Evite imitar a los grandes hombres

0
984

Lo que se produce por primera vez siempre parece mejor y más original que lo que viene después. Si usted sucede a un gran hombre o tiene padres célebres, deberá lograr el doble para poder superar la imagen de ese «modelo».

No se pierda en la sombra de esos «grandes» ni se quede estancado en un pasado que no es obra suya: encuentre su propia identidad y reafírmela con su accionar diferente. Elimine a ese padre dominante, reniegue de su herencia y gane poder a través de sus propios méritos.

En muchos reinos antiguos, por ejemplo en Bengala y en Sumatra, cuando el rey ya había gobernado durante varios años sus súbditos lo ejecutaban. Esto se hacía, en parte, como un ritual de renovación pero también para evitar que el soberano se volviera demasiado poderoso, ya que en lo general intentaba establecer un orden permanente, a expensas de otras familias y de sus propios hijos. En lugar de proteger la tribu y guiarla en tiempos de guerra, intentaba, dominarla. Para evitar eso, lo mataban a golpes o lo ejecutaban en un elaborado ritual. Después, cuando ya no se hallaba físicamente presente y su gloria ya no podía subírsele a la cabeza, podían venerarlo como a un dios. Entretanto, el campo quedaba libre para establecer un nuevo y rejuvenecido orden.

Esta actitud ambivalente y hostil hacia la figura del rey o del padre se refleja también en las leyendas de héroes que no conocen a su padre.

Moisés, el arquetípico hombre de poder, fue hallado abandonado entre los juncos y nunca conoció a sus padres. Al no tener un padre con quien competir o que lo limitara, pudo alcanzar la cumbre máxima del poder. Hércules no tenía un padre terrenal: era hijo del dios Zeus. En los últimos años de su vida, Alejandro Magno difundió la historia de que lo había engendrado el dios Júpiter Amon y no Filipo de Macedonia.

Este tipo de leyendas y rituales eliminan al padre humano porque simboliza el poder destructivo del pasado.

El pasado impide al joven héroe crear su propio mundo: tiene que hacer las cosas como las hizo el padre, aunque éste haya muerto o carezca de poder. El héroe debe inclinarse ante su predecesor y venerarlo, someterse a la tradición y a lo precedente.

Lo que tuvo éxito en el pasado debe trasladarse al presente, aun cuando las circunstancias hayan cambiado mucho. Para el héroe, el pasado significa también el peso de una herencia que teme perder, lo cual lo vuelve tímido y cauteloso.

El poder depende de la habilidad para llenar un vacío, para ocupar un campo que ha sido despejado del peso muerto del pasado. Sólo cuando la figura paterna haya sido debidamente desalojada, dispondrá usted del espacio necesario para crear y establecer un nuevo orden.

Existen diversas estrategias que podrá adoptar para lograrlo: variaciones de la ejecución del rey, que disimulan la violencia del impulso y lo canalizan en formas socialmente aceptables.

Quizá la forma más simple de escapar de la sombra del pasado consista en empequeñecerla, jugando con el atemporal antagonismo entre las generaciones e incitando a los jóvenes contra los viejos. Para eso, usted necesita una conveniente figura mayor para poner en la picota. Mao Tse-tung, al enfrentar una sociedad que se resistía tenazmente al cambio, jugó con los reprimidos resentimientos contra la poderosa presencia del venerable Confucio en la cultura china. John F. Kennedy conocía los peligros que encierra el confundirse con el pasado, y por eso diferenció de manera radical su presidencia de la de su predecesor, Dwight D. Eisenhower, y también impuso diferencias con respecto a la década anterior, la de los 50, que Eisenhower encarnaba. Kennedy, por ejemplo, no jugaba el aburrido y paternal golf, símbolo de jubilados y privilegiados, y una de las pasiones de Eisenhower. Él, en cambio, jugaba al fútbol americano en el césped de la Casa Blanca. En todos los aspectos, su gobierno representaba vigor y juventud, en contraste con el pesado e insípido Eisenhower. Kennedy había descubierto una vieja verdad: los jóvenes se enfrentan con facilidad a los viejos, pues ansían encontrar su propio lugar en el mundo y rechazan la sombra de sus padres.

La distancia que usted establezca respecto de su predecesor a menudo exige algún simbolismo, una forma de anunciarla públicamente. Luismy, por ejemplo, creó ese simbolismo cuando rechazó el tradicional palacio de los reyes de Francia y construyó su propio palacio de Versailles. El rey Felipe u de España hizo lo mismo cuando creó su centro de poder, el palacio de El Escorial, en el lugar que en aquel entonces era un páramo.

Pero Luis xiv llevó el juego mucho más lejos: él no seria un rey como su padre o sus otros antepasados, no llevaría corona ni cetro, ni se sentaría en un trono; establecería un nuevo tipo de imponente autoridad con símbolos y rituales propios. Luis convirtió los rituales de sus predecesores en ridículas reliquias del pasado. Siga su ejemplo: nunca se permita seguir el camino de su predecesor. Si lo hace, nunca logrará superarlo. Usted debe demostrar que es diferente en forma palpable, estableciendo un estilo y un simbolismo que lo distingan.

