Enfrenta tu lado oscuro

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– La Ley de la Represión

Las personas no suelen ser lo que parecen. Escondido detrás de su aspecto amable y cortés, hay inevitablemente un lado oscuro, compuesto por inseguridades e impulsos agresivos y egoístas que reprimen y ocultan de la vista pública. Este lado oscuro se muestra en conductas que te confundirán y perjudicarán. Aprende a reconocer las señales de la sombra antes de que se vuelvan tóxicas.

Concibe los rasgos explícitos de la gente —firmeza, santidad, etcétera— como una capa que encubre el rasgo opuesto. Conoce tu lado oscuro; así podrás controlar y canalizar las energías creativas que acechan en tu inconsciente. Al integrar el lado oscuro a tu personalidad, serás un individuo más completo e irradiarás una autenticidad que atraerá simpatías.

Si reflexionamos acerca de quienes conocemos y vemos con regularidad, tendríamos que admitir que, por lo común, son muy agradables. La mayoría de ellos se muestran complacidos con nuestra compañía, son relativamente francos y seguros, socialmente responsables y poseen capacidad para trabajar en equipo, cuidar de sí mismos y tratar bien a los demás. De vez en cuando, sin embargo, en esos amigos, conocidos y compañeros vislumbramos una conducta que contradice lo que vemos normalmente.

Esto puede adoptar varias formas: a propósito de nada, hacen un comentario negativo o hasta cruel sobre nosotros, o expresan una evaluación rigurosa de nuestro trabajo o personalidad. ¿Eso es lo que opinan de verdad y se esfuerzan por esconder? Por un momento, no resultan tan agradables.

O los escuchamos tratar mal a su familia o empleados a puertas cerradas, o tienen inesperadamente un romance con quien menos nos habríamos imaginado, que deriva en consecuencias negativas. O bien, invierten en un plan financiero absurdo o riesgoso, hacen algo imprudente que pone en peligro su carrera, o los sorprendemos en una mentira o manipulación.

También podemos advertir tales momentos de desinhibición o conducta contradictoria en figuras públicas y celebridades, quienes después se disculpan largamente por el extraño estado de ánimo que las acometió.

Lo que vislumbramos en esos momentos es el lado oscuro de su carácter, algo que el psicólogo suizo Carl Jung llamó la sombra. La sombra consta de todos los rasgos que la gente intenta negar y reprimir en sí misma. Esta represión es tan profunda y eficaz que la gente suele desconocer su sombra, la cual opera de modo inconsciente.

De acuerdo con Jung, la sombra posee cierta densidad, dependiendo del grado de represión y del número de rasgos ocultos. De Nixon se habría dicho que tenía una sombra particularmente densa.

Cuando experimentamos momentos en los que la gente revela su lado oscuro, vemos que algo cubre su rostro y que su voz y lenguaje corporal se alteran; es casi como si estuviéramos frente a otra persona, porque los atributos del niño trastornado se vuelven visibles de pronto. Sentimos que su sombra se agita y emerge.

La sombra está sepultada muy dentro, pero se perturba y activa en momentos de estrés o cuando reaparecen heridas e inseguridades profundas. También tiende a salir con más frecuencia cuando la gente envejece. De jóvenes, todo nos emociona, y eso incluye los diversos roles sociales que debemos desempeñar. Pero más tarde nos cansamos de nuestras máscaras y, en gran medida, nos las quitamos.

Como es raro que veamos la sombra, la gente que tratamos es, en cierto modo, desconocida para nosotros. Es como si sólo viéramos una imagen bidimensional, plana, de ella: su lado social agradable. Conocer los contornos de su sombra hace que una persona cobre vida en tres dimensiones.

La capacidad de ver a la persona entera es un paso crítico en nuestro conocimiento de la naturaleza humana. Armados de este conocimiento, podemos prever cómo se comportará la gente en momentos de estrés, comprender sus motivos ocultos y no dejarnos llevar por sus posibles tendencias autodestructivas.

