Diez pesos para un millonario

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La siguiente historia parece provenir del tiempo aquel en el que las hadas, los magos y los genios andaban entre los hombres y les concedían deseos.

La narró en alguna ocasión el periodista Antonio de Mendieta. Le sucedió a Rogelio Villarreal Garza, en ese entonces joven funcionario de la Universidad Autónoma de Nuevo León, a cargo del Departamento de Extensión Universitaria. 

Uno de sus mayores problemas era que los  estudiantes de bajos recursos no podían comprar libros. Villarreal tuvo la idea de crear una biblioteca que los alquilara por muy pequeñas cantidades a quienes más lo necesitaran. Pidió apoyo económico a Rectoría, y ahí le sugirieron que mejor visitara al Gobernador. 

El Gobernador Raúl Rangel Frías vivía por la Colonia Obispado. Rogelio Villarreal se dirigió a buscarlo conduciendo su viejo automóvil, el cual dejó de funcionar cuando estaba ya muy cerca de su destino. 

El funcionario de la UANL no pudo hacerlo andar. Vio a un hombre trabajando en el jardín de una de las casas cercanas. El jardinero, que ya se había dado cuenta del problema, se acercó, metió las manos en el motor y lo hizo trabajar. 

Durante la reparación, Villarreal platicó al hombre que buscaba la casa del Gobernador y también le dijo el motivo: “Una biblioteca para ustedes, los humildes, para que sus  hijos puedan estudiar, sin gastar en libros caros”. 

El jardinero le dio las señas para llegar a la casa del Gobernador, y aparte le dio un consejo: “Mire, a lo mejor en la Cervecería le pueden ayudar”. Por si fuera poco, le sugirió que viera al señor Ricardo González Quijano. 

Rogelio, agradecido, sacó un billete de diez pesos (los había en ese entonces) y se lo ofreció al buen hombre. Este lo rechazó, pero ante la terca insistencia, tuvo que aceptarlo. 

Como no pudo localizar al Gobernador, Villarreal, sin nada qué perder, hizo caso al consejo del anciano jardinero y fue a las oficinas de la Cervecería Cuauhtémoc al día siguiente. Pidió hablar con González  Quijano y el ejecutivo lo recibió de inmediato. No solo eso: tenía listo un cheque justo por la cantidad que el joven directivo de la UANL necesitaba. 

El jardinero al que había dado 10 pesos de propina era el ingeniero Eugenio Garza Sada, cabeza de la Cervecería Cuauhtémoc, capitán del Grupo Monterrey, que incluía a 30 empresas y era uno de los más importantes del país en esos momentos, si no es el que más. También fue el fundador del Tec de Monterrey y patrocinador-benefactor de múltiples obras para la educación y la beneficencia. 

Hay personas que se ocultan tras sus obras, pero también hay personalidades que compiten con sus mismos actos. Don Eugenio Garza Sada, empresario mítico, dada la cantidad de anécdotas que se cuentan acerca de sus hábitos sencillos y conservadores, sigue siendo el prototipo, y también el arquetipo, del industrial norteño. 

Él es, hasta nuestros días, la difícil de imitar referencia del empresariado regio. Tras su muerte, ocurrida por resistirse a un secuestro en septiembre de 1973, más de 250 mil personas acudieron a su sepelio. Más de 50 agrupaciones sociales de Monterrey acordaron guardar nueve días de luto en memoria del jardinero que hizo de Monterrey algo grande.

Su vida ofrece material suficiente para un bestseller, para una película y para una serie de varias temporadas.

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