanco ahí quedó, como sus últimas glorias, lo sintético desplaza lo natural, mi padre no lo aceptaría…

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