El arte de engañar, disfrazados de limosneros

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La condición de desempleo y miseria en que viven muchas personas, las obliga a salir a la calle a pedir limosna para mitigar el hambre, de ellos y de sus familias, lo que para algunos es supervivencia, para otros es negocio, se aprovechas de la buena voluntad de la gente para lucrar su supuesta necesidad.

La gente invisible, la que no miramos, las que duermen en las calles bajo la cobija de cartón o papel periódico, esas que en realidad pedir limosna no es una opción, sino una necesidad imperiosa, si o si, de lo contrario no tienen bocado que llevarse al estómago, ellos –(forman parte del paisaje humano de las grandes urbes…), dice la tesis de M. Marco Fabre, de la Universidad de Zaragoza.2013.

Estirar la mano, para muchos es un arte, utilizar diversas artimañas para engañar a la gente de buen corazón. Utilizan atuendos lastimeros, con supuestas recetas en manos piden para el medicamento del pequeño hijo que está sufriendo de cáncer o aquellos que dicen no tener dinero para el entierro de su madre, entre otras muchas argucias que son utilizadas para conseguir sacarles unas monedas al extraño.

Los pedigüeños de oficio en el arte engañoso de exigir al otro “lo que sea su voluntad”, son personajes que recorren las calles, cruceros, restaurantes, cafeterías, tocan puertas y negocios con historias que ellos mismos han creado para mover emociones de los escuchas y sacarle unas cuantas monedas, que poco a poco van abultando sus bolsillos.

Se les puede ver en locales que abren al exterior, con mesas y servicios de cafetería, las rutas son variadas. En el centro de la ciudad, en las banquetas frente a la Plaza Mayor, pasando por el tramo de Morelos y Juárez, y hasta las sillas bajo los árboles de la famosa nieve de Chepo en la Alameda, por nombrar unos ejemplos.

Sin distingo acuden mesa tras mesas. No les interesa, si están comiendo o charlando las personas, llegan a disrumpir con su discurso bien ensayado, que hasta parece letanía de tantas veces utilizado y muchas veces reconstruido, para causar más lástima, entre más triste sea la historia, pueden conseguir remover algunos corazones de los incautos.

Hay una limosnera que con frecuencia veo en una cafetería que en ocasiones acudo, la señora habla con los dientes apretados con ropas comunes, siempre con apariencia de recién bañada y brillando por la crema corporal, habla en jerigonza, tiene un tic que le hace mover la cabeza de lado a lado y eso no le permite mirar de frente a su interlocutor…Sólo después de observarla y preguntar a clientes frecuentes, se concluye que pide una ayudita, para un familiar enfermo. Va de café en café.

Otro menesteroso en el arte de engañar para obtener dinero, es un hombre mejor vestido, que en verano, usa shorts de marca y tenis igualmente; trae una mochila, y habla ante las mesas, diciendo que era abogado, luego agregó con el tiempo que fue sacerdote, en algún café se le escuchó entonar los aleluyas, argumenta que debido a los problemas con la violencia, se vio obligado a dejar su trabajo, y pide para sostener sus gastos de comida, luz, agua, alimentación, a este hombre se le pude calificar con la famosa frase: “limosnero y con

garrote”, porque si no logra su cometido de conseguir una “ayudita”, sale molesto diciendo sandeces de los clientes.

Otros con movimientos rápidos dejan caer como magos, una estampita religiosa, una flor de papel o un dulce sobre las mesas al tiempo aparece su discurso: “señito, señor, estoy chambeando ay perdonen, joven que los interrumpa, pero le echamos ganas” y va llevando el tono, rompe la cuarta pared actoral donde casi tocan a las personas, ganándose de algunas damas una reprimenda por su atrevimiento de posar sus dedos en hombro o brazo, de estos pululan por toda la ciudad.

Sirva este marco cotidiano para ir a la historia de un chamán que al perder su buena suerte se convirtió en mendigo. El chamán con hierbas, sacudidas y ramazos, “limpiaba el aura” de los crédulos que acudían con él para que les regresara la buena suerte.

Las aventuras hilvanadas por el propio “adivino” en sus mejores tiempos, hasta se convirtió en guía de exploradores locales en busca de energía, cuarzos y petroglifos, en las localidades de San Rafael, El Sol, más allá de San Pedro. Allá, arriba de un montículo, donde según él percibía la energía, les hacía “limpias” de pies a cabeza y hasta de sus bolsillos.

Un día la suerte se le apagó al chamán, su clientela dejó de creer y sus ingresos desaparecieron, lo que lo obligó a convertirse en un pobre vagabundo, uno más de los persones urbano, pide dinero con diversos argumentos, según vaya transcurriendo el día.

La historia complementaria de estos hombres y mujeres, la mayoría entrados en la vejez, muchos abandonados por sus familiares, otros porque no les queda otra y muchos más porque desde siempre ha sido su oficio, estas historias las remarca el reconocido ensayista mexicano, Beteta, las describe sobre la marginalidad, cómo la pérdida de la moralidad, la falta de oportunidades; sí, pero más, tomar, como un sistema de trabajo la exigencia diaria, de pedir dinero, es lo que crea a la legión interminable de los llamados pedigüeños.

Mientras no se equilibre, la distribución de la riqueza, continuará el teatro de los vagabundos y el carrusel de las repeticiones en cada lugar público, donde se congregue gente o tocando puertas para seguir pidiendo, “lo que sea su santa voluntad”.

Agrego lo que el ensayo La Mendicidad en México de Sofía Rivera dice: ¨Existen muchas variantes que rodean este problema ya que…la mendicidad es una acción a la que no solo se dedica un grupo de personas, sino muchísima variedad de individuos…que son capaces de fingir…y ganan más por caridad¨, fin de la cita, más no del tema donde lo que esto escribe suspira por la nostalgia infructuosa de una sociedad equilibrada, justa y libre.

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