사랑.

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No recuerdo con exactitud la primera vez que te vi… Pero sí cómo tocó esperar más de 2190 días para que el universo volviera a enchufarte en mi camino. Recuerdo que te miré, y en seguida desvié mis ojos en retrospectiva hacia el desliz de mis ilusiones fallidas y mi alter ego me negó rotundamente el volver a verte.

Aún mientras escribo, me resisto. Como si mis dedos se congelaran en el tiempo, guardando la grandeza de un sentimiento que da pánico admitir. Pero todo se desmorona cuando te acercas y te escucho hablar, cayendo en la necesidad de estar lo suficientemente cerca para escuchar el latido de tu corazón y así cerciorarme de que no te estoy imaginando, y en verdad, eres real.

Se escuchará como un cliché el decir que nunca me había sentido así. Pero siendo franca, mi alma se vuelve transparente cada que te veo, mis máscaras no existen, de alguna manera me ofreces la libertad de ser yo misma de mil y un maneras. Creo que no hay algo más sanador y pacífico que eso. Es como un descanso de las largas batallas, de la exigencia diaria y de los pensamientos más profundos que viven tan arraigados a mí.

Es lo más parecido a lo que suelo llamar ¨hogar¨, lo que había descrito en mis cuadernos, lo que platiqué alguna vez con Dios a solas en mi cuarto, pero que de algún modo me desafiaba en mi propio intelecto por no padecer.

¡Increíble! Pero cierto, que son sólo 5 letras las que hipnotizan mi cuerpo, pero a través de mis ojos espero ser lo suficientemente convincente de cuánto es que lo siento, y que sin importar qué, tengas la certeza de que ya has traspasado los muros. Ahora mi insomnio lleva tu nombre y a través de un suspiro le pido a la luna las palabras correctas para ilustrar tu vida, tanto como hasta ahora, tú has encendido la mía.  

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