Domine el arte de la oportunidad

0
1026

Nunca demuestre tener prisa, ya que el apuro delata una falta de control sobre el tiempo y sobre su propio accionar. Muéstrese siempre paciente, como si supiera que, con el tiempo, todos sus deseos se cumplirán.

Conviértase en especialista en el arte de detectar el momento propicio para cada cosa. Descubra el espíritu de los tiempos actuales y las tendencias que lo llevarán al poder. Aprenda a mantenerse a la expectativa cuando el momento propicio no haya llegado, y a golpear con fuerza cuando la oportunidad le sea propicia.

El tiempo es un concepto artificial que hemos creado para hacer más tolerables y humanos la infinita eternidad y el universo. Dado que nosotros hemos creado el concepto del tiempo, también podemos, en cierta medida, modelarlo y jugar con él.

El tiempo de un niño es largo y lento, con grandes espacios; el tiempo de un adulto pasa con aterradora rapidez. Por lo tanto, el tiempo depende de la percepción, la cual, según sabemos, puede alterarse a voluntad.

Esto es lo primero que debemos comprender en relación con el arte de controlar el tiempo y determinar el momento oportuno. Si el torbellino interior causado por nuestras emociones hace que el tiempo parezca pasar más de prisa, se puede deducir que, una vez que controlemos nuestras respuestas emocionales a los hechos, el tiempo transcurrirá con mayor lentitud. Esta forma alterada de manejar las cosas tiende a alargar nuestra percepción del futuro, a abrir posibilidades que el temor y la ira nos cierran, y nos permite ejercer la paciencia, principal requisito para determinar el momento oportuno. Hay tres tipos de tiempo que es preciso aprender a manejar; cada uno presenta sus propios problemas, que pueden resolverse con práctica y habilidad. En primer lugar tenemos el largo plazo: el tiempo que se estira a través de los años y que debemos manejar con paciencia y dirigir con cuidado. Nuestro manejo del largo plazo debe ser el más defensivo: es el arte de no reaccionar fíe manera impulsiva, de esperar la oportunidad.

A continuación tenemos el tiempo forzado: el tiempo a corto plazo que podemos manipular como un arma agresiva, para modificar la planificación temporal de nuestros adversarios. Y por último tenemos el tiempo final, el momento en que un plan debe ejecutarse con rapidez y violencia. Hemos esperado, encontramos el momento propicio y no debemos titubear.

Largo plazo

Chou Yung, célebre pintor Ming del siglo XVII, relata una historia que modificó su comportamiento para siempre. Al final de una tarde de invierno salió a visitar una ciudad ubicada frente a la suya, del otro lado del río. Llevaba una cantidad de libros y papeles importantes, y le había encargado a un muchachito que lo ayudara a acarrearlos. Cuando la embarcación se acercaba a la otra orilla del río, Chou Yung le preguntó al botero si tendría tiempo de llegar hasta la ciudad antes de que se cerraran sus puertas, ya que se encontraba a una milla de distancia y la noche ya estaba cayendo. El botero miró al jovencito, luego el bulto de libros y papeles, y contestó: «Sí, siempre y cuando no camine demasiado de prisa».

Sin embargo, cuando se pusieron en marcha, el Sol ya se ponía. Temiendo que cerraran las puertas de la ciudad y ellos quedan afuera, a merced de los bandidos del lugar, Chou y el muchacho marcharon cada vez más de prisa. De pronto, los cordones con que estaban atados los papeles se cortaron y los documentos se desparramaron por el suelo. Les llevó muchos minutos volver a armar el paquete, y cuando llegaron a las puertas de la ciudad, éstas ya estaban cerradas.

Cuando se apura el paso por temor o impaciencia, se crea una cantidad de problemas que hay que resolver y al final se termina tardando mucho más que si se hubiese optado por un ritmo más pausado. A veces, quienes caminan de prisa podrán llegar antes, pero los papeles vuelan por todas partes, aparecen nuevos peligros y los apresurados se encuentran en un constante estado de crisis, obligados a solucionar problemas que ellos mismos han creado. En ocasiones conviene no actuar frente al peligro, sino esperar y aminorar el ritmo en forma deliberada. A medida que transcurra, el tiempo irá presentado oportunidades que uno ni siquiera imaginaba.