El emperador romano Augusto, sucesor de Julio César comprendió esta verdad. César había sido un gran general, una figura teatral cuyos espectáculos mantuvieron entretenidos a los romanos, un emisario internacional seducido por los encantos de Cleopatra: una figura de enorme fuerza. De modo que Augusto, a pesar de sus propias tendencias teatrales, compitió con César, pero no tratando de superarlo, sino de diferenciarse de él lo más posible: basó su poder en un retorno a la sencillez romana, una austeridad tanto en estilo como en sustancia. Contra la imponente y colorida memoria de César, Augusto presentaba una serena y masculina dignidad.

El problema de tener un predecesor demasiado imponente radica en que llena con símbolos del pasado el panorama que se extiende ante usted. A usted no le queda espacio para crearse su propio nombre. Para manejar esa situación deberá buscar los vacíos, esas áreas de la cultura que han quedado vacantes y en las que usted puede ser la primera y principal figura en deslumbrar.

Cuando Pendes de Atenas estaba a punto de lanzar su carrera como estadista, buscó algo que faltara en la política ateniense. La mayoría de los grandes políticos de su tiempo se habían aliado con la aristocracia; el propio Pendes tenía tendencias aristocráticas. Sin embargo, decidió unirse a los elementos democráticos de la ciudad. Su elección no tenía nada que ver con sus convicciones personales, pero le permitió iniciar una brillante carrera. A partir de la necesidad surgió un hombre para el pueblo. En lugar de competir en una arena llena de grandes líderes, tanto del pasado como del presente, se labraría un nombre en un sector donde ninguna sombra pudiese oscurecer su presencia.

Cuando el pintor Diego de Velázquez comenzó su carrera, sabía que no podría competir en refinamiento y técnica con los grandes pintores del Renacimiento que lo habían precedido. En lugar de intentar imitarlos, eligió un estilo que, de acuerdo con los estándares de su época, parecía rudo y tosco, algo como nunca antes se había visto. Y en su estilo Velázquez se destacó. Había miembros de la corte española que querían demostrar su propia ruptura con el pasado, y lo novedoso del estilo de Velázquez los fascinó. A la mayoría de la gente le asusta una ruptura tan brusca con la tradición, pero en secreto admiran a quienes logran romper con las viejas formas y conferir nuevo vigor a la cultura. Es por eso que se gana tanto poder a partir del ingreso en un espacio vacío.

Hay una especie de estupidez testaruda que se repite a lo largo de la historia y constituye un fuerte impedimento para alcanzar el poder: la supersticiosa convicción de que si la persona que lo precedió triunfó haciendo A, B y C, usted puede recrear su éxito haciendo exactamente lo mismo. Este enfoque de «calcado» podrá seducir a quienes carecen de creatividad, ya que es fácil y atrae a los tímidos y a los perezosos. Pero las circunstancias nunca se repiten de la misma manera.

Cuando el general Douglas MacArthur asumió el mando de las fuerzas estadounidenses en las Filipinas durante la Segunda Guerra Mundial, un asistente le hizo llegar un libro con datos registrados por comandantes anteriores, referentes a métodos que les habían dado resultado.

MacArthur preguntó al asistente cuántas copias había de aquel libro. Seis, le contestó el asistente.

«Bien —dijo el general—, tome esas seis copias y quémelas… todas.

No voy a atarme a los antecedentes. Cada vez que aparezca un problema, tomaré la decisión en ese momento, y de inmediato.»

Adopte esta implacable estrategia para con el pasado: queme todos los libros y enséñese a reaccionar frente a las circunstancias a medida que se produzcan.

Usted podrá creer que se ha diferenciado de su predecesor o de su figura paterna, pero a medida que pase el tiempo deberá permanecer siempre atento, no sea que se convierta en el padre contra el cual se rebeló años atrás. De joven, Mao Tsetung detestaba a su padre, y en su lucha él encontró su propia identidad y una nueva serie de valores. Pero a medida que iba envejeciendo, la forma de ser de su padre comenzó a infiltrarse en su comportamiento. El padre de Mao valoraba el trabajo manual por encima del intelecto; de joven, Mao se había mofado de esa posición, pero en su madurez, regresó inconscientemente a los puntos de vista paternos y se hizo eco de esas ideas anticuadas; así obligó a toda una generación de intelectuales chinos a realizar trabajos manuales, un error tremendo que le costó muy caro a su régimen. Recuerde: Usted es su propio padre. No se permita dedicar años a crear su propia identidad, sólo para después bajar la guardia y dejar que los fantasmas del pasado —llámense padre, hábito o historia— vuelvan a resurgir.

