Mientras te veo partir el corazón se me achicharra y no quedan más que restos de las añoranzas de mi alma. El souvenir de las caricias inmaculadas donde alguna vez encontré mi paz y tuve la dicha de alcanzar el cielo con mis delgados dedos.
Fui débil y humana, sintiendo la limpieza de mis sublimes pecados. Mientras el dolor yacía de las llagas que adornaban mi espalda, pero en el trance de mi shock hipovolémico escuchaba el glorioso canto de los ángeles celestiales que desprendían la misma libertad a la que estaba encadenada.
En el respiro más hondo, llenando de aire mis pulmones, estremeciéndome sobre tu tórax es cuando caí en cuenta que no habría peor prisión. Justo ahí descendía el cúmulo de energía, sólo ahí encontraba la huida eminente de mi ansiedad. Entre el torbellino de crueldad, mediante la flagelación de mi corteza, la acumulación del desprecio ajeno y la sentencia social definitiva. Me postraba de rodillas con una fusta en la palma de mis manos ante mis disculpas más falsas. Esperando un perdón sin arrepentimiento, con el eterno castigo tan jodidamente romántico.
Mientras te veo partir observo como se escabulle gran parte de mí entre tus maletas y llego a la conclusión de que al igual que un fiel can, yo siempre te voy a seguir.













































