Una buena analogía del masoquismo es sublimar el dolor interno en huellas sobre la piel, signos indicadores de una sanación posterior que genera cicatrices, pero al final… No duelen más. Una insignia de ofrenda hacia la resistencia.
Es una de las vías de escape con contrastes más celestes que iluminan puntos específicos del cerebro, mientras viajas en el trance de una combinación de lo amargo y lo dulce de la vida. Es la experiencia de ser elemento sólido, entretanto, pisas firmemente la tierra. De pronto, existes un instante y no hay fuerza más letal que sentirse así de humano, así de vivo.
El aire se transforma en algo más que oxígeno y a lo largo renuncias a tu jerarquía para sentirte vulnerable, tal como una pluma flotante sobre el soplo del recorrido de cada flagelación, que no sólo eriza la piel, pues también a través de los poros sale el fuego desde lo más profundo de tu esencia. Sientes como ardes y como con cada exhalación expulsas la adrenalina que satisface tu dependencia tóxica hacia la más grata condena.
Una buena analogía del masoquismo es escribir la romántica historia entre el placer y la tortura. Es sufrir en su más alta potencia un cáncer terminal, para finalmente salir al mundo como un ser nuevo que ha sanado en totalidad.













































