La leyenda es cierta: el cine se creó para preservar la vida, para extender la juventud, para amarrarnos al presente contra el arrastre de la muerte; suponíamos, con cierto grado de certeza, que ese ahora eternizado en pantalla grande iba a frenar el paso del tiempo de quienes ahí se mostraban o, al menos, a someterlo a una cámara lenta, pero no consideramos algunas variables… las películas dejan de proyectarse… el color se deteriora… los actores aceptan papeles en los que muestran una mayor edad… todo eso son resquicios por los que la muerte mete sus dedos y entonces deprime al astro, envicia a la estrella, le insinúa la posibilidad de tener con ella su siguiente romance.
No nos lamentemos: los primeros 100 años del cine fueron una muy buena batalla contra la parca. Ella misma lo reconoce. Aún no sabemos si habremos de vencerla algún día, pero ya nos mira con respeto, como a buenos contrincantes. Déjenme les cuento lo que ocurrió tras el más reciente festival homenaje al genial mimo Charlie Chaplin.
Esto dijeron los guardianes del panteón donde su tumba pareció convertirse en camerino: «Está muy bien vigilado. El riesgo de profanadores es ínfimo. Sin embargo, encontramos su lápida movida y escuchamos ruidos adentro durante un tiempo prolongado, como si alguien echara brincos sobre un par de grandes zapatos de cuero.»











































