El amante ideal

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La mayoría de la gente tiene sueños de juventud que se hacen trizas o desgastan con la edad. Se ve decepcionada por personas, sucesos y realidades que no están a la altura de sus aspiraciones juveniles. A la altura de sus aspiraciones juveniles. Los amantes ideales medran en esos sueños insatisfechos, convertidos en duraderas fantasías. ¿Anhelas romance, aventura, suprema comunión espiritual?. El amante ideal refleja tu fantasía. Es experto en crear la ilusión que necesitas, idealizando tu imagen. En un mundo de bajeza y desencanto, hay un ilimitado poder seductor en seguir la senda del amante ideal.

Cada uno de nosotros lleva dentro un ideal, de lo que querríamos ser o de cómo nos gustaría que otra persona fuera con nosotros. Este ideal data de nuestra más tierna infancia: de lo que alguna vez creímos que nos faltaba en la vida, de lo que los demás no nos daban, de lo que nosotros no podíamos darnos. Quizá nos vimos colmados de comodidades, y ahora ansiamos peligro y rebelión. Si queremos peligro, pero nos asusta, es probable que busquemos a alguien que se siente a gusto con él. O quizá nuestro ideal sea más elevado: queremos ser más creativos, nobles y bondadosos de lo que alguna vez fuimos. Nuestro ideal es algo que creemos que falta en nuestro interior. Podría ser que ese ideal haya sido enterrado por la decepción, pero acecha debajo de ella, a la espera de ser liberado. Si alguien parece poseer esa cualidad, idea o ser capaz de hacerla surgir en nosotros, nos enamoramos. Esta es la reacción ante los amantes ideales.

Sensibles a lo que nos falta, a la fantasía que nos reanimará, ellos reflejan nuestro ideal, y nosotros hacemos el resto, proyectando en ellos nuestros más profundos deseos y anhelos. Casanova y Madame de Pompadour; no sólo tentaron a sus objetivos a tener una aventura sexual: hicieron que se enamoraran de ellos.

La clave para seguir la senda del amante ideal es la capacidad de observación. Ignora las palabras y conducta consciente de tus blancos; concéntrate en su tono de voz, un sonrojo aquí, una mirada allá: las señales que delatan lo que sus palabras no dirán. El ideal suele expresarse en su contrario. Al rey Luis XV parecía interesarle nada más cazar venados y mujeres, pero eso sólo encubría lo decepcionado que estaba de sí mismo; ansiaba que alguien elogiara sus nobles cualidades. Nunca como hoy había sido tan oportuno actuar como el amante ideal. Esto es así porque vivimos en un mundo en el que todo debe parecer elevado y bien intencionado. El poder es el tema más tabú de todos; aunque es la realidad con que todos los días nos topamos en nuestro forcejeo con la gente, en él no hay nada noble, altruista, ni espiritual. Los amantes ideales te hacen sentir más estimable, hacen que lo sensual y sexual parezca espiritual y estético. Como todo seductor, juegan con el poder, pero ocultan sus manipulaciones tras la fachada de un ideal.

Pocas personas perciben sus intenciones, y su seducción es más duradera. Algunos ideales semejan arquetipos junguianos: tienen profundas raíces culturales, y su influjo es casi inconsciente. Uno de tales sueños es el del caballero andante. En la tradición del amor cortesano de la Edad Media, un trovador/caballero buscaba una dama, casi siempre casada, y le servía como vasallo. Se sometía en su favor a terribles pruebas, emprendía peligrosas peregrinaciones en su nombre, sufría torturas espantosas para probar su amor. (Esto podía incluir la mutilación física, como arrancar las uñas, cortar una oreja, etcétera.) También escribía poemas y entonaba bellas canciones por ella, porque ningún trovador podía triunfar sin una cualidad estética o espiritual para impresionar a su dama.

