Tras la culminación de mi cuerpo en cada encuentro de amor contigo, esas lágrimas en mis ojos significan la angustia incesante de amarte. Se repite el desafortunado desenlace donde un vacío desmedido se presenta cada día y me arrebata la ilusión de un final diferente.
De pronto desaparece el respeto hacia todo lo que he creado, soy una molécula minúscula sobre la cama, y no puedo evitar preguntarme durante cuánto tiempo seguiré postrada en el altar de esta nefasta fantasía.
Es como si una bala atravesara mi pecho, y duele de una manera que durante meses he intentado describir, pero no puedo. Puedo escuchar las críticas susurrantes tras caminar vagamente sobre el mismo camino que ya me sé de memoria, pero lo que nadie sabe es que, al intentar correr hacia otro lado, mi sistema se paraliza por completo.
Vuelvo entonces a mi más grande fracaso. Tras la consumación del acto carnal que aún llego a considerar amor, entre lágrimas me hago la misma pregunta: ¿Alguna vez te has odiado tanto por sentir algo? Y sí, me odio vil y cuantiosamente por seguir necesitándote.












































