Decepciones van y vienen, arrebatan la calma de almas blancas e indefensas que van buscando su paz. De pronto se cruza el amorío que comienza a quebrantarse de adentro hacia afuera, escupiendo cristales de la inocencia que se ha visto interrumpida para luego ensuciar el nombre de la consciencia.
La arena movediza se torna gris como el cemento y va enterrando mis pálidos pies, pequeñas rocas afiladas se refugian en cada espacio entre mis dedos y me dejan rasguños del ayer. Me mantengo fija justo en medio del océano que no puedo llegar a tocar, siendo la presa de sueños incoherentes que concluyen al ahogarse en la inmensidad del mar.
La cobardía vuelve a frenar mi huida, los colores blanco y negro se armonizan sobre la línea del tiempo y marcan testimonio del nocivo caos deprimente que conduce hacia la locura y las añejas ruinas sin salida.
Sentimientos en estado de defunción pudren el cuerpo extraviado de ésta mujer inofensiva en un mundo repleto de pecado.












