La clave de este arquetipo es un sentido de devoción absoluta. Un hombre que no permite que los asuntos de -guerra, gloria o dinero se inmiscuyan en la fantasía del cortejo, tiene un poder ilimitado. El papel del trovador es un ideal, porque es muy raro que alguien no ponga primero sus intereses, y así mismo. Atraer la intensa atención de un hombre así, halaga enormemente la vanidad de una mujer. En la Osaka del siglo xviii, un hombre llamado Nisan llevó a dar un paseo a la cortesana Dewa, aunque no sin antes haber tenido el cuidado de rociar las matas de tréboles del camino con agua, para que pareciera el rocío de la mañana. A Dewa le conmovió en extremo esa
vista preciosa. «Me han dicho», señaló, «que las parejas de ciervos acostumbran a echarse detrás de las matas de tréboles. ¡Cómo me gustaría ver algo así!» Esto bastó para Nisan. Ese mismo día, hizo demoler una sección de la casa de Dewa, y ordenó qué se plantaran docenas de matas de tréboles en lo que antes había sido parte de su recámara. Aquella noche pidió unos campesinos que reuniesen ciervos de las montañas y los llevaran a la casa.

Al día siguiente al despertar, Dewa vio justó la escena que había descrito. Tan pronto como pareció abrumada y estremecida, él hizo retirar tréboles y ciervos para reconstruir la casa.

Uno de los amantes más gallardos de la historia, Serguei Saltikov, tuvo la desgracia de enamorarse de una de las mujeres menos disponibles: la gran duquesa Catalina, futura emperatriz de Rusia. Cada movimiento de Catalina era vigilado por su esposo, Pedro;
quien sospechaba que ella quería engañarlo y designó sirvientes para que no la perdieran de vista. La duquesa estaba aislada, no era amada y no podía hacer nada para remediarlo. Saltikov, joven y apuesto oficial del ejército, decidió ser su salvador. En 1752 se hizo amigo de Pedro, y de la pareja a cargo de Catalina. Así podía verla, e intercambiar ocasionalmente con ella una o dos palabras que revelaban sus intenciones. Realizaba las más insensatas y peligrosas maniobras para poder verla a solas, como desviar el caballo de la duquesa durante una caza imperial y cabalgar bosque adentro con ella. Entonces le decía cuánto comprendía su difícil situación, y que haría cualquier cosa por ayudarla. Ser sorprendido cortejando a Catalina habría significado la muerte, y con el tiempo Pedro llegó sospechar que había algo entre su esposa y Saltikov, aunque jamás lo supo a ciencia cierta.

Su versión no desanimó al garboso oficial, quien puso aún más ingenio y energía en buscar recursos para concertar citas secretas. Catalina y Saltikov fueron concertando citas secretas y fueron amantes dos años, y es indudable que él fue el padre de Pablo, el hijo de Catalina y posterior emperador de Rusia. Cuando Pedro se deshizo al fin de Saltikov despachándolo a Suecia, la noticia de su gallardía llegó antes que él, y las mujeres se derretían por ser su próxima conquista. Tal vez tú no tengas que exponerte a tantas dificultades o riesgos, pero siempre obtendrás recompensas por actos que revelen un sentido de sacrificio o devoción.

La personificación del amante ideal en la década de 1920 fue Rodolfo Valentino, o al menos la imagen que de él se creó en el cine. Todo lo que hacía —obsequio de regalos o ramos de flores, el baile, la forma en que tomaba la mano de una mujer —revelaba una escrupulosa atención a los detalles, lo que indicaba cuánto pensaba en una mujer. La imagen era la de un hombre que prolongaba el cortejo, lo que hacía de éste una experiencia estética. Los hombres odiaban a Valentino, porque las mujeres empezaron a esperar que ellos se ajustaran al ideal de paciencia y atención que él representaba. Pues nada es más seductor que la paciente atención. Ella hace que la aventura parezca honrosa, estética, no meramente sexual. El poder de un Valentino, en particular en nuestros días, reside en que personas así son muy raras. El arte de encarnar el ideal de una mujer ha desaparecido casi del todo, lo que no hace sino volverlo mucho más tentador. Si el amante caballeroso sigue siendo el ideal de las mujeres, los hombres suelen idealizar a la virgen/ramera, una mujer que combina la sensualidad con un aire de espiritualidad o inocencia.

Piensa en las grandes cortesanas del Renacimiento italiano, como Tullía d’Aragona, en esencia una prostituta como todas las cortesanas, pero capaz de disimular su papel social creándose fama de poeta y filósofa. Tullía era lo que se decía entonces una «cortesana honorable».