La sombra se crea en nuestros primeros años y proviene de dos fuerzas en conflicto. Primero, cuando llegamos a este mundo, estábamos llenos de energía y vitalidad. No entendíamos la diferencia entre conducta aceptable e inaceptable; sólo experimentábamos impulsos naturales.

Algunos de ellos eran agresivos. Queríamos monopolizar la atención de nuestros padres y recibir más que nuestros hermanos. Experimentábamos momentos de mucho afecto, pero también fuertes aversiones y odios, incluso contra nuestros padres, por no saber lo que necesitábamos.

Nos sentíamos superiores en apariencia, fortaleza o inteligencia, y eso nos gustaba. Podíamos ser demasiado egoístas si se nos negaba lo que deseábamos y volvernos malévolos y manipuladores para lograrlo. Incluso obteníamos placer al lastimar a otros o al fantasear con venganzas. Experimentábamos y expresábamos la gama total de las emociones. No éramos los ángeles inocentes que la gente imaginaba.

Al mismo tiempo, éramos completamente vulnerables y dependíamos de nuestros padres para sobrevivir. Esta dependencia perduró muchos años. Observábamos a nuestros padres con mirada de águila para advertir en su rostro cada señal de aprobación o reprobación.

Nos castigaban por tener demasiada energía y querían que estuviéramos quietos. A veces les parecíamos muy voluntariosos y egoístas. Sentían que los demás los juzgaban por la conducta de sus hijos, así que querían que fuéramos buenos, guardáramos las apariencias y actuáramos como ángeles.

Nos apremiaban para que fuéramos cooperativos y jugáramos limpio, aunque en ocasiones queríamos comportarnos de otra forma. Nos animaban a moderar nuestras necesidades, a ser más como ellos necesitaban que fuéramos en su estresante vida. Desalentaban insistentemente nuestros berrinches y cualquier otra forma de mal comportamiento.

Cuando crecimos, esas presiones para presentar una fachada particular procedían de otras partes: maestros y compañeros. Estaba bien mostrar algo de ambición, pero no demasiada, o pareceríamos antisociales. Podíamos exudar seguridad, aunque mucha de ella semejaría una afirmación de nuestra superioridad.

La necesidad de encajar en el grupo era una motivación primaria, con lo que aprendimos a aplastar y reprimir el lado oscuro de nuestra personalidad. Interiorizamos todos los ideales de la cultura: ser amables y tener valores prosociales.

Gran parte de esto es esencial para el continuo funcionamiento de la vida social, pero, entretanto, una porción importante de nuestra naturaleza queda sumergida en la clandestinidad, en la sombra.

Por supuesto, hay individuos que no aprenden nunca a controlar sus impulsos oscuros y los llevan a la práctica en la vida real: los criminales en nuestro medio. Pero incluso ellos se empeñan en mostrarse agradables casi todo el tiempo y en justificar su comportamiento.

La mayoría de nosotros logramos convertirnos en animales sociales positivos, aunque a un alto precio. Perdemos la vitalidad de nuestra niñez, la gama completa de las emociones e incluso la creatividad propia de esa energía desbordada.

En el fondo, ansiamos recuperarla de alguna forma. Nos atrae lo aparentemente prohibido, sea sexual o social. Quizá recurrimos al alcohol, las drogas u otro estimulante porque sentimos embotados nuestros sentidos o demasiado restringida la mente por las convenciones.

Si en el camino acumulamos demasiados prejuicios y resentimientos que nos esforzamos en ocultar a los demás, la sombra se vuelve más densa. Si tenemos éxito, nos hacemos adictos a la atención y, en los inevitables momentos en que esa droga de la atención desaparezca, la sombra se perturbará y activará.

Ocultar ese lado oscuro requiere energía; presentar siempre una fachada amable y segura puede resultar agotador. Así, la sombra desea liberar una parte de esa tensión interna y volver a la vida.

