La sociedad cortesana

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Es una realidad de la naturaleza humana que la estructura de una sociedad cortesana se conforma en torno del poder. En el pasado, la corte se reunía alrededor del gobernante de turno y cumplía diversas funciones: además de divertir y entretener al soberano, era una forma de reafirmar las jerarquías de la realeza, la nobleza y las clases altas de la sociedad, así como de mantener a la nobleza a la vez subordinada y cercana al gobernante, a fin de que éste pudiese controlarla. La corte sirve al poder de muchas maneras, pero sobre todo ‘glorifica al soberano, al rodearlo de un microcosmos obligado a esforzarse por complacerlo.

Ser un cortesano era un juego peligroso. Un viajero árabe del siglo XIX, que había llegado a la corte de Darfur, (hoy Sudán), relató que allí los cortesanos debían hacer todo lo que hacía el sultán: si éste se había lastimado, debían infligirse la misma herida; si se caía del caballo durante una expedición de caza, también ellos debían caerse. Esta mimetización solía observarse en las cortes de todo el mundo. Aun así, se corrían graves riesgos de desagradar al soberano: un movimiento en falso podía causar la muerte o el exilio. El cortesano exitoso dominaba el arte de hacer equilibrio sobre la cuerda floja: debía complacer, pero no demasiado; obedecer pero diferenciándose de algún modo de los demás cortesanos; evitar distinguirse tanto que provocara inseguridad en el gobernante.

Los grandes cortesanos de la historia han dominado la ciencia de la manipulación. Son quienes hacen que el rey se sienta más real y que todos los demás teman su poder de cortesano. Son los magos de la apariencia, pues saben que en la corte la mayoría de las cosas se juzgan según lo que parecen. Los grandes cortesanos son amables y corteses. Su agresión es indirecta y velada. Son maestros de la palabra; nunca dicen más de lo estrictamente necesario y sacan el mayor beneficio tanto de un cumplido como de un insulto velado. Son imanes del placer; la gente busca su presencia porque saben cómo agradar, aunque, nunca recurren a la lisonja servil ni se humillan. El gran cortesano se convierte en el favorito del rey y disfruta de todos los beneficios de tal posición. A menudo, termina siendo más poderoso que el propio soberano, pues es un mago de la acumulación de influencia. Hoy en día, muchos consideran la vida cortesana como una reliquia del pasado, una curiosidad histórica. Según Maquiavelo, razonan «como si los cielos, el Sol, los elementos y los hombres hubiesen cambiado el orden de sus movimientos y su potencia, y fuesen diferentes de lo que eran en otros tiempos». Si bien ya no existe ningún Rey Sol, todavía hay muchas personas que creen que el Sol gira en torno de ellas. La corte real podrá haber desaparecido, o al menos perdido su poder, pero las cortes y los cortesanos todavía existen, por el simple hecho de que sigue existiendo el poder. Hoy es muy raro que se le exija a un cortesano caerse del caballo como su amo, pero las leyes que gobiernan las políticas de la corte son tan atemporales como las leyes del poder. Por lo tanto, hay mucho que aprender de los grandes cortesanos, tanto del pasado como del presente.

LAS LEYES DE LA POLÍTICA CORTESANA

1.-Evite las tentaciones.

Nunca es prudente hablar mucho de usted mismo o llamar demasiado la atención sobre sus acciones. Cuanto más hable sobre lo que hace, más sospechas despertará. También generará suficiente envidia entre sus pares como para inducirlos a la traición o a clavarle un puñal por la espalda. Tenga, por lo tanto, mucho cuidado de pregonar sus logros a los cuatro vientos, y hable siempre menos sobre su persona que sobre los demás. Es preferible pecar de modesto.

2.-Reste importancia a lo que hace.

No demuestre nunca que está trabajando mucho. Su talento debe dar la impresión de fluir de manera natural, con una facilidad que lleve a los demás a tomarlo por un genio, no por un adicto al trabajo. Incluso cuando algo le exija mucho esfuerzo, hágalo parecer sencillo; a nadie le gusta ver sangre y sudor, que es otra forma de ostentación. Es mejor que se asombren al ver la facilidad con que usted obtiene sus logros, y no que se pregunten por qué le costarán tanto.

