“Quien pasó por nuestra vida y dejó luz…Resplandecerá en nuestra alma por toda la eternidad”…
Ayer consultando mi FB vi que mis sobrinos mayores mencionaban con infinita tristeza el décimo aniversario del fallecimiento de mi cuñada, su mamá.
No pude evitar entristecerme también y pensar en mi propia madre quien partió hacia su morada eterna hace varios años también, enfrentándome a mi primer gran ausencia y mi primer gran dolor.
Luego lo hizo mi padre, después mi hermano y mi última dolorosa pérdida de uno de mis sobrinos y en cada partida he sentido que se muere también un pedacito de mi corazón.
Y lo vuelvo a sentir cada vez que pienso en ellos y no puedo dejar de pensar en ¡QUÉ DIFÍCIL ES A VECES ACEPTAR LA VOLUNTAD DE DIOS!
Aún con mucha fe, oración y esperanza en el reencuentro no terminamos de aceptar esas ausencias y aunque con el tiempo y vida transcurrida aprendemos que el final del camino es inevitable, nuestra capacidad espiritual no nos da suficiente para incluso alegrarnos de este reencuentro con Dios y anteponemos nuestra propia necesidad de la presencia de nuestros seres queridos a su bienestar físico y espiritual.
Nadie sabe cuando emprenderá el viaje final, pero sí sabemos con certeza que éste tarde o temprano llegará, hay cosas que no se pueden cambiar.
Y conforme nos vamos haciendo mayores, estamos mas conscientes de que el tiempo se acorta y que la llegada de la señora muerte no debe asustarnos. Pero, oramos y oramos con vehemencia cada noche pidiendo al Creador que nos cuide, nos de su bendición y no nos desampare ni a nosotros ni a nuestros seres queridos.
Mientras tanto, aprendamos en el camino a asumir lo que no podemos cambiar, a aceptar que la edad avanza y llega con arrugas, canas y torpeza en el mejor de los casos, agradezcamos por ello.
En otros, llega con enfermedades, discapacidades, olvidos, etc.
Y aunque es inevitable pensar en aquellos que ya se fueron tratemos de hacerlo en la seguridad de que mas tarde o mas temprano estaremos nuevamente gozándolos y qué mejor que en la presencia de Dios.
Pidamos desde muy dentro de nuestro corazón y con el alma de rodillas que aceptemos con devoción lo que Dios no quiere modificar y pensemos en que ellos siguen con nosotros mientras les recordemos y honremos su memoria.













