Como dijo el poeta Horacio: Naturam expellas furca, tamen usque recurret («Así la naturaleza violentada, torna siempre a su marcha acostumbrada»).

Sé un experto en reconocer esos momentos de liberación en los demás e interpretarlos, en ver los contornos de la sombra que salen a la luz. Las siguientes son algunas de las señales más notables de esa liberación.

Comportamiento contradictorio

Ésta es la señal más elocuente de todas. Consta de acciones que delatan la cuidadosa fachada que la gente presenta.

Por ejemplo, una persona que predica la moral es sorprendida de repente en una situación comprometida, o alguien con una sólida fachada revela histeria e inseguridades en el momento menos indicado. O bien, una persona que predica el amor libre y la conducta franca se vuelve de súbito dominante y autoritaria. La conducta extraña y contradictoria es una expresión directa de la sombra.

Arrebatos emocionales

Una persona pierde su acostumbrado control de sí misma y manifiesta profundos rencores o dice algo sarcástico o perjudicial. Después de esa liberación, culpa al estrés; quizás afirme que no quiso decir nada de eso, cuando lo cierto es lo contrario: habló su sombra, y el sentido de sus palabras fue completamente literal.

En un nivel menos intenso, la gente podría ponerse de pronto demasiado sensible y susceptible. Por alguna razón, se han activado algunos de sus temores e inseguridades de la infancia más profundos, y esto la vuelve hiperalerta a cualquier posible desdén y proclive a pequeños arranques.

Negación vehemente

Según Freud, la única vía de que dispone algo incómodo o desagradable en el inconsciente para llegar a la conciencia es la negación rotunda. Expresamos lo contrario de lo que escondemos dentro.

Esto podría ocurrirle a quien fustiga la homosexualidad cuando, en realidad, siente lo opuesto. Nixon recurría con frecuencia a esas negaciones, como cuando aseguraba, en los más fuertes términos, que nunca había llorado ni albergado rencores, que no había cedido a la debilidad ni prestado atención a lo que los demás pensaran de él.

Reinterpreta las negaciones como expresiones positivas de los deseos de la sombra.

Conducta «accidental»

La gente podría afirmar que dejará una adicción, ya no trabajará tanto o se apartará de una relación autodestructiva, e incurrir después justo en la conducta que aseguró que evitaría, de lo que culpa a una enfermedad o dependencia incontrolable.

Esto permite aliviar su conciencia por haberse entregado a su lado oscuro: no lo puede evitar. Tú debes ignorar esas justificaciones y ver a la sombra liberada y operando.

Recuerda, asimismo, que cuando la gente se embriaga y se comporta de otra manera, a menudo no es el alcohol el que habla, sino la sombra.

Idealización extrema

Ésta puede ser una de las capas más poderosas de la sombra. Supongamos que creemos en una causa, como la importancia de la transparencia de nuestros actos, en particular en la política, o que admiramos y seguimos al líder de esa causa.

O bien, que decidimos que un nuevo tipo de inversión, como los valores respaldados por hipotecas, representa el más reciente y sofisticado camino a la riqueza. En esas situaciones, excedemos el simple entusiasmo y nos persuadimos de una convicción muy honda.

Desestimamos toda falla, incongruencia o posible inconveniente. Vemos todo en blanco y negro: nuestra causa es ética, moderna y progresista; el otro bando, que incluye a los escépticos, es malo y reaccionario.

Esto nos autoriza a hacer todo por la causa: mentir, engañar, manipular, espiar, falsificar datos científicos, vengarnos. Todo lo que hace el líder está justificado.

En el caso de la inversión, pensamos que se justifica correr riesgos normalmente elevados, porque este instrumento financiero es distinto, no está sujeto a las reglas habituales. Podemos ser tan codiciosos como queramos sin que nos preocupen las consecuencias.