Por último, como observamos en relación con la historia de Luis XV, la plenitud y la prosperidad tienden a volvernos perezosos e inactivos: cuando nuestro poder está asegurado, no sentimos la necesidad de actuar. Esto constituye un serio peligro, sobre todo para quienes logran éxito y poder a una edad relativamente temprana. El dramaturgo Tennessee Williams, por ejemplo, fue lanzado de golpe de la oscuridad a la fama por el éxito de El zoo de cristal «La vida que yo llevaba antes de ese éxito popular —escribiría más tarde— requería constancia y resistencia; sobrevivía arañando con pies y manos, pero era una buena vida, porque es el tipo de existencia para el cual ha sido creado el
organismo humano. Yo no me había dado cuenta de cuánta energía vital requería esa lucha, hasta que la lucha cesó. Por fin había alcanzado la seguridad. Me senté, miré a mi alrededor, y de pronto me sentí muy deprimido.» Williams sufrió un colapso nervioso que quizá necesitaba: empujado hasta el borde del abismo psicológico, pudo empezar a escribir de nuevo con su antigua vitalidad y produjo Un tranvía llamado deseo. De la misma manera Fedor Dostoievski, cada vez que escribía una novela exitosa, sentía que la seguridad económica que con ella ganaba hacía innecesario el acto de creación. Llevaba todos sus ahorros al casino, y no se marchaba sin haberse jugado hasta el último centavo. Una vez reducido a la pobreza, podía volver a escribir.

No es necesario llegar a tales extremos, pero usted debe estar preparado para asegurar psicológicamente al punto de partida, en lugar de volverse gordo y perezoso con la prosperidad. Pablo Picasso supo manejar el éxito, pero sólo gracias a que cambiaba en forma constante de estilo, a veces rompiendo por completo con lo que antes lo había llevado al éxito. ¿Cuántas veces sucede que los primeros triunfos nos convierten en una especie de caricatura de nosotros mismos? Los poderosos reconocen esas trampas. Como Alejandro Magno, luchan sin cesar por recrearse una y otra vez. Al padre no se le debe permitir volver. Debe ser derrotado a cada paso.

Una advertencia ⚠️

La sombra de un gran predecesor podría utilizarse de manera ventajosa si se lo hace por elección, como una táctica que puede destacarse una vez que nos haya conducido al poder. Napoleón iii utilizó el nombre y la leyenda de su ilustre tío abuelo Napoleón Bonaparte para llegar a ser primero presidente y después emperador de Francia. Sin embargo, una vez que ocupó el trono no se mantuvo atado al pasado; pronto demostró cuán diferente sería su reinado y puso mucho cuidado en evitar que el público le exigiera alcanzar la misma grandeza que Bonaparte.

A menudo, el pasado, tiene elementos de los que vale la pena adueñarse, cualidades que sería tonto rechazar sólo por la necesidad de ser diferente. Hasta Alejandro Magno reconoció la habilidad de su padre para organizar un ejército, la influencia que había ejercido en él. Insistir demasiado en hacer las cosas de modo diferente que su predecesor lo hará parecer infantil y asustado, salvo que sus acciones tengan una lógica propia.

José 14 hijo de la emperatriz María Teresa de Austria, desplegaba ostentosos esfuerzos por hacer todo lo contrario que su madre: se vestía como un ciudadano común, se alojaba en posadas, en lugar de en palacios, y se mostraba como el «emperador del pueblo». María Teresa, por el contrario, siempre había sido muy regia y aristocrática. El problema radicaba en que también había sido muy querida, una emperatriz que gobernó con sabiduría después de años de duro aprendizaje. Si usted posee el tipo de inteligencia e instinto que le indicarán la dirección
correcta, desempeñar el papel de rebelde no es peligroso. Pero si usted es mediocre, como lo era José II en comparación con su madre, será mejor aprender de la sabiduría y la experiencia de su predecesor, basadas en algo concreto y real.

Por último, a menudo es sabio no perder de vista a los jóvenes, sus futuros rivales en el poder. Así como usted trata de librarse de su padre, ellos pronto le harán el mismo juego a usted, denigrando cuanto haya logrado. Así como usted asciende rebelándose contra el pasado, no deje de observar a quienes surgen desde abajo, y no les dé la oportunidad de hacer lo mismo con usted.

El gran artista y arquitecto barroco Pietro Bernini era muy hábil para detectar potenciales rivales jóvenes y mantenerlos a su sombra. Cierto día, un joven picapedrero, Francesco Borromini, le mostró unos bocetos arquitectónicos. Bernini reconoció de inmediato su talento y lo contrató como asistente. Esto encantó al joven, que recién se iniciaba, pero en realidad era sólo una táctica para tenerlo cerca, manipularlo psicológicamente y crearle un complejo de inferioridad. Y, en efecto, a pesar del brillante talento de Borromini, Bernini goza de mayor fama.

La estrategia empleada con Borromini fue una práctica que Bernini aplicó toda su vida. Cuando temía que el gran escultor Alessandro Algardi, por ejemplo, eclipsara su fama, se las ingenió para que Algardi sólo pudiese conseguir trabajo como asistente suyo. Y cualquier
asistente que se rebelara contra Bernini y tratara de imponerse por sí mismo, podía despedirse de su carrera, pues Bernini la arruinaba de manera irremediable.

Deja un comentario