Museo funerario desaprovechado en Mapimí

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El panteón de Mapimí, Durango, es una galería de arte funerario que vale la pena conservar porque en cada lápida está escrito un capítulo de la historia de la Comarca Lagunera. Los apellidos nacionales y extranjeros labrados en las losas de cantera pertenecieron a familias que impulsaron el desarrollo económico y social del municipio minero, como éste haya sido.

Mapimí, designado por la Secretaría de Turismo federal como Pueblo Mágico en 2012, es un pueblo que como la mayoría de Durango (a excepción de la capital, Gómez Palacio y Lerdo), depende económicamente en gran medida del sector primario. En este caso la vocación minera fue cambiando a la avícola y las granjas aparecen en la actualidad dispersas en el horizonte como la principal fuente de trabajo.

En su periodo minero el esplendor fue evidente. La fundación de Ojuela en el cerro del Parián atrajo inversiones extranjeras que impulsaron más al sector a finales del siglo XIX y principios del XX, que propiciaron además el nacimiento de haciendas necesarias para la proveeduría de alimentos. Estas haciendas a su vez dieron origen a las villas, actuales ciudades de la Comarca Lagunera. Por ello sin duda puede reconocerse a Mapimí como el ombligo de la región.

Pese a ello su desarrollo se estancó y fueron los recursos del programa de pueblos mágicos los que posibilitaron la restauración de algunas fachadas y calles, con el propósito de fomentar otra actividad económica: el turismo.

Para ello se requiere de operadoras de servicios turísticos que promuevan actividades para el paseante, y que puedan vestir los recorridos por lugares históricos, como lo es, por ejemplo, el panteón. Pero no las hay.

Con más de un siglo de su fundación, el camposanto de Mapimí es uno de los atractivos del lugar; y como todo cementerio, en éste se alojan los nombres de los personajes pilares de la historia local, con un agregado: muchas de las lápidas de cantera están finamente labradas por hábiles manos. Los decorados en bajorrelieve son obras de arte en riesgo por la falta de un programa de rescate. En algunos casos la preservación de estas losas obedece a la iniciativa de ciudadanos quienes orientados únicamente por la intuición las remueven o limpian.

Este panteón podría ser un museo funerario por la calidad artística de sus losas del siglo XIX, talladas en cantera; pero aún no lo es.

“Los cementerios son fuente de conocimiento histórico, religioso, social, económico, arquitectónico, urbanístico, artístico e iconográfico, así sea pequeño y reciente, de una gran ciudad o de un pueblo”, escribe en un artículo científico Ethel Herrera Moreno, doctora en arquitectura e investigadora del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Herrera Moreno es experta en arte funerario, describió los panteones de Dolores y Francés de la Piedad en la Ciudad de México, y en noviembre de 2016 visitó el de Mapimí, donde ofreció una charla sobre la metodología para estudiar los cementerios patrimoniales.

La experta caminó entre las tumbas de granito y cantera, descubrió fuera de su lugar decenas de lápidas, seguramente para reutilizar el terreno. “El crecimiento de la población, y la corrupción, conlleva a la reventa de espacios”, afirmó.

El panteón de Mapimí debe rescatarse. Ante la falta de regulación se comercializan las calles y los espacios entre tumbas, borrándose el trazo urbano y la lotificación original, abunda la investigadora.

El antiguo cementerio, a simple vista, carece de orden, un censo podría revelar lo que por las crónicas se sabe: en éste existen conjuntos de tumbas de ingleses, alemanes, norteamericanos, mexicanos, españoles y chinos -entre otras nacionalidades- que participaron activamente de la vida económica y social de Mapimí al final del siglo XIX. El espacio de los asiáticos, por cierto, es el más descuidado. Las tumbas están partidas y la basura se acomoda a su rededor. Es evidente la ausencia de los vivos.

Está claro que si no preservamos nuestra historia, en polvo nos convertiremos, ya nadie podrá rescatar nuestro pasado del olvido.

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