La fuerza de las convicciones ajenas tiende a deslumbrarnos, e interpretamos una conducta excesiva como muy entusiasta cuando deberíamos verla bajo otra luz.

Si idealizamos en extremo una causa, persona u objeto, nos permitimos dar rienda suelta a nuestra sombra. Ésta es nuestra motivación inconsciente. El acoso, las manipulaciones y la codicia que emergen en favor de la causa o el producto son lo que son; la firme convicción sólo encubre la liberación de emociones reprimidas.

En relación con esto, en una discusión la gente se sirve de poderosas convicciones como un medio perfecto para disfrazar su deseo de acosar e intimidar. Saca a relucir anécdotas y estadísticas —cualesquiera que sean— para apoyar su caso, tras lo cual procede a ofender o impugnar nuestra integridad.

Es sólo un intercambio de ideas, dice. Pon atención al tono abusador y no te engañes. Los intelectuales podrían ser más sutiles: pretenden imponerse con un lenguaje incomprensible e ideas que no podemos descifrar y que nos hacen sentir inferiores por nuestra ignorancia.

En todos los casos, velo como agresividad reprimida en busca de una vía de escape.

Proyección

Ésta es, con mucho, la forma más común de tratar con nuestra sombra, porque brinda una liberación casi diaria. No podemos admitir en nosotros ciertos deseos de sexo, dinero, poder o superioridad en algún área, así que los proyectamos en los demás.

A veces simplemente imaginamos y proyectamos esos rasgos sin motivo, a fin de juzgar y censurar a los demás. Otras, encontramos a personas que expresan esos tabúes de alguna forma y los exageramos para justificar nuestro rechazo o aversión.

Por ejemplo, en un conflicto acusamos a alguien de tener deseos autoritarios, cuando de hecho no hace más que defenderse. Somos nosotros los que, en el fondo, queremos dominar, pero si lo vemos primero en el otro lado, podemos desahogar nuestro deseo reprimido en forma de un juicio y justificar nuestra respuesta autoritaria.

Supongamos que desde el principio reprimimos los impulsos espontáneos y enérgicos propios de un niño. De forma inconsciente, deseamos recuperar esas cualidades, pero no podemos vencer nuestros tabúes internos.

Nos cuidamos de las personas que son menos inhibidas y más francas y decididas en su ambición, y exageramos esas tendencias. Entonces podemos desdeñar a esas personas y, al pensar en ellas, desfogar lo que no podemos admitir en nosotros.

Richard Wagner, el gran compositor alemán del siglo XIX, expresaba a menudo sentimientos antisemitas. Culpaba a los judíos de arruinar la música occidental con sus gustos eclécticos, sentimentalismo y énfasis en la brillantez técnica.

Anhelaba una música alemana más pura, que él crearía. Gran parte de las aberraciones musicales que atribuía a los judíos eran mero invento. Por extraño que parezca, él poseía muchas de las características que aborrecía en los judíos.

Sus gustos eran demasiado eclécticos, tendía al sentimentalismo, y un gran número de los pianistas y directores con quienes trabajó eran judíos, cuya destreza técnica apreciaba.

Recuerda: detrás de un odio impetuoso suele haber una desagradable envidia por el individuo odiado, la cual sólo puede ser liberada del inconsciente mediante ese odio.

Considérate un detective al armar la sombra de la gente. Con las diversas señales que recoges, podrás llenar el perfil de sus deseos e impulsos reprimidos.

Esto te permitirá adelantarte a sus exabruptos futuros y extrañas conductas similares a las de la sombra. Ten la seguridad de que ese comportamiento no ocurrirá sólo una vez y de que tenderá a aparecer en diferentes áreas.

Si, por ejemplo, adviertes una tendencia al acoso en el modo en que alguien discute, la verás también en otras actividades.

Podrías abrigar la noción de que este concepto de la sombra es un tanto anticuado. Después de todo, vivimos ahora en una cultura más racional y de orientación científica. Las personas son más transparentes y conscientes de sí mismas que nunca.

