El teleférico de Torreón ¿hace agua?

0
84

El flamante teleférico de Torreón cubre a diario una porción del cielo de Torreón, luego de superar un largo aplazamiento de la fecha de su inauguración, lo cual generó sospechosismo ante la posibilidad de que hubiera fallas en el mecanismo y su instalación y la necesidad técnica de corregirlas a tiempo. Se confirmó que fueron otras las causas de la demora, y finalmente el aparato remontó el vuelo, un vuelo que va de abajo a arriba y de arriba abajo en línea recta de mil 437.5 metros, alcanzando una altura de 150 metros, sin más atractivo que los feos techos de la calle Treviño, avenidas presidente Carranza, Morelos, Hidalgo y Juárez, las vías del ferrocarril, la colonia la Nueva Aceitera y las torres humeantes de la Peñoles. Al principio no hubo fallas y el teleférico es hoy por hoy un balcón que invita al relajamiento y es a la vez el transporte que nos sube al nuevo centro turístico-religioso-restaurantero del Cerro de las Noas, un mirador natural que deleita y vigoriza el espíritu de niños y adultos. De niñas y adultas.

Pero el teleférico zozobró, naufragó, encalló. Se le quemó la tarjeta madre y quedó fuera de circulación. Ahora un camioncito Mercedes Benz que parece de juguete, con veinte asientos y ventanas panorámicas, lo sustituyó provisionalmente para subir y bajar a los visitantes del Puerto de las Noas.

Técnicos italianos fueron llamados pero no llegan pretextando problemas de tráfico marítimo y el tiempo pasa entre zozobras y angustias, pues no todos los visitantes están acostumbrados a las alturas. La tarjeta madre chamuscada tardará un largo tiempo en quedar reparada, pues el viaje desde Torreón a Italia, o viceversa, implica travesías en avión y en barcos que sólo llegan hasta Palermo. Subir a los Alpes y bajar al Adriático para llegar a Regio Calabria son parte del viaje. El resto hay que cubrirlo a pie, con el riesgo de que se quemen los pies, las manos y lo demás, la tarjeta lagunera incluida.

La popular expresión mexicana: “en la madre”, queda excluida, pues no hay técnicos mexicanos en el asunto. El reportero Martín Chávez, de alta experiencia en el corte de cables (los periodísticos, no los que mueven las góndolas del teleférico), propuso la contratación de los mecánicos que trabajaban en el taller de motocicletas “El Mofles”, si es que los italianos no llegan y arreglan el desperfecto antes de que aquellos se les adelanten.

El teleférico nació entre desaprobaciones y aprobaciones, unos dijeron que se trataba de una mala idea, de una idiotez o de una indeseada muestra de las colonias desatendidas que se encuentran a su paso. ¿Y el drenaje pluvial? Se preguntaron otros y algunos cuantos se pronunciaron por la instalación de un zoológico, de un gran parque de diversiones y una fábrica armadora de automóviles, en lugar del teleférico. La seguridad del artefacto también quedó en duda, pues en los planes iniciales nunca se habló de ella.

El atascamiento de poleas por falta de grasas y aceites, desplazamiento de los cables madre provocado por turbulencias eólicas, apagones, bamboleos y paros sorpresivos a mitad de camino, incluyendo el agotamiento de los boletos por sobrecupo, la infaltable reventa en la

estación terminal del Cerro de las Noas con la llegada de la noche, son posibilidades que no deben descartarse. Reconozco que nunca supe de la tarjeta madre, pues entonces hubiera propuesto la compra de dos o más tarjetas de repuesto y la presencia inmediata de “Los Mofles” para cubrir las tareas de mantenimiento que requiere el artefacto de cuatro cabinas.

El instructivo avalado por los especialistas, señala que las cabinas voladoras, en Torreón, tendrían vocación turística pero en un plan práctico, servirían de vías de escape para los afectados por problemas financieros en suelo firme o con broncas con la mujer, además de ofrecer la oportunidad de echar una cana al aire, pasear por las nubes, fuera del alcance de los cobradores; evadir los congestionamientos en bulevares, periféricos y calles citadinas, leer un libro, la Biblia sobre todo por aquellos de las dudas.

Y para los náufragos en las alturas, propone cursos de alpinismo para que puedan bajar del cerro de las Noas o del cerro de Calabazas, otra terminal posible, cada vez que el teleférico suspenda sus operaciones por fallas imprevistas. Verbi gratia: la quema. Los comentarios de los conocedores trascendieron a la opinión pública y directamente a los analistas de banqueta que reposan a diario en la plaza principal de la ciudad de Torreón. Añoran al desaparecido tranvía eléctrico que ofrecía en tierra paisajes verdes, agrestes y serranos, con el río Nazas como joya de esa belleza natural entre el Cerro de las Calabazas y el Cañón de Fernández.

