El estadio y las avenidas son los espacios donde la grosería ha ganado su sitio en la costumbre. La mentada vial es tan nuestra como la misa dominical y los tacos mañaneros. Sin embargo, el día en el que un taxista decidió amplificar su dedo medio en una de las pantallas publicitarias instaladas en el techo de su unidad, todos los diablos aparecieron.
La adrenalina cafeinómana, el estrés monetarizado y el enojo que la cortesía encerraba se expresaron a 100, 120, 150 km/h en rutas urbanas. El polish, la cera y el acabado impecable fueron desplazados por el orgullo bárbaro de obtener raspones y abolladuras como trofeos de batalla en la guerra sin cuartel contra los pendejos (cualquier otro al volante).
Los vehículos, finalmente reconocimos, son masas móviles de estupidez estorbosa que es necesario destruir. Garrotear un techo, cofre o cristal durante un embotellamiento es la nueva terapia antiestrés. El actual objeto de presunción ya no es la marca, sino la sierra eléctrica que surge de abajo del chasis y rebana las llantas ajenas; el taladro (lateral o frontal) que desgarra carrocerías; las granadas de pintura, en el caso de los más pacíficos.
Linchar a quien se le descompuso el auto y provocó un embotellamiento es un acto de justicia necesaria, aparte limpia, porque se culmina con la incineración del conductor y su molesto vehículo hasta reducirlos a ceniza y recuperar esos valiosísimos metros para la circulación desesperada.
Guerreros de leyenda: Genaro “Pitoloco” Ramírez instaló amplificadores a su claxon para ensordecer a los imbéciles que no arrancan a su debido tiempo. Ramiro “Mad” Treviño probó sus bolsas de aire lanzándose contra un grupo de mamás estacionadas en doble y triple fila afuera de un colegio. Para su politraumatizada satisfacción, las bolsas funcionaron y muchas de las nefastas señoras jamás volverán a conducir.
Las calles deben ser limpiadas de esa imbecilidad consistente en no dirigirse a donde mismo que yo, ni tampoco a igual velocidad. La guerra inició hace mucho. El anhelado trofeo para quien resulte vencedor serán unas paradisiacas avenidas vacías, sin límite de velocidad ni estorbos humanos por las cuales podrá circular riendo a carcajadas sin que haya quien diagnostique su locura. Cuando esto suceda, seguramente se presentará otro problema que ya será atendido en su momento: ¿a quién mentarle la madre?
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Esta fantasía vial la escribí hace unos años. Lamentablemente, la cotidianeidad de algunas ciudades mexicanas cada día se acerca más a hacerla realidad.














































