Este era un médico al que no le importó sacrificar su cuerpo con tal de encontrar remedios.
Idealismo y vocación son dos palabras que, de tan abstractas y poco frecuentes, se acaba por pensar que sólo existen en las películas antiguas o en las novelas. No es el caso con la vida del doctor Eduardo Aguirre Pequeño, de quien ni su estatura física ni la humana correspondieron con su segundo apellido.
Su dedicación fueron las ciencias biológicas, materia que además impartió en la Universidad Autónoma de Nuevo León, en el Instituto Politécnico Nacional y en la Universidad Nacional Autónoma de México. Él fundó y dirigió las facultades de Agronomía y Biología de la UANL.
Este investigador nacido en 1904 y fallecido en 1988 era muy afecto a la música, tanto escuchada como interpretada por él mismo en voz e instrumentos; piano, armónica, guitarra. Además fue muy deportista, hasta su edad madura; sin embargo, no fueron éstos los motivos por los que se le ha llegado a considerar un héroe de la humanidad, ni por los que una encuesta local en el año 2000 lo ubicó como el mejor médico de Monterrey del siglo XX.
Al doctor Aguirre Pequeño se le recuerda y reconoce, más allá de las aulas y de su familia, por eso que hizo para investigar el mal del pinto. “Eso” fue una acción descrita como sumamente audaz y arriesgada por sus colegas, la autoinoculación.
Nuestro doctor quería averiguar la causa de dicha enfermedad y evidenciar sus etapas clínicas. No había sido posible transmitir el microorganismo al que se atribuía el padecimiento a animal alguno, así que viajó a Iguala –el mal se dio originalmente en Guerrero y Michoacán-, localizó a un enfermo y le pidió permiso para autoinocularse con la serosidad de una de sus llagas.
Recibió el permiso y Aguirre Pequeño vivió la enfermedad en todas sus etapas, que son muy similares a las de la sífilis. Sufrió durante casi cinco años el doloroso padecimiento, que daña la piel, el sistema nervioso y el cardiovascular. Las lesiones fueron material de estudio para sus colegas científicos que siguieron de cerca el sacrificio.
Las últimas etapas del mal del pinto lo obligaron a guardar cama, ya no podía caminar. Aunque la ciencia se enriqueció con su experimento, el Dr. Aguirre había entrado a un callejón sin salida. Existían medicamentos que atenuaban los efectos, pero no lo curaban. Cuando sus dolores fueron insoportables, pudo salvarse gracias a la llegada de la penicilina (de hecho, este medicamento aún no estaba en el mercado; nuestro personaje fue inyectado con el mismo gracias a la intervención de su compañero de estudios y gobernador de Nuevo León, Arturo B. De la Garza, quien consiguió que se le proporcionara el antibiótico).
La recuperación del médico, maestro e investigador tomó varios años. Tuvo que usar muletas durante un tiempo, luego bastón. La rehabilitación fue larga. Hay quienes consideran que su muerte, muchos años después, fue debida a secuelas de la enfermedad voluntariamente adquirida.
El Congreso de Nuevo León declaró Benemérito de la Educación a Eduardo Aguirre Pequeño en 2003.












































