“La vida es un benéfico recreo, donde todos estamos para recrearnos, jamás para destruirnos, lo que conlleva escucharse y dejar que nuestro orbe oculto fecunde sueños. En consecuencia, los movimientos han de estar adheridos a reglas, como el respeto por los adversarios y la lucha contra todo tipo de violencias”.
En este mundo de realidades corruptas y de espacios de mercado, sin sensibilidad alguna, al cual no le interesa el sentido de nuestra existencia anímica, precisamos recuperar la importancia de un timbre radiante, que intensifique la consideración hacia todo ser humano; hoy tentado de navegar como un cuerpo sin espíritu, al ritmo de la compraventa vinculada a la cartