La violencia en las escuelas exige atención, prevención y reflexión

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Hay días en los que las palabras parecen insuficientes para explicar lo que sentimos. Hoy es uno de ellos.

Cuando la violencia entra a una escuela, no solamente se interrumpe una jornada de clases. Se rompe, aunque sea por un instante, esa idea que todos queremos conservar: que una escuela debe ser un lugar para aprender, convivir, hacer amigos, descubrir sueños y construir un futuro.

Lo ocurrido hoy en una secundaria de Torreón nos obliga a detenernos y mirar más allá de las noticias, de las cifras y de los responsables que tendrán que responder ante la justicia. Detrás de cada persona afectada hay una familia, compañeros, maestros y una comunidad que tendrá que enfrentar las consecuencias emocionales de algo que jamás debió suceder.

Y quizá una de las preguntas más difíciles sea: ¿en qué momento dejamos de escuchar lo que estaba ocurriendo alrededor de nosotros?

No se trata de buscar culpables entre la sociedad ni de señalar a jóvenes, familias, maestros o instituciones sin conocer todos los hechos. Tampoco se trata de intentar explicar una tragedia con diagnósticos improvisados o etiquetas que no nos corresponden. Se trata de reconocer que la violencia no aparece de la nada y que como sociedad tenemos la responsabilidad de aprender a identificar señales de alarma, atender conflictos y pedir ayuda antes de que una situación se convierta en una tragedia.

A veces creemos que escuchar a un adolescente es simplemente preguntarle cómo le fue en la escuela.

Pero escuchar también significa notar cuando deja de hablar, cuando cambia su manera de relacionarse, cuando expresa enojo constante, cuando se aísla, cuando enfrenta problemas que no sabe cómo resolver o cuando alguien cercano nos dice que necesita ayuda.

Y escuchar no significa justificar.

Significa atender.

Significa acompañar.

Significa buscar a las personas capacitadas para intervenir cuando una situación rebasa lo que una familia, un amigo o un maestro puede resolver por sí solo.

También debemos recordar algo fundamental: ninguna diferencia, ningún resentimiento, ninguna frustración y ningún conflicto justifican quitarle la tranquilidad, la integridad o la vida a otra persona.

Las escuelas necesitan ser espacios de prevención, pero la prevención no puede depender únicamente de un protocolo. También necesita comunicación entre estudiantes, familias, docentes, autoridades y especialistas. Necesita educación emocional, atención oportuna y canales seguros para pedir ayuda.

Hoy una comunidad está lastimada.

Hay familias enfrentando una pérdida que nada podrá reparar y personas que tendrán que recuperarse de las lesiones y del impacto emocional de lo ocurrido. Hay estudiantes que quizá mañana regresen a un salón de clases, pero que difícilmente volverán a sentirse exactamente igual.

Por eso, además de exigir que las autoridades esclarezcan los hechos y que quienes resulten responsables enfrenten las consecuencias legales correspondientes, también debemos preguntarnos qué podemos hacer nosotros para construir entornos donde pedir ayuda no sea motivo de vergüenza y donde una señal de alerta no sea ignorada.

En momentos como este, necesitamos menos indiferencia y más empatía.

Necesitamos enseñarles a nuestros hijos que está bien hablar cuando algo les preocupa, que está bien pedir ayuda y que también está bien decir que no cuando una situación los hace sentir inseguros.

Necesitamos recordarles que el valor de una persona no depende de dominar a los demás, de obtener reconocimiento, de imponer miedo o de demostrar superioridad.

Y, sobre todo, debemos enseñar que los conflictos pueden enfrentarse sin violencia.

Hoy no es momento de alimentar el odio ni de buscar venganza. Es momento de acompañar a quienes están sufriendo, de respetar a las familias afectadas, de permitir que las autoridades realicen su trabajo y de reflexionar como sociedad sobre aquello que podemos hacer diferente.

Porque una tragedia como la de hoy no debería dejarnos únicamente una noticia para recordar.

Debería dejarnos una responsabilidad.

La responsabilidad de escuchar más.

De mirar más.

De preguntar cómo está quien tenemos cerca.

De no minimizar una amenaza, una señal de violencia o un cambio preocupante.

Y de entender que cuidar a nuestros niños y jóvenes no es responsabilidad exclusiva de una escuela o de una institución.

Es responsabilidad de todos.

Ojalá que después de este día podamos recuperar la tranquilidad, pero también conservar la conciencia de que ninguna vida debe perderse para que finalmente decidamos prestar atención.

Que nunca tengamos que esperar a una tragedia para recordar que detrás de cada estudiante hay una vida, una familia, sueños y un futuro que merece ser protegido.

Hoy, más que nunca, necesitamos aprender a cuidarnos unos a otros.

Y quizá ese sea el primer paso para que nuestras escuelas vuelvan a ser lo que siempre debieron ser: lugares donde nuestros hijos entren con una mochila llena de sueños y regresen a casa con la certeza de que están seguros.

Los invito a leerme en el Diario Digital EXTRA de la Laguna y en mi página de Facebook: Estrellas en el Cielo (Escritor).

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