Esperar implica controlar no sólo las propias emociones sino las de los demás, que al confundir acción con poder, acaso intenten impulsarnos a emprender acciones precipitadas. Por otra parte, en el caso de sus rivales o adversarios, usted podrá alentarlos a cometer ese mismo error: si usted deja que ellos se precipiten en problemas mientras usted da un paso hacia atrás y espera, pronto encontrará el momento adecuado para cosechar los beneficios de su paciencia. Esta sabia política fue la estrategia principal del gran emperador japonés Tokugawa Ieyasu, que gobernó a principios del siglo XVII. Cuando su predecesor, el testarudo Hideyoshi (bajo cuyo gobierno Ieyasu sirvió como
general), organizó una apresurada invasión a Corea, Ieyasu no participó, pues sabía que terminaría en un desastre y provocaría la caída de Hideyoshi. Más vale esperar con paciencia entre bambalinas, incluso durante muchos años hasta hallarse en condiciones de adueñarse del poder cuando ha llegado el momento oportuno: exactamente lo que hizo Ieyasu.

No se desacelera deliberadamente el tiempo para vivir más años o para disfrutar más del momento, sino para manejar mejor el juego del poder. En primer lugar, si su mente se encuentra libre del estorbo de las constantes emergencias, le resultará más fácil ver con claridad el futuro. Segundo, logrará resistir las tentaciones que otros le ponen delante de sus narices y evitará convertirse en una más de las impacientes víctimas de los maestros estafadores.

Tercero, tendrá más espacio para mostrarse flexible. De manera inevitable surgirán oportunidades que usted no esperaba y que habría perdido de haber forzado la marcha. Cuarto, no pasará de un asunto a otro sin concluir el primero. Construir los fundamentos del poder quizá le lleve años; asegúrese de que su fundamento es seguro. No sea simplemente un fogonazo pasajero: el éxito que se construye en forma lenta y segura es el único que perdura.

Por último, desacelerar el tiempo le permitirá obtener una perspectiva de los tiempos en que vive, tomar cierta distancia y ubicarse en una posición menos emocional, para ver con mayor claridad las cosas por venir. Los apresurados suelen confundir un fenómeno superficial con una verdadera tendencia y verán sólo lo que quieren ver. Es mucho mejor ver lo que realmente está sucediendo, aun cuando sea poco placentero o dificulte su tarea.

Tiempo forzado

El truco de forzar el tiempo consiste en alterar el ritmo de los demás: hacerlos apresurar, hacerlos esperar, hacer que abandonen su propio ritmo, distorsionar su percepción del tiempo. Al alterar el ritmo de su adversario mientras usted permanece en paciente espera, gana tiempo para usted mismo, con lo que tiene ganada la mitad del juego.

En 1473, el gran sultán turco Mehmed el Conquistador propuso negociaciones con Hungría, para poner fin a las frecuentes guerras que se producían entre los dos países desde hacía años. Cuando el emisario húngaro llegó a Turquía para iniciar las conversaciones, los funcionarios turcos se disculparon humildemente: Mehmed acababa de ausentarse de Estambul para luchar contra su enemigo de siempre, Uzun Hasan.

Pero, por otra parte, ansiaba con urgencia la paz con Hungría, así que le pedía al emisario que se reuniera con él en el frente. Cuando el emisario llegó al lugar del combate, Mehmed ya había partido hacia el este, en persecución de su veloz adversario. Esto se repitió varias veces. Dondequiera que el emisario se detenía, los turcos le hacían obsequios y lo agasajaban con banquetes, en placenteras ceremonias que insumían mucho tiempo. Al fin Mehmed derrotó a Uzun y se reunió con el emisario. Sin embargo, los términos que presentó para establecer la paz con Hungría, eran en extremo duros. Al cabo de algunos días, las negociaciones se interrumpieron, ya que las partes no lograron llegar a un acuerdo. Pero esto no preocupó a Mehmed; por el contrario, era lo que planeaba desde el principio. Al tramar su campaña contra Uzun, se dio cuenta de que, al desviar sus ejércitos hacia el este, su flanco oeste —es decir, el limite con Hungría— quedaría desprotegido. Para evitar que los húngaros se aprovecharan de la situación, en un primer momento los tentó con una propuesta de paz y luegg los hizo esperar, todo lo cual redundó en su propia ventaja.

