La actividad humana es una “nueva fuerza telúrica que en poder y universalidad puede compararse con la mayor de las fuerzas de la Tierra”, escribió en 1873 el geólogo y paleontólogo italiano Antonio Stoppani previendo los daños que ahora resultan visibles.
Es a partir de la segunda mitad del siglo XX cuando se intensifican y aceleran los impactos, con tal alcance que actualmente no existe una sola región que esté libre del daño ocasionado por la acción humana. Así sea en el cielo o en la tierra, en los mares o en los ríos, hay vestigios antropogénicos que modifican drásticamente las condiciones del planeta: se reducen con celeridad las poblaciones silvestres de animales, lo mismo pasa con vegetaciones nativas; en los mares hay presencia abundante de plásticos e hidrocarburos y exceso de nitrógeno; las aguas subterráneas están contaminadas con metales pesados, agroquímicos y restos fecales; en la atmósfera se acumulan gases tóxicos que debilitan la capa de ozono, alentando el calentamiento global que derrite los hielos de los polos; el nivel del mar aumenta e inunda zonas costeras. Los límites continentales cambian y ocurre algo similar al interior de tierra firme con la excavación de profundas minas a cielo abierto y con los bancos de materiales pétreos que consumen montañas completas; la desecación de lagos y ríos transforma la fisonomía terrestre desnudando amplias zonas. Y la temperatura promedio de la Tierra va en aumento.
La fuerza del humano es como un colosal choque de placas tectónicas que está cambiando el horizonte terrestre.
Para aceptar que se trata de un tiempo geológico diferente tiene que encontrarse evidencia científica en el globo terrestre que compruebe la variación climática, geográfica y biótica respecto a la era inmediata anterior. Las pruebas se acumulan en el suelo y la atmósfera a partir de la primera detonación atómica realizada por el humano el 16 de julio de 1945, en el desierto de Nuevo México, en Estados Unidos. Después de quinientas explosiones atómicas durante más de una década, la radioactividad cubrió primero el globo terráqueo y después se depositó en la superficie; 76 años más tarde, es decir, en este año 2021, los isótopos radioactivos se alojan en el subsuelo, en los mares y en los seres vivos.
El otro gran residuo humano es el plástico. Con la apertura de las compuertas de la presa Francisco Zarco en Lerdo, Durango, para comenzar el ciclo agrícola 2021 en la Comarca Lagunera, se evidenció el desdén de la población por reducir el consumo de envases plásticos. Una sólida cortina de basura compuesta en su mayoría por derivados del petróleo, fue empujada por el agua.
A finales del 2018 el Congreso de Coahuila emitió el decreto que prohíbe “a todo establecimiento comercial dentro del territorio del Estado de Coahuila, proporcionar a los consumidores cualquier tipo de bolsa de plástico desechable para acarreo, carga, envoltura o empaque de productos, ya sea de manera gratuita a la venta para este fin”. La aplicación de la medida se fue aplazando primero porque el comercio no estaba preparado, segundo por la pandemia. Coca Cola, Nestlé y Pepsi son las compañías que encabezan a las más contaminantes en el mundo, entre las tres generan más de ocho millones de toneladas de plástico al año. Dos mil veinte fue el segundo año consecutivo en lograr esta indeseable marca.
El informe anual de la iniciativa Break Free From Plastic, que pretende la limpieza de residuos en 50 países de los seis continentes, arrojó este resultado: “Del casi medio millón de retazos de plástico recogidos entre el periodo final de 2018 y gran parte del 2019, cerca de 11 mil 750 corresponden a envases de gaseosas comercializados por Coca Cola (…) la compañía produce a razón de 200 mil botellas de plástico por minuto. Esto equivale al desarrollo de hasta tres millones de toneladas de polímeros sintéticos”. Le siguen Nestlé y Pepsi como las empresas más generadoras de envases que terminan en los ríos, como el Nazas.
¿Cuánto durará el Antropoceno? Los dinosaurios fueron uno de los organismos más exitosos con más de 150 millones de años sobre el planeta, su extinción obedeció a causas externas. En el caso de la humanidad, ella misma está cavando su tumba.

















































