“Hasta que uno no ha amado a un animal, una parte del alma sigue sin despertar”….Anatole France.
Todos tenemos o tuvimos un padre que alguna fue fuerte, grande, poderoso, vital. Sin embargo la vida es implacable y ese gigante que alguna vez fue nuestra propia inmunidad y fortaleza un dia verá menguada su fuerza y se verá minimizado y envejecido con la consecuente irritación por su parte. Un dia de golpe verá que aquello que hacía hasta hace poco ya escapa de su capacidad y es ahí cuando también empiezan a envejecer por dentro. Se vuelven retraídos, enojones, intolerables y poco sociables con su entorno, hasta llegar tristemente a convertirse en un mueble mas. Situación por demás triste para todos.
Cae en mis manos ahora una historia de un padre que en una situación semejante fue acogido en el hogar de su hija luego de una crisis de salud que le llevó al hospital, con la esperanza de que el aire libre y la atmósfera de granja le ayudaran a retomarle gusto a la vida.
Sin embargo nada le parecía satisfactorio, criticaba todo y causaba frustración y enojo a quienes le rodeaban.
Su hija pedía a Dios que calmara la turbada mente de su padre pues ya había provocado problemas entre ella y su esposo. Pero los meses pasaban y Dios guardaba silencio.
En su búsqueda de soluciones leyó un artículo que hablaba sobre un estudio hecho en una clínica geriátrica cuyos ancianos pacientes estaban con tratamiento por depresión crónica. En todos ellos mejoró su actitud excepcionalmente cuando se les dio la responsabilidad de cuidar un perro.
La hija decidió intentar y fue al control canino a buscar un perro para su padre. Obviamente el olor era nada agradable entre las filas de jaulas donde estaban gran cantidad de perritos.
Por diferentes razones los fue rechazando uno a uno (demasiado grande o demasiado chico, mucho pelo, etc.)
En la esquina mas alejada un perro se paró con dificultad. Era un pointer, pero más parecía una caricatura de la raza. Su hocico ya era gris, era puros huesos, pero sus ojos limpios le miraron como implorando.
La persona que la atendía le dijo que era un poco raro, que apareció solo en el portón y al dia siguiente se le sacrificaría como era el reglamento luego de tres días sin aparecer el adoptante o dueño.
Obedeciendo a un impulso se decidió por él.
Cuando llegó a su casa, apareció el padre en el porche: “Mira lo que te traje papá”!!!!, le dijo ella entusiasmada.
Su padre no pudo evitar la cara de disgusto y dijo: “Si yo quisiera un perro, lo hubiera buscado y no hubiera elegido esta bolsa de huesos, no lo quiero”
Con obvia frustración ella sintió como el perro se le soltó e increíblemente caminó cojeando hacia su padre y se sentó frente a él, levantando su pata delantera.
La quijada del hombre tembló mientras le miraba. La confusión reemplazó su ira y de pronto, ya estaba abrazando al animal en lo que fue el principio de una cálida amistad.
Lo llamó Cheyenne y juntos exploraban el barrio, caminaban, paseaban e incluso empezaron a ir juntos a la iglesia. Cheyenne echado silencioso a los pies de su amo. Se volvieron inseparables y el carácter del anciano mejoró tremendamente.
Una mañana el mismo Cheyene anunció al despertar a los demás, la muerte de su amo. Su espíritu se había ido silenciosamente en algún momento de la noche.
Dos días después Cheyenne murió junto a la cama de su amo.
La mañana del funeral del anciano numerosas personas asistieron al templo rindiendo tributo al hombre y al perro que había cambiado su vida.
El pastor citó Hebreos 13:2. “No dejes de dar hospitalidad a forasteros, porque haciéndolo algunos han recibido ángeles sin saberlo”.
Dios contesta nuestras plegarias a su manera…No a la nuestra. En este caso Cheyenne fue su respuesta.















































