Hoy quiero dedicar este espacio a todas esas mujeres que, como yo, han encontrado en las letras una manera de expresar lo que llevan dentro, de desahogar el alma, de abrazar sus recuerdos y de ponerle nombre a tantas emociones que, en ocasiones, cuesta trabajo explicar. Porque escribir no solamente es juntar palabras, escribir también es vivir, sentir, recordar y atreverse a compartir un pedacito de nuestra historia con los demás.
A lo largo de la vida vamos acumulando experiencias, momentos que nos hacen sonreír, otros que nos estrujan el corazón y algunos que preferiríamos guardar en un rincón de la memoria. Y es precisamente ahí, en medio de todo lo que vivimos, donde muchas veces nacen nuestras mejores letras. En una tristeza inesperada, en una decepción, en una despedida, en un amor bonito, en una injusticia o simplemente en una tarde cualquiera, cuando los pensamientos comienzan a dar vueltas y sentimos esa necesidad de escribir lo que el corazón no puede seguir guardando.
Quienes escribimos sabemos que no siempre lo hacemos porque tengamos todas las respuestas. Muchas veces escribimos porque también tenemos dudas, porque nos duele algo, porque necesitamos comprender lo que estamos viviendo o porque queremos dejar constancia de aquello que un día nos hizo sentir intensamente. Hay escritos que nacen entre lágrimas, otros entre sonrisas y algunos más después de haber pasado por situaciones que nos cambiaron la manera de ver la vida.
Y qué bonito es descubrir que, a través de nuestras palabras, podemos llegar a otras personas que quizá están atravesando una situación parecida. De pronto alguien nos lee y nos dice: “¡Eso mismo me pasó a mí!”, “¡Sentí exactamente lo que escribiste!” o “¡Gracias, necesitaba leer estas palabras!”. Es entonces cuando comprendemos que nuestras letras no se quedan solamente en el papel, sino que viajan, acompañan, consuelan y, en ocasiones, se convierten en ese abrazo que alguien necesitaba recibir.
Pero también hay que decirlo: no siempre es fácil atreverse a escribir y mucho menos compartir lo que pensamos. A veces nos detenemos por miedo a las críticas, por temor a que alguien no esté de acuerdo con nuestras ideas o porque creemos que lo que tenemos que decir no es tan importante. Nos comparamos, dudamos de nuestra capacidad y terminamos guardando esos escritos que alguna vez nacieron con tanta ilusión.
¡No, mujeres! No permitamos que el miedo nos robe la oportunidad de expresarnos. No necesitamos escribir como alguien más, ni tener las palabras más elegantes, ni pretender que todo lo que compartimos sea perfecto. Cada una tiene su propia historia, su manera de sentir, su forma de mirar el mundo y una voz que merece ser escuchada. Lo importante es escribir desde la honestidad, desde aquello que conocemos, que hemos vivido o que nos ha dejado alguna enseñanza.
Hoy, en el Día de las Escritoras, pienso en tantas mujeres que han abierto caminos a través de sus libros, sus poemas, sus cuentos y sus reflexiones. Mujeres que se atrevieron a hablar cuando parecía que nadie quería escucharlas, que escribieron sobre el amor, la libertad, las injusticias, los sueños y las dificultades de ser mujer en distintas épocas. Gracias a ellas, muchas otras encontramos inspiración para levantar la pluma y comenzar a contar nuestras propias historias.
Y también pienso en aquellas mujeres que quizá no publican libros, que no aparecen en los periódicos ni reciben reconocimientos, pero que escriben en una libreta, en una hoja suelta o en las notas de su teléfono. Esas mujeres que redactan cartas que nunca envían, que escriben poemas para alguien que ya no está, que anotan sus pensamientos después de un día difícil o que encuentran en las letras una compañía cuando la soledad toca a su puerta. ¡Ellas también tienen algo valioso que contar!.
En lo personal, creo que escribir es una manera de dejar huella, de compartir un poco de lo que somos y de transformar nuestras experiencias en palabras que puedan llegar al corazón de alguien más. Cada reflexión que compartimos lleva algo de nosotras, de lo que hemos aprendido, de nuestros errores, de nuestras alegrías y de esas batallas personales que muchas veces nadie conoce. Porque detrás de cada escrito existe una mujer que siente, que piensa, que vive y que tiene una historia propia.
Por eso, mujeres, no dejemos de escribir. Hagámoslo cuando estemos felices y también cuando sintamos que el mundo se nos viene encima. Escribamos para recordar, para sanar, para cuestionar, para agradecer y para decir aquello que durante tanto tiempo hemos callado. No pensemos que nuestras palabras tienen que cambiar al mundo entero; a veces basta con que logren cambiarle el día a una sola persona.
Que nunca nos dé vergüenza expresar lo que sentimos, defender nuestras ideas o compartir nuestras experiencias. Que nuestras letras sean libres, valientes y sinceras. Y si algún día alguien critica lo que escribimos, recordemos que no todas las personas miramos la vida desde el mismo lugar, y que eso también forma parte de la riqueza de expresarnos.
Hoy celebro a las mujeres que escriben, a las que comienzan, a las que llevan años haciéndolo y a las que todavía están reuniendo el valor para compartir su primera historia. Celebro a quienes encuentran en las palabras una pasión, una profesión, un refugio o una manera de entenderse a sí mismas.
¡Vamos a escribir, mujeres! Que no se nos queden las historias atoradas en el corazón, que no se nos apaguen las ideas por miedo y que nunca pensemos que nuestra voz es insignificante. La vida nos regala experiencias todos los días y cada una puede convertirse en una historia digna de ser contada.
Porque una mujer que escribe no solamente deja palabras en una página; deja sentimientos, pensamientos, recuerdos y pedacitos de su alma que pueden permanecer mucho más allá del tiempo.
¡Feliz Día de las Escritoras! Que nunca nos falten la inspiración, la valentía y las ganas de seguir contando historias. Y que cada letra que escribamos sea una oportunidad para compartir lo que somos y dejar un poquito de luz en el corazón de alguien más.
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