Me escondo detrás de mis letras, porque al tenerte en frente la valentía de pronto se desvanece… me vuelvo frágil y pequeña, mi escudo se evapora y soy la presa más fácil.
Supongo que debí saberlo desde la primera vez que te vi, o aquella otra en la que te aproximaste a darme el primer beso, donde bautizaste con tu nombre a mis sentidos, mis labios se paralizaron y pude sentir cómo una sensación extrema me dejaba encerrada en una hipnosis que parecía permanente. El control ya no era mío.
Confesaré algo absurdo: te esperé toda la vida, pero ahora me resulta aterrador. Pero mientras intento correr, me detienes al instante y la potencia de tus manos sobre mí me duelen hasta las entrañas.
Porque durante años protegí a las células nocivas que caracterizan parte de mi ser, a las ilusiones que se alimentaban de expectativas extremistas y para nada realistas. Lo guardé en un rincón sólo para mí, lo oculté e incluso intenté inútilmente deshacerme de todo. Pero llegó un punto en donde sólo seguí hacia adelante y lo olvidé.
Entonces, apareces en la escena para escarbar más allá de lo que mi mente puede recordar… y duele. Duele entregarte a este extremo. Duele porque asusta.
Pero ya es muy tarde para huir, aunque por primera vez en mi vida ya no quiero seguir corriendo.












