3.-Sea frugal con los elogios.

Podrá parecer que sus superiores nunca se cansan de que los elogien, pero el exceso de algo —incluso de algo bueno— disminuye su valor. Además, usted despertará sospechas entre sus pares. Aprenda a halagar de forma indirecta: por ejemplo, desmerezca sus propios aportes, para que la gestión de su jefe parezca más importante y eficiente.

4.Hágase notar.

He aquí una paradoja: usted no puede exhibirse de forma demasiado descarada, y sin embargo deberá esforzarse por hacerse notar. En la corte de Luis XIV, cualquier persona a la que el rey decidiera mirar ascendía de inmediato en la escala jerárquica de la corte. Usted no tiene ninguna posibilidad de ascender si el amo no lo distingue entre los demás cortesanos. Esta tarea exige mucho arte. A veces, al principio es cuestión de hacerse ver, en el sentido literal. Preste atención a su aspecto físico y luego encuentre la forma de crear un estilo y una imagen
distintivos… pero sutilmente distintivos.

5.-Modifique su estilo y su lenguaje según la persona con la que esté tratando.

La pseudocreencia en la igualdad, la idea de que, al hablar ,y actuar de la misma manera con todos, sin distinciones de rango, usted se convierte en un ejemplo de educación, es un error terrible. Quienes se ubican por debajo de usted interpretarán tal actitud como una forma de condescendencia (y así es), y aquellos que se hallan por encima de usted se sentirán ofendidos, aunque quizá no lo admitan. Usted deberá cambiar su estilo y su forma de hablar de acuerdo con cada individuo con el que trate. Esto no es mentir, sino actuar, y la actuación es un arte, no un don de Dios. Aprenda ese arte. Esto también vale para la gran diversidad de culturas que se encuentran en la corte
moderna: nunca dé por sentado que sus criterios de conducta y sus juicios tienen validez universal. La incapacidad de no adaptarse a otra cultura no sólo es el colmo de la barbarie, sino que lo ubica en una posición desventajosa.

6.-Nunca sea portador de malas nuevas.

El rey mata al mensajero que le trae malas noticias; es un clisé, pero contiene una gran cuota de verdad. Usted deberá hacer todo lo posible, y hasta mentir y hacer trampa, de ser necesario, para asegurarse de que la suerte que le cabe al portador de malas noticias recaiga en otros, nunca en usted. Lleve sólo buenas nuevas, y su amo se sentirá feliz cuando lo vea acercarse.

7.- Nunca presuma de amistad o intimidad con su amo.

El amo no quiere tener un subordinado amigo, sino un subordinado a secas. Nunca lo encare con tono informal o amistoso como si
ambos fueran amigos: esto es algo reservado con exclusividad a él Si él decide tratarlo de ese modo, adopte una actitud de cautelosa camaradería. De lo contrario, más le vale pecar de lo opuesto, y dejar en claro la distancia que hay entre los dos.

8.-Nunca critique directamente a quienes se hallan por encima de usted.

Si bien esto parece obvio, suele haber momentos en que cierta forma de crítica es necesaria, y en que no decir nada o no dar un consejo también haría peligrar su posición. Sin embargo, deberá aprender a impartir su crítica o su consejo de la forma más indirecta y cortés posible. Piénselo dos o tres veces, hasta asegurarse de que sus palabras serán lo bastante prudentes. Es preferible ser demasiado sutil que pecar de lo contrario.

9.Sea frugal al pedir favores de sus superiores.

Nada irrita más al superior que tener que rechazar el pedido de un subordinado, pues ello genera culpa y resentimiento. Procure pedir favores lo menos posible y sepa cuándo detenerse. En lugar de convertirse en un suplicante, siempre es mejor ganarse los favores, de modo tal que su amo se los otorgue por propia voluntad. Y lo más importante de todo: no pida favores para otros, y menos aún para un amigo.

10.-Nunca haga bromas sobre apariencias o gustos.

