Hace días, me dispuse a ver la dramática miniserie, «Niños de plomo» de seis episodios, en Netflix, basada en hechos reales de un pueblo de la Polonia comunista de los años 70.
La trama sigue la lucha de la doctora Jolanta Wadowska-Król que descubre el envenenamiento por plomo en sangre en decenas de niños que viven cerca de una metalúrgica.
Si bien, la serie está bien narrada y magistralmente actuada por cada uno de los personajes, desde que empecé a verla no pude evitar pensar en la similitud que vivimos en Torreón a finales de los años noventa, ocasionada por la contaminación ambiental de Met-Mex Peñoles, donde miles de niños padecieron y siguen padeciendo los estragos a causa del envenenamiento de plomo, aunque para entonces, mi querido Torreón llevaba décadas sufriendo los estragos de la contaminación ambiental sin que nadie dijera nada, hasta 1998 que estalló la crisis, al documentarse más de 38 mil infantes con niveles elevados de plomo en sangre, en algunos hasta más de 17 veces superior a la norma establecida por organismos internacionales.
Aquí también fue un pediatra de la medicina privada, José Manuel Velasco quien empezó a detectar repetidos síntomas en recién nacidos y niños de 6 años que llegaban a su consultorio, ordenó a los padres de 51 paciente hacer análisis de plomo, de los cuales, la mitad resultaron con altas concentraciones de ese metal en la sangre, fue la punta del iceberg, cuando se supo se fueron sumando más infantes hasta contabilizarse en miles durante los siguientes años.
En ese entonces, madres de niños enfermos, apoyadas por activistas sociales y grupos ambientalistas denunciaron los hechos ante los medios de comunicación, sobre todos los más afectados, 339 niños que vivían cercas de la metalúrgica, en la colonia Luis Echeverría, el caso llegó a instancias federales, aceptando una crisis de salud pública, obligando a Peñoles a implementar más de 100 medidas de contingencia para reducir las concentraciones de plomo, aunque la Federación en ese entonces fue lenta y laxa en muchos indicadores, por su parte, el Congreso Local estableció de manera arbitraria que el límite de intoxicación por plomo era de 25 microgramos por decilitro de sangre, cuando los estándares internacionales sigue siendo de 10 mg/dl en adultos, en niños debe ser lo más cercano a cero, ya es preocupante 3.5.
La acción civil expuso públicamente a nivel internacional a Peñoles, científicos y ambientalistas de diversas latitudes declararon a la industria, la fuente de contaminación por metales, catalogada como la más agresiva a escala mundial.
Han pasado 28 años de ese episodio –y no es uno de televisión-, sucedió aquí en Torreón a finales de los noventas, si bien es cierto desde entonces se redujeron los niveles de contaminación ambiental, el flujo tóxico sigue en el aire envenenado a muchos niños laguneros, los pequeños son los más susceptibles.
Basta mirar al cielo en ciertos días de la semana, se aprecia una densa nube que hace llorar, la garganta se irrita, el cansancio aparece, mientras autoridades guardan silencio, se vuelven miopes ante lo que el más ciego puede ver al respirar el humo grisáceo que vomitan las chimeneas de la metalúrgica.
A Peñoles se le reconoce como una industria socialmente responsable, quisiera pensar que lo es, lo que sí es, es un mostro gigante y pisa fuerte. Desde 2006 la Procuraduría Federal de Protección del Ambiente (Profepa) dejó en sus manos, el encargo de supervisar sus propias emisiones de plomo y otros metales, a la fecha es juez y parte.
Es verdad, ya no son aquellos niveles estratosféricos de polución de hace décadas, quienes nos tocó respirarlo lo sabemos, pero a sus 125 años de iniciar operaciones, no ha logrado reducir sus emisiones a niveles inocuos para la salud y el ambiente.
Solo me pregunto, ¿qué acciones se tomarían si la metalúrgica estuviera del lado de Las Villas?.














































