«La paloma blanca dentro de la jaula, de repente conoció al gavilán salvaje que dio paso a la libertad desconocida. Abriendo las alas hacia su galantería, más que volar se estrelló contra el suelo, pero aún así… sintió la independencia.»
Esa noche, vestida de rojo los límites se fueron. Él sujetó con firmeza mis caderas para luego atraerme hacia su cuerpo, mientras su respiración acariciaba mi oído sentía como mi corazón se aceleraba y de pronto, entre la multitud de personas, todo desaparecía… el tiempo se congeló y sólo éramos nosotros entre burbujas de vapor sobre la capa frívola del mundo.
La noche en combinación con el volumen extremo de la música, el baile y su voz resaltando entre las notas: esa primera experiencia, el obsequio más grato que yo tenía para ofrecerle.
Mi primera vez cruzando los términos, dejándome guiar por la frecuencia de sus latidos, abandonando mi propia mente al entregar el control, cediendo ante todo de su mano. Aún sigo dudando si tenga la menor idea de lo que eso significa.
Esa noche fue la marca de sus vicios más allá de mi piel, el desenfreno de la pasión humana que me acobarda constantemente. Pero también, el suministro de dosis perfecta que anestesia a mi ansiedad.
«Ésa noche, entre las tinieblas, en medio de la ausencia terrenal: la paloma y el gavilán fueron demonios fundiéndose en el fuego, hasta convertirse en cenizas.»












