Las cortesanas honorables iban a la iglesia, pero tenían un motivo oculto al hacerlo: I para los hombres, su presencia en misa era excitante. Sus aposentos eran templos del placer, pero lo que los hacía visualmente agradables eran sus obras de arte y estanterías llenas de libros,
volúmenes de Petrarca y Dante. Para el hombre, el escalofrío, la fantasía, era acostarse con una mujer sexualmente apasionada, pero que tuviera asimismo las cualidades ideales de una madre y el espíritu e intelecto de una artista. Mientras que la prostituta pura excitaba el deseo pero también la aversión, la cortesana honorable hacía que el sexo pareciera elevado e inocente, como si ocurriera en el Jardín del Edén. Estas mujeres ejercían inmenso poder en los hombres. Hasta la fecha siguen siendo un ideal, si no por otra cosa, por ofrecer tal gama de placeres. La clave es en este caso la ambigüedad: combinar la apariencia de edad, de delicadeza y los placeres de la carne, con un aire de inocencia, espiritualidad y sensibilidad poética. Esta mezcla de lo supremo y lo abyecto es extremadamente seductora. La dinámica del amante ideal tiene posibilidades ilimitadas, no todas ellas eróticas.

En política, Talleyrand cumplió en esencia el papel de amante ideal de Napoleón, cuyo ideal tanto de ministro como de amigo era un aristócrata desenvuelto con las damas, todo lo contrario, a él mismo. En 1798, cuando Talleyrand era ministro del Exterior de Francia, ofreció una fiesta en honor de Napoleón luego de las deslumbrantes victorias militares del gran general en Italia. Hasta el día de su muerte, Napoleón recordó esa fiesta esa fiesta como la mejor a la que hubiera asistido en su vida. Fue espléndida, y el anfitrión entretejió en ella un mensaje sutil, disponiendo bustos romanos por toda la casa y diciendo a Napoleón que era su deber reanimar las glorias
imperiales de la antigua Roma. Esto encendió una chispa en la visión del líder y, en efecto, años después, Napoleón se otorgó el título de emperador, lo que volvió aún más poderoso a Talleyrand. La clave de este poder fue la habilidad para comprender el ideal secreto de Napoleón: su deseo de ser emperador, dictador. Talleyrand puso sencillamente un espejo ante el tirano, y le dejó avistar esa posibilidad. La gente siempre es vulnerable a insinuaciones así, que halagan su vanidad, punto débil de casi todos. Sugiérele algo a lo que deba aspirar,
manifiesta tu fe en un desaprovechado potencial que veas en ella, y pronto la tendrás comiendo de tu mano. Si los amantes ideales son expertos en seducir a las personas apelando a su más alto concepto de sí, a algo perdido en su infancia, los políticos pueden beneficiarse de la aplicación de esta habilidad a gran escala, al electorado entero.

Esto fue lo que hizo, muy deliberadamente, John F. Kennedy con el pueblo estadunidense, en particular al crear el aura de «Camelot» en torno suyo. El término «Camelot» no se asoció con su periodo presidencial hasta después de su muerte, pero el romanticismo que él proyectaba de modo consciente por su juventud y donaire operó por completo durante su vida. Más sutilmente, Kennedy también jugó con las imágenes de grandeza e ideales abandonados de Estados Unidos. Muchos estadunidenses creían que, junto con la riqueza y comodidad de fines de los años cincuenta, habían llegado grandes pérdidas; que el desahogo y la conformidad habían puesto fin al
espíritu pionero de su nación. Kennedy apeló esos abandonados ideales mediante las imágenes de las gentes de la Nueva Frontera, ejemplificada por la carrera espacial. El instinto estadunidense de aventura halló salidas ahí, aún si la mayoría eran simbólicas. Y hubo también otros llamados al servicio público, como la creación del Cuerpo de Paz.

Por medio de llamamientos como éstos, Kennedy reactivó una unificadora noción de misión, perdida en Estados Unidos desde la segunda guerra mundial. Produjo asimismo una respuesta más emotiva que la que acostumbraban a recibir los presidentes. La gente literalmente se enamoró de él y de su imagen. Los políticos pueden obtener poder de seducción si echan mano del pasado de su país, para rescatar imágenes e ideales olvidados o reprimidos. Les bastará con el símbolo; no tendrán que preocuparse, en efecto, de recrear la realidad
detrás de él. Los buenos sentimientos que susciten serán suficientes para asegurar una reacción positiva.

Símbolo. El retratista. Bajo su mirada, todas tus imperfecciones físicas desaparecen. Él saca a relucir tus nobles cualidades, te encuadra en un mito, te diviniza, te inmortaliza. Por su capacidad para crear tales fantasías, es recompensado con inmenso poder.

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