Un ingenio agudo y un buen sentido del humor son cualidades esenciales del buen cortesano, e incluso hay momentos en que cierto toque vulgar puede resultar adecuado y simpático. Pero evite cualquier tipo de bromas sobre apariencias o gustos personales, dos áreas muy sensibles, sobre todo en sus superiores. No lo haga ni siquiera cuando esté lejos de ellos. Se cavará su propia fosa.

11.-No sea el cínico de la corte.

Exprese admiración por el trabajo bien hecho de los demás. Si usted no hace sino criticar sin cesar a sus pares o subordinados, algo de esas críticas se trasladará a su propia persona y lo seguirá como una nube negra adondequiera que vaya. Los demás gruñirán ante cada nuevo comentario cínico de parte de usted, y terminará por irritarlos. Al expresar una modesta admiración por los logros de los demás, usted, paradójicamente, llamará la atención sobre los suyos propios. La capacidad de manifestar admiración y grata sorpresa con un aire de sinceridad es un talento raro, casi en vías de en extinción… pero no por eso menos valorado.

  1. -Obsérvese a sí mismo.

El espejo es un invento maravilloso; sin él, usted cometería grandes pecados contra la belleza y el decoro. También necesita un espejo que refleje sus acciones. A veces puede encontrarlo en otras personas, que le dicen qué ven en usted, pero no es el método más confiable. Usted debe ser su propio espejo y aprender a verse como lo ven los demás. ¿Actúa de forma demasiado obsequiosa? ¿Intenta con demasiado ahínco complacer a los demás? ¿Se muestra desesperado por recibir atención, dando la impresión de que está en decadencia?
Obsérvese a sí mismo, y evitará cometer más de un desatino.

13.-Controle sus emociones.

igual que un actor en una gran obra teatral, deberá aprender a llorar y a reír a voluntad y en el momento indicado. Deberá ser capaz tanto de disimular su ira y su frustración como fingir satisfacción y consenso. Usted debe ser el amo de su propio rostro. Denomínelo «mentir», si quiere, pero si prefiere no involucrarse en este juego y ser siempre sincero y frontal, no se queje si otros lo califican de odioso y arrogante.

  1. -Adécuese al espíritu de los tiempos.

Un cierto aire reminiscente de otras épocas puede resultar encantador, siempre y cuando se remonte por lo menos veinte años; vestir a la moda de hace diez años es ridículo, a no ser que le guste desempeñar el papel de bufón del rey. Su espíritu y su forma de pensar deberán adecuarse a los tiempos, aunque éstos hieran su sensibilidad. Por otro lado, si se adelanta demasiado a su tiempo, nadie lo comprenderá. Nunca conviene destacarse demasiado en este aspecto. Lo mejor es adecuarse a los tiempos que corren.

15.– Sea una fuente de placer.

Esto es fundamental. Una característica muy obvia de la naturaleza humana es la de huir de todo lo desagradable y ofensivo, mientras que el encanto y la promesa de disfrutar de algún tipo de placer nos atrae como la luz a las mariposas nocturnas. Conviértase usted mismo en esa luz, y ascenderá hasta la cumbre. Dado que la vida contiene tantas cosas desagradables y los placeres son bastante escasos, usted se convertirá en algo tan indispensable como el pan de cada día. Esto podrá parecer obvio, pero a menudo lo obvio es ignorado o mal apreciado.

Una advertencia

Los cortesanos son como los magos: juegan sutilmente con las apariencias y sólo dejan ver a los demás lo que ellos quieren que vean. Entre tanto engaño y manipulación, resulta esencial que usted impida que los demás detecten sus trampas y sus trucos. Talleyrand era el Gran Prestidigitador de la Corte y, de no haber sido por el ayudante de Napoleón, quizás habría logrado complacer a su amo y al mismo tiempo divertirse a su costa. Pero el cortejo es un arte sutil, y un detalle que se haya pasado por alto o un error inadvertido pueden arruinar el mejor truco. Nunca se arriesgue a ser descubierto en sus maniobras. Nunca permita que la gente descubra sus tretas. Si esto sucede, de inmediato dejarán de considerarlo un hábil cortesano y lo condenarán por tosco y detestable. Éste es un juego muy delicado: dedique la máxima atención al modo de cubrir sus huellas, y nunca permita que su amo lo desenmascare.

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