Cocina mágica

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Ahí estaba, en el fondo del tazón, la gelatinosa pata de gallina vieja en su trama de cilantro y cebolla. No me agradó y la hice a un lado al momento de comenzar a saborear el consomé que da vigor y fuerza mental; lo disfruté con lentitud, sorbo a sorbo, ante la mirada atenta de mi madre, la hacedora del guisado gallináceo.

En una familia de pobres donde faltaba de todo, mi madre afinaba sus sentidos y recurría a una ingeniosa escenografía de sonidos y movimientos para hacerles creer a sus pequeños hijos, en la suculencia de sus comidas, a partir de los frijoles hervidos en agua. Ejercía dotes de ilusionista en la rústica cocina improvisada en patio abierto, ante los cinco escuálidos infantes procreados con un oficial zapatero que ganaba muy poco y no podía por si solo cubrir los gastos que origina la manutención del humilde hogar.

Un día, con inocultable alegría, anunció: “Hoy desayunaremos frijoles refritos a la plancha y leche de almendra” y me quedé perplejo.

Chaparrita, morena, cara redonda –triste por dentro y optimista por fuera- con el pelo suelto a veces y otras terminado en chongo, Mamá hacía mofa de la pobreza que siempre castigó nuestro hogar y suplía con creatividad la falta de dinero que no le permitía comprar leche, pan, manteca, tortillas y mucho menos carne de pollo o de res para alimentar a sus críos, ni siquiera las patas de gallina que venden por montones en los mercados.

En una ocasión, puso en juego su fabuloso ingenio para distraernos mientras preparaba el platillo del día. “!Miren, un avión!” gritó de pronto y cuando todos volteábamos al cielo nuboso atrapados por el engaño, ella colocaba rápidamente los frijoles pre cocidos en la cacerola puesta sobre las brasas e imitaba el chisporroteo de la manteca hirviente como si se estuvieran friendo.

Con la curiosidad propia de la infancia, descubrí que en la cacerola no había manteca y por lo tanto los frijoles los cocinaba en seco  -“a la plancha” como lo prometió –y a veces se le quemaban. Mi señora madre vocalizaba repetidamente el “chirri chirri” del simulado unto grasoso y gozaba mirándonos la cara a ver qué reacción asomaba a nuestros rostros, si había un “fuchi” o un “hummm, qué sabroso madre, dame más”. No había ningún rechazo al guiso y nosotros, sus famélicos hijos, disfrutábamos de los falsos frijoles “refritos”, tiesos unos y otros con cavernas por donde se deslizaban los gorgojos.

La carencia de tortillas la cubría mi madre con trozos de cartón corrugado cortados en círculos del mismo tamaño que aquellas. Buscaba en los tiraderos del mercado Alianza residuos de cartón canela con incrustaciones parecidas a maíz fragmentando o molido, como a veces salen de los molinos las tortillas mal procesadas. Era, mi madre, meticulosa en ese sentido, pues su propósito era darles un toque de veracidad a las tortillas de cartón.

A cada uno de sus hijos nos daba tacos de tortillas de cartón rellenas de frijoles saltarines –los gorgojos también habían librado el fuego directo- y parecía que estábamos comiendo los tacos de tripitas que venden en la esquina de Matamoros y Acuña, en Torreón, por cierto aromatizados con los olores de la alcantarilla del drenaje público situada a un metro del horno donde fríen los intestinos, panzas y cachetes de los bovinos. Esta situación la supe en la edad adulta y añoré aquella magia que nos envolvía en sabores y olores, seguro de que mi madre tendría la fórmula para eliminar el tufo la alcantarilla y darle más sabor a los tacos. No masticábamos los tacos de cartón, pues mi madre nos arrancaba la tortilla de la boca jalándola de un hilo tan pronto el exiguo alimento se abría camino hacia los estragados estómagos.

Al terminar el desayuno de frijoles chamuscados, tortillas de cartón y agua con canela, y antes de salir a la calle a jugar, mi madre nos pintaba con gis blanco en las comisuras de los labios, para que los vecinos chismosos se dieran cuenta de que una imaginaria leche fresca todavía nos escurría por la boca o caía a gotas sobre las barrigas infladas por el hambre. “Pa que sepan los metiches de al lado y los de enfrente, que sí se puede”, presumía.

Lo mejor de esta cocina mágica surgía los domingos: “Hoy comeremos caldo de gallina”, pregonaba a los cuatro vientos desde la una de la tarde y con ligereza de movimientos, prendía el anafre, lavaba la despostillada cacerola de latón obtenida en el mismo basurero y la llenaba con agua, incorporando residuos de tomate, cebolla, papa y cilantro pepenados en el mismo sitio. “Háganse pa atrás, no se vayan a quemar”, nos prevenía al acercarnos a la olla hirviente burbujeante impulsados por el hambre que nadie aguanta, y si la aguanta, es un tonto.

Tarareando “Rayando el sol” salía del rincón del único cuarto comunicado a la cocina a cielo abierto, sosteniendo en todo lo alto una gallina desplumada, amarillenta, flaca y con la cabeza gacha. “Prepárense hijos, hoy hay banquete”, exclamaba optimista. Al entrar en ebullición el agua, sumergía la gallina vieja en el recipiente sin soltarla de las patas, entre chirridos –esos si verdaderos- y salpicaduras del caldeado líquido que nos caían en brazos y caras.

Una, dos, tres veces metía y sacaba la gallina ya sin plumas del agua hirviente, hasta que por fin la retiraba ante la algarabía de sus chiquitines y la suya propia, pues se divertía grandemente con estos simulacros. A esas alturas el hambre nos estaba llevando al vértigo paróxico y sólo esperábamos –plato de cartón en mano (para no variar) la orden de Mamá para entrarle al alimento sagrado.

Nunca la pregunté por qué la gallina no había sido cortada en trozos como corresponde a todo caldo serio y formal como el que disfrutan los pacientes de la clínica 51 del Instituto Mexicano del Seguro Social. La idea de Mamá era demostrarnos que había preparado un nutritivo consomé de gallina, con verduras y legumbres incluidas y no trozaba la gallina porque le interesaba que ésta durara largo tiempo y no desapareciera en las panzas de sus niños. Más tarde colgaba de un clavo en el interior de aquel cuarto, el flácido cuerpo aviar todavía envuelto en los vapores del cocimiento. Me fijé también que mi madre no probaba el caldo, y atribuí su aparente abstinencia a su deseo de que primero comieran sus pequeños, pues ella lo haría más tarde, como siempre lo hacía. “Ustedes me inspiran y tengo que cuidarlos”, era el pretexto.

Pero una tarde descubrí la verdad, la lacerante verdad que obligaba a mi madre a recurrir a tales artilugios culinarios: entré al cuarto y tiré de la gallina y con gran asombro descubrí consternado, que el supuesto animal aviar era de hule, de utilería, con llagas por todas partes, ojos en cruz, la cresta y el pico desechos y las patas sin dedos.

Con razón, me dije, el consomé tenía un libero sabor a llanta, pero era tanto el poder de convicción de mamá que se diluía esa sensación con los p rimeros sorbos. No había queja y hasta me pareció reconocer flotantes medallones de grasa animal entremezclados con cilantro y trozos de tomate y cebolla que encubrían, ahora lo supe, un dedo de hule seguramente desprendido en el metisaca del escaldeo. “Hago esto para darle más sabor al caldo”, nos explicaba con su inagotable ingenio.

Sin embargo, yo ya lo intuía y a pesar de la contingencia culinaria, comencé a sopear el caldo, pero antes, aparté la pata de hule y me concentré en el consomé hecho con toda la mano y la mente en juego, por mi señora madre, la gran inventora de la cocina mágica que me deleitó desde pequeño, hule y cartón incluidos.  

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