Él se acercó hacia a mí de a poco, conforme se aproximaba mi ritmo cardíaco iba incrementando. Se detuvo a tan pocos centímetros de distancia y clavó su mirada en la mía. Estaba segura que podría leer lo que mis ojos le imploraban con urgencia.
Tomó con rudeza mi cintura para luego empujar mi cuerpo contra la pared y sujetar mi cuello con fuerza. Me miró y su sonrisa enfermiza en lugar de asustarme, extrañamente me estremecía. Sus labios sobre mi boca crearon la poesía más oscura, hermosa y salvaje que ningún ser humano cuerdo podría escribir.
Quizá era la razón principal que me convertía en un alma obediente, dispuesta a seguir sus pasos, en medio del incendio de nuestros deseos mientras se carbonizaba en pequeños fragmentos mi corazón.
Me iba tropezando en el vals que creaban sus besos, mientras su mano seguía sobre mi garganta cortándome la respiración. Aquel instante era tan frenético y un acto espiritual, el sentir que finalmente le pertenecía a alguien y el ser yo era suficiente.
Él era todo lo que deseé en un momento de locura y soledad, que tras una espera eterna se plantó frente a mí y me postré ante sus pies, suplicando para siempre el regalo de su compañía y la comida sagrada recibida de sus manos, era el único medio real de ser alimentada.
Él y sólo él tenía el poder masivo de iluminar hasta el rincón más oscuro y abandonado en mi interior y hacerlo lucir precioso. Dominaba lo que yo nunca pude y por vez primera en toda mi existencia extendí mis alas y fui libre… Libre y plena.











