El artefacto volador suspendido de cables entre Coahuila y Durango, si es que deciden los pilotos de la nave prolongarlo a la vecina región duranguense, serviría no sólo como medio de transporte nada caro entre Torreón, Gómez Palacio y Lerdo pues igualmente satisfaría requerimientos de carácter turístico, de relajamiento y paz interior de los viajeros. Aunque se duda de que el teleférico tenga esa gracia.

El teleférico como transporte de alcance regional –más tarde que temprano lo adoptarán Matamoros, San Pedro de las Colonias, Viesca, Gómez Palacio y Lerdo, tendría fines utilitarios, llevando y trayendo gente y carga entre las ciudades referidas y sería, al mismo tiempo, vía de escape para los automovilistas que se ponen nerviosos con los temerarios repartidores de pizzas y gorditas de chicharrón que corren en sus motocicletas como almas que le huyen al diablo, de los traileros que espantan en los libramientos de la periferia con sus monstruos de doble carga, los taxistas que se adueñan de las calles, los ciclistas que aparecen como fantasmas por el costado derecho de los vehículos y los atiborramientos de las vialidades urbanas en las temporadas del Buen Fin, los desfiles del 20 de noviembre, las peregrinaciones guadalupanas que comienzan con un mes de anticipación, las pre navideñas y vísperas de Año Nuevo. Los humos tóxicos que despiden los corroídos motores de los autobuses de Transportes del Nazas, serían cosa del pasado. ¿Y Los gases de la Metalúrgica?…

Por su parte, los observadores de la plaza de armas de Torreón dudan que las autoridades de Torreón se unan con las de Gómez Palacio y Lerdo en la instalación de tranvías silentes y deslizantes en el espacio lagunero con todo y su cacareada conurbación. “Ni las manos metieron cuando desmantelaron el viejo tranvía que pudo haber sido conservado como reliquia utilitaria”, reprocharon ex tranviarios incrustados en el grupo. Y eso que no había tarjetas madre, se burló otro de los comentaristas de banqueta.

En sus delirios los cegatones banqueros de la plaza principal brincaron de júbilo cuando sintieron sobre sus cabezas el vuelo de nubes cirrocúmulos que confundieron con un teleférico que enfilaba hacia la Ciudad Jardín. –Ya hay transporte aéreo, dijeron e intercambiaron abrazos. “Aquella góndola transporta costales de papas y naranjas en redes; esta otra lleva lechugas y tomate; la de adelante quesos, cremas y leche de vaca con todo y vaca; seguro se dirigen al mercado Donato Guerra de Lerdo”, y así por el mismo estilo, fantasearon los betabeles de la plaza de armas.

-¡Qué divertidos y balsámicos tiempos los que disfrutamos en la infancia con el tranvía eléctrico, estimado compadre Gabriel Carrera! Si en alguna ocasión regresas a Torreón, te aviso que el tranvía ya desapareció y ahora sólo nos resta colgarnos del teleférico para viajar de gorra desde la Alianza al parque Victoria pasando por el parque Morelos y disfrutar de la nieve Chepo y los higos de Lerdo –Lerdo, una ciudad mágica por descubrir nos espera… Te adelanto: el tranvía eléctrico no requiera de tarjetas madre, sólo necesita las troles bien puestas en el cielo lagunero para no hacer agua a su paso por el río Nazas. (Hacer agua: síntomas de debilidad y fracaso en las líneas o en el equipo, una acepción diametralmente opuesta a “hacer de las aguas”)

(En la presentación del libro de cuentos “La Canica Azul” de René de la Torre Rodríguez, en la explanada del teleférico de Torreón, conjuntamente con la celebración del trigésimo aniversario del periódico Extra de la Laguna fundado por él, un fuerte viento comenzó a derribar mesas y sillas y volaron papeles y manteles, faldas, pelucas y cejas la noche del 27 de mayo. “Chin” exclamé, es René que ya nos viene con otro de sus cuentos. Me escuchó René y el viento que anunciaba lluvias, cesó de repente y así el cronista de Torreón Jesús Gerardo Sotomayor Garza “sin lentes ni luz para leer bien” pudo desarrollar su tesis sobre el contenido del tomo. “Difúndalo”, propuso a familiares y amigos. “Es tierno, divertido y ameno por su sencillez y lo variado de sus temas”. Un cuenta cuentos le hizo segunda y comenzó a disparar –imaginariamente, desde luego- para darle vida teatral al “Juicio de los muertos”. Por si las dudas, corrí hacia el camioncito de veinte asientos creyendo que los disparos poncharían una de sus llantas ¿Y entonces? (A Máximo, gracias por llevarme a cuestas por las empinadas rampas de estacionamiento vehicular, pues de otro modo hubiera caído a los abismos del Paraíso de las Noas).

Deja un comentario