El ejército mexicano este jueves 25 de septiembre fue puesto a prueba al haber unos encapuchados chocado e incendiado con bombas molotov un camión de carga, que habían robado, en una de las entradas principales del Campo Militar número 1, en la Ciudad de México, como parte de las protestas de los familiares, amigos y demás compañeros de los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa, Guerrero, entre el 26 y 27 de septiembre de 2014; pues a pesar de eso y de que arrojaron petardos hacia el interior del campo, el ejército no cayó en la provocación y se mantuvo firme y sereno sin repeler la agresión.
Tienen razón los manifestantes en cuanto a su petición de que el ejército entregue a las autoridades competentes investigadoras de la desaparición forzada de los estudiantes normalistas, todo lo que él sabe sobre estos lamentables hechos; pero no tienen razón alguna en recurrir a la violencia para exigir el esclarecimiento de la verdad; máxime cuando el Estado está poniendo todo lo que está de su parte para conocerla.
Falta menos de una semana para recordar el 2 de octubre de 1968, en que el Ejército, del que era Comandante Supremo el Presidente de México, Gustavo Díaz Ordaz, se manchó las manos de sangre con la masacre de estudiantes y gente del pueblo que llevó a cabo en la Plaza Tlatelolco o Plaza de las Tres Culturas (indígena, colonial y moderna), con la consecuente condena nacional e internacional; y que se dio a diez días de que el 12 (Día de la Raza), se inaugurasen los XIX Juegos Olímpicos, en la Ciudad de México, los primeros de la historia en Latinoamérica.
Ese 2 de octubre, y posteriormente el Jueves de Corpus, el 10 de junio de 1971, que por órdenes del Presidente Luis Echeverría Álvarez, masacraron a estudiantes que se manifestaban pacíficamente en la Ciudad de México, en solidaridad con los estudiantes de la Universidad Autónoma de Nuevo León, traumaron a México e inhibieron a las autoridades del país para no reprimir las manifestaciones de los estudiantes; de tal suerte que los han dejado no solamente manifestarse sino que cometan actos de vandalismo y hasta delictivos atentando contra la propiedad privada y la vida misma, que desafortunadamente quedan impunes y por eso se repiten.
Qué bueno que la Comandante Suprema del Ejército Mexicano, la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, no cayó en la provocación del ataque al Ejercito en el Campo Militar número 1, en la Ciudad de México; demostrando con ello que los soldados son pueblo uniformado.













































