¿Alguien ha visto a Gabriel Zaid? Es prácticamente imposible hacerlo.
Este nombre sin rostro aparece como firma de libros de buena poesía y muchos ensayos acerca de temas económicos y sociales que se difunden en periódicos de gran circulación nacional.
Es considerado uno de los cien mejores poetas mexicanos contemporáneos.
Reconocidos autores citan sus ideas, o sus poemas, en libros y escritos periodísticos.
Miembro del Colegio Nacional y de la Academia Mexicana de la Lengua, perteneció al grupo de intelectuales del círculo cercano al premio Nobel Octavio Paz. Fue miembro del consejo editorial de la revista Vuelta (fundada por el mismo Paz) y ganó el premio literario Xavier Villaurrutia, uno de los más importantes de México.
Se sabe que nació en Monterrey en 1934, que se llama Gabriel Zaid Giacomán y que terminó la carrera de ingeniero mecánico administrador en el ITESM. También es conocido que tiene un negocio propio.
Sin embargo, no se encuentran sus fotos. Tampoco es posible localizar entrevistas que él haya concedido. Zaid es un espíritu invisible que se manifiesta en letras: las cámaras son para él como la luz del sol para los vampiros.
Existe la teoría de que la poesía y las ideas, en algún momento de las últimas décadas, se amotinaron, hicieron prisionero a Gabriel y desde entonces lo mantienen oculto para que no pida auxilio. O tal vez, más simple, él renunció a su ser público para dejar el camino franco a sus pensamientos.
Publicó su primer poemario en 1958, cuando era prácticamente un recién graduado. Lo mejor de su obra está recopilado en su libro «Reloj de sol».
Un investigador de las letras nacionales, Álvaro Marín Marín, catedrático de la Universidad Pedagógica Nacional de México, ha lanzado la teoría de que nuestro autor y pensador realmente nació en Austria, acunado por una familia judía que llegó a Monterrey huyendo de los nazis. En un tiempo y un medio en los que era mal visto ser de dicha religión, el joven inmigrante tuvo que esforzarse por dominar el idioma, las costumbres y hasta la religión del país donde había encontrado refugio.
Ahora es una autoridad en nuestro idioma y sus relaciones con la iglesia católica son muy cercanas. Además, su actividad empresarial e intelectual continuas, brillantes e infatigables no solo le dan el derecho, en caso de ser cierta esta teoría, de llamarse mexicano: se lo pedimos que lo haga.
Cuando se realice su biografía, y la misma retrate tanto sus obras como sus extravagancias, seguramente dará lugar a un buen libro. Es otro bestseller en potencia.













