Hacer esperar a la gente es una forma poderosa de forzar el tiempo, siempre y cuando los demás no se den cuenta de qué es lo que usted está tramando. Usted controla el reloj y ellos permanecen en el limbo… y se desmoronan con rapidez, abriendo oportunidades para que usted aproveche.- Comience sus negociaciones en forma pausada y luego, de repente, aplique presión.

Cuando no se les da el tiempo necesario para pensar, las personas cometeran errores, así que fije usted los plazos. Ésta era la técnica que Maquiavelo tanto admiraba en César Borgia, que en las negociaciones pasaba de pronto a presionar para que se tomara una decisión, con lo cual alteraba los plazos y la paciencia del adversario. Porque ¿quién se atrevía a hacer esperar a César Borgia? Joseph Duveen, el famoso marchand, sabía que si le fijaba un plazo límite a un comprador indeciso como John D. Rockefeller, el cliente sólo trataría de ganar tiempo.

Freud observó que los pacientes que habían hecho psicoanálisis durante arios sin mejorar se recuperaban de manera milagrosa si él les fijaba una fecha determinada para concluir la terapia. Jacques Lacan, el famoso psicoanalista francés, utilizaba una variante de esta táctica: a veces terminaba la sesión —habitualmente de una hora— al cabo de diez minutos, sin aviso previo. Cuando esto había sucedido varias veces, el paciente se daba cuenta de que más le valía aprovechar al máximo el tiempo disponible, en lugar de desperdiciar gran parte de la hora con charla irrelevante. La fecha tope es, pues, una herramienta muy poderosa. Termine con los titubeos de los indecisos y obligue a la gente, de una vez por todas, a tomar una decisión. Nunca permita que los otros lo obliguen a someterse a plazos exasperantes. Nunca les dé tiempo.

Los magos y los artistas del espectáculo son expertos en forzar el tiempo. En más de una ocasión Houdini podría haberse librado de sus ataduras en pocos minutos, pero estiraba su escape a una hora, haciendo sufrir y transpirar al público mientras el tiempo daba la impresión de detenerse. Los magos supieron siempre que la mejor forma de alterar nuestra percepción del tiempo consiste en hacerlo parecer más lento. Crear suspenso genera una increíble pausa en el fluir del tiempo: cuanto más lento es el movimiento de las manos del prestidigitador, más fácil resulta crear la ilusión de velocidad, que lleva a la gente a creer que el conejo apareció instantáneamente. El gran mago Jean-Eugéne Robert-Houdini del siglo xix, tomó nota de este efecto: «Cuanto más lentamente se cuente una historia, más corta ésta parece».

Ir más despacio agrega interés a lo que usted hace: el público se adecua a su ritmo, se deja fascinar, entra en una especie de trance, un estado en que el tiempo transcurre gratamente. Usted deberá practicar este tipo de ilusionismo, que comparte con los hipnotizadores la capacidad de alterar la percepción del tiempo.

Tiempo final

Podrá jugar este juego con la mayor de las maestrías —sabrá aguardar con paciencia el momento oportuno para actuar, confundir a su adversario y desbaratarle los tiempos—, pero todo esto no sirve de nada si usted no sabe cómo terminar.

No sea como esos individuos que parecen ejemplos de paciencia pero que en realidad temen llevar las cosas a un final: la paciencia es inútil si no se la combina con la disposición de atacar sin escrúpulos al adversario en el momento adecuado. Usted podrá esperar todo lo que sea necesario para concluir algo, pero cuando ese momento llegue, deberá actuar con rapidez para paralizar a su adversario, ocultar cualquier error que usted pudiera cometer, e impresionar a la gente con su aura de autoridad y finalidad.

Con la paciencia de un encantador de serpientes, usted hace salir a la serpiente con ritmos serenos y constantes. Una vez que ella haya salido, ¿se animaría a poner el pie delante de sus mortíferas fauces? Nunca hay justificativo alguno para detenerse sobre el final del juego. Su maestría para regular los tiempos sólo podrá juzgarse según la manera en que maneje el final: la rapidez con que cambie de ritmo y lleve las cosas a una conclusión rápida y definitiva.

Comprende:

No se puede ganar poder alguno soltando las riendas y adaptándose a lo que el tiempo quiera traer. En cierta medida, usted deberá dirigir el tiempo, o de lo contrario se convertirá en su víctima. Por lo tanto, no hay ningún caso en que esta ley no sea válida.

Deja un comentario