Aprendamos a soltar y a disfrutar la vida

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La vida es un constante aprendizaje. A lo largo de nuestro camino atravesamos momentos buenos y malos; conocemos la alegría, pero también el dolor, las despedidas, los fracasos, los tropiezos, los sueños truncados, las falsas ilusiones y aquellas metas que, por alguna razón, parecían inalcanzables. Sin embargo, lo verdaderamente importante no es cuántas veces caemos, sino la manera en que decidimos levantarnos.

Cada experiencia deja una enseñanza. Todo aquello que ayer vivimos, incluso lo que nos hizo sufrir, forma parte de nuestra historia y nos ayuda a convertirnos en quienes somos hoy. Por eso, aprendamos a mirar hacia atrás únicamente para reconocer cuánto hemos crecido, pero no para quedarnos atrapados en aquello que ya no podemos cambiar.

Dejemos de vivir en el pasado. Dejemos de esperar aquello que quizá jamás sucederá; de darlo todo sin recibir nada a cambio; de perseguir aquello que no quiere ser alcanzado y de aferrarnos a personas o situaciones que ya decidieron marcharse.

La verdad es que muchas veces somos nosotros mismos quienes complicamos nuestra existencia. Queremos aquello que tanto soñamos, amamos a quien no nos corresponde, nos hacemos ilusiones sin fundamento y pretendemos cambiar aquello que está fuera de nuestro alcance. Nos cuesta aceptar que no todo depende de nosotros, que el amor no se puede forzar y que, cuando alguien decide no estar, debemos respetar su decisión y continuar nuestro camino.

La vida puede ser mucho más sencilla de lo que nosotros mismos la hacemos. Dejemos de convertir pequeños problemas en grandes tormentas. Sigamos caminando con esa felicidad y esa sonrisa que deberían acompañarnos siempre. Los malos momentos pasan, los recuerdos permanecen y los sentimientos, aunque en ocasiones parezcan eternos, también cambian con el tiempo.

A veces vamos detrás de un amor tratando de ofrecer lo mejor de nosotros. Enviamos mensajes, tenemos detalles, buscamos acercarnos y hacemos todo lo posible para que esa persona se dé cuenta de cuánto nos importa. Pero el amor no debería convertirse en una persecución. Si tenemos que obligar a alguien a quedarse, entonces quizá no sea el lugar donde debemos permanecer.

Si hay que dar constantemente sin recibir; si tenemos que recordar una y otra vez que existimos; si debemos rogar por atención, cariño o compañía, entonces debemos preguntarnos si realmente estamos recibiendo el amor que merecemos.

Claro que el amor requiere esfuerzo. Una relación necesita compromiso, paciencia, comprensión y voluntad para mantener la unión, la paz y el cariño. Pero esa lucha debe ser de dos. No tiene sentido que una sola persona sostenga una relación mientras la otra permanece indiferente. El amor verdadero no debe hacernos sentir invisibles.

Entonces, ¿para qué complicar nuestros días? Vivamos un día a la vez, aceptando cada circunstancia, cada miedo, cada fracaso y cada tropiezo. Aprendamos de nuestros errores sin convertirlos en cadenas que nos impidan avanzar.

Nosotros somos los pinceles de nuestros propios días. Pintemos nuestro mundo con nuevos colores. No permitamos que alguien que no nos valora determine el rumbo de nuestra vida. ¿Para qué sufrir por quien no tiene interés en nosotros? ¿Por qué llorar eternamente por alguien que decidió olvidarnos?

Dejemos de darle tantas vueltas a las cosas, de formular preguntas para las que quizá nunca tendremos respuesta y de llenar nuestra mente de pensamientos que solamente nos generan angustia. Dejemos de asumir el papel de víctimas y volvamos a levantarnos con la frente en alto.

Existen amores que se quedan como espinas en el corazón. Hay despedidas que duelen y personas que, aunque quisiéramos que permanecieran para siempre, decidieron tomar otro camino. Pero si después de todo lo que ofrecimos alguien decidió marcharse, quizá debamos aceptar que esa historia cumplió su propósito.

No necesitamos juzgar, idealizar ni fantasear eternamente con momentos que ya no volverán. Si alguien no supo valorar lo que somos, lo que dimos y todo aquello que estuvimos dispuestos a ofrecer, quizá simplemente no era la persona indicada para compartir nuestro camino.

No cerremos los ojos, ni nuestros pensamientos, ni mucho menos nuestro corazón. Somos seres únicos, valiosos y maravillosos. Algún día llegará alguien capaz de mirar lo mejor de nosotros y de ofrecernos, de manera sincera, aquello que también estamos dispuestos a entregar.

No desesperemos. La vida tiene sus propios tiempos y no todo ocurre cuando nosotros queremos. Hay cosas que llegan cuando estamos preparados para recibirlas. Mientras tanto, aprendamos a disfrutar nuestra propia compañía.

La soledad también puede ser maravillosa. Nos permite conocernos, escucharnos, descubrir nuevos intereses y disfrutar de nuestra libertad. Tenemos tiempo para comenzar de nuevo, para hacer aquello que hemos postergado, para viajar, aprender, reír, caminar, conocer personas y, sobre todo, para volver a encontrarnos con nosotros mismos.

Vamos a sonreírle nuevamente a la vida. Cerremos ciclos, aunque algunas despedidas hayan quedado pendientes. Quizá en algún momento nos fue imposible decir adiós a alguien que amamos y que, de pronto, se marchó. Pero podemos cerrar los ojos, respirar profundamente y agradecer por todo aquello que alguna vez vivimos.

Con el paso de los días, la lluvia de pensamientos puede continuar invadiendo nuestra mente y nuestro corazón puede llenarse de angustia e incertidumbre buscando respuestas sobre aquello que no funcionó. Sin embargo, seguir atormentándonos no cambiará lo ocurrido.

Hay situaciones que simplemente terminan. No todo necesita una explicación. No siempre tendremos las respuestas que buscamos y, en ocasiones, la verdadera paz llega cuando dejamos de buscarlas.

Todo pasa por algo, o al menos todo puede dejarnos una enseñanza. Cada experiencia nos transforma; cada sentimiento nos deja una huella y cada despedida nos enseña algo sobre nosotros mismos. Dejemos de vivir pensando en lo que ya fue. No intentemos regresar a lugares, personas o momentos que ya cumplieron su ciclo.

La vida continúa y nosotros también debemos hacerlo.

Así que, amigos, ¡a vivir, que la vida es bella, aun con cada sinsabor! Dibujemos nuestros días de colores, porque el pincel somos nosotros mismos. No permitamos que las decepciones, los malos recuerdos o las personas que se fueron borren la alegría que todavía podemos pintar en nuestro rostro.

Hoy tenemos una nueva oportunidad. Una oportunidad para empezar de nuevo, para perdonar, para soltar, para agradecer y para elegir nuestra propia felicidad.

¡ÁNIMO! Vivamos cada día con alegría. Disfrutemos el privilegio de estar vivos, de tener personas a nuestro alrededor, de respirar, de soñar y de seguir teniendo la oportunidad de escribir nuevas historias.

Y recordemos siempre: aquello que damos con amor nunca se pierde. Quizá no regrese de la misma persona ni de la misma manera, pero la vida tiene formas sorprendentes de devolvernos, en el momento indicado, todo aquello que alguna vez entregamos desde el corazón.

Los invito a leerme en el Diario Digital e Impreso EXTRA de La Laguna y en mi página de Facebook: Estrellas en el Cielo (Escritor).

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