Dicen que los sentimientos son efímeros, pero no siempre es verdad. Aún sostengo en mis pensamientos el recuerdo de esas caricias salvajes que fueron mi perdición, los latidos intensos del corazón entrelazados a una conexión correlativa y el destierro de los restos del afecto que no fallece nunca.
Pasan las horas y los días, mientras continúo en el camino desolado de un adiós seccionado en capítulos interminables, sobre la avenida de la soledad y en contra esquina de la prisión que lleva tu nombre. Soy yo misma quien se incorpora dentro de la celda y extiende las manos en sumisión para llevar los pesados grilletes de eso que no sé si llamar ¨amor¨. Porque no sólo lastima y deja huellas, también termina por matar hasta el alma más pura y resistente.
Dentro de la frívola escena renace mi vitalidad, ésa parte de mí que se refleja en el espejo como algo sombrío, pero al estar frente a ti no quiere ocultarse más. Soy enteramente yo, vuelvo a tu merced, poniendo como ofrenda mi confianza en medio de la habitación. Pero justo en ése instante, para el resto del mundo me convierto en una vil mentira, en veneno puro.
Nunca me sentí más narcisista, o una maestra del engaño. Pero como todo ser humano, caigo en la tentación más terrenal y carnal, me entrego a las llamas del infierno en donde el dolor es mi más grande aliado. Donde la evidencia de mi lucha me mantiene a flote. Comentan por ahí que nadie es perfecto, y yo… estoy demasiado lejos de serlo.
No todo sentimiento es efímero, quizá es un tóxico capricho, que me ordena volver a clavar mis pies descalzos sobre la parcela de mis más bajos deseos. Entre el paraíso y las tinieblas, tras el constante desliz de pensamiento.













