Estamos menos reprimidos que nuestros antepasados, quienes tenían que lidiar con toda clase de presiones de la religión organizada. Pero es muy probable que lo cierto sea lo contrario.

En más de un sentido, estamos más divididos que antes entre nuestro yo social consciente y la sombra inconsciente. Nuestra cultura refuerza rígidos códigos de corrección que debemos respetar o, de lo contrario, enfrentaremos una vergüenza ahora tan común en las redes sociales.

De nosotros se espera que cumplamos imposibles ideales de desinterés, porque no somos ángeles. Todo esto sumerge aún más el lado oscuro de nuestra personalidad.

Podemos encontrar sus señales en la profunda y secreta atracción que todos sentimos por el lado oscuro de la cultura. Nos emociona ver programas en los que personajes maquiavélicos manipulan, engañan y dominan.

Aclamamos con entusiasmo la noticia de que alguien fue sorprendido en un exceso y disfrutamos de su consecuente deshonra. Asesinos seriales y líderes de cultos diabólicos nos estremecen.

Con esos programas y noticias podemos ser siempre moralistas y hablar de cuánto despreciamos a tales villanos, cuando la verdad es que la cultura fomenta esas figuras porque ansiamos expresiones del lado oscuro.

Todo esto nos libera, en cierto modo, de la tensión que experimentamos por tener que aparentar que somos ángeles e individuos demasiado correctos.

Esas modalidades de liberación son relativamente inocentes; las hay más peligrosas, en particular en el ámbito de la política. Cada vez nos atraen más los líderes que dan rienda suelta a ese lado oscuro, que expresan la hostilidad y el rencor que en secreto todos sentimos.

Dicen cosas que nosotros no nos atreveríamos a decir. En medio de la seguridad del grupo y congregados en torno a una causa, tenemos licencia para proyectar y desahogar nuestra rabia en convenientes chivos expiatorios.

Idealizar al líder y la causa nos deja en libertad de actuar de formas que normalmente rechazaríamos como individuos. Esos demagogos son expertos en exagerar lo que nos amenaza; lo pintan todo en blanco y negro.

Fomentan temores, inseguridades y deseos de venganza que han permanecido escondidos, pero que están a la espera de estallar en cualquier momento en el entorno grupal. Conforme experimentamos mayores grados de represión y tensión interna, hallamos cada vez más de estos líderes.

Robert Louis Stevenson expresó esta dinámica en la novela El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, publicada en 1886.

El protagonista, el doctor Jekyll, es un respetado y adinerado médico y científico de modales impecables, a la manera de los dechados de bondad en la cultura moderna. Inventa un brebaje que lo transforma en el señor Hyde, la encarnación de su sombra, quien procede a asesinar, violar y consentir los más desenfrenados placeres sensuales.

La idea de Stevenson es que, entre más civilizados y morales seamos en apariencia, más peligrosa será la sombra que tan fervientemente negamos.

Como dice el doctor Jekyll: «Mi demonio había estado enjaulado tanto tiempo que tuvo que salir a rugir».

La solución no es más represión y corrección. Jamás alteraremos la naturaleza humana mediante una bondad impuesta. La horquilla no funciona.

La solución no es tampoco liberar nuestra sombra en el grupo, lo cual sería volátil y peligroso. La respuesta consiste en ver la sombra en acción y tomar más conciencia de nosotros mismos.

Es difícil que proyectemos nuestros impulsos secretos en los demás o que idealicemos demasiado una causa una vez que estamos conscientes del mecanismo que opera en nosotros.

El conocimiento de nosotros mismos nos permitirá encontrar un modo de integrar el lado oscuro a nuestra conciencia de forma productiva y creativa. (Para más información sobre este tema, véase la última sección de este capítulo.)

Eso nos volverá más auténticos e íntegros y hará posible que explotemos al máximo la energía que por naturaleza poseemos.

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