Se supone que las viejas heridas no se abren nunca. Pero, ¿cómo pueden sanar si nunca fueron suturadas?
Puedo ver los recuerdos fuera de mi cuerpo, salen a pasear hacia los lugares donde aparecieron por primera vez. No importa lo mucho que intenté encadenarlos, al final adquirieron una fuerza sobrenatural y simplemente se me escaparon.
Ahora se materializan en la daga de una mirada que se incrusta en el centro del pecho y me paraliza por completo. En el fantasma del cadáver de una novia que me persigue a donde quiera que voy, escucho sus lamentos al caer la noche, sostiene una copa de vino mientras canta la misma canción una y otra y otra vez. Sentada frente a mí me presenta su dolor, y justo cuando lo sostengo en la palma de mis manos ella parece desvanecerse sin dejar rastro. De pronto me invade esa pena y no sé cómo deshacerme de la infinita oscuridad que se avecina.
Enciendo las luces y reaparece la mujer en el reflejo del espejo… No es más que otra versión barata de mí, una versión destruida con el alma hecha trizas, que sangra y no atiende esas heridas. Luce sucia, confundida y triste. Me pregunto ¿cómo me ha alcanzado a estas alturas? Al parecer, ha tenido ya un camino bastante largo.
No siento amargura, pero sí misericordia. Acaricio su consumido rostro y tomo con delicadeza sus manos huesudas, le sonrió sutilmente mientras retiro la sortija oxidada que lleva puesta en su dedo anular. De repente yace una luz misteriosa que se introduce por la ventana, cambia su semblante y sus ojos manifiestan un fruto de libertad.
Me devuelve la sonrisa, enciende un cigarrillo y sale de manera triunfal por la puerta principal. Ya se ha ido, se ha despedido del mundo terrenal y ahora sólo vive en mi memoria fugitiva que le ha dado una honrada inhumación.
Y dichas viejas heridas, tras la sutura… No vuelven a abrirse jamás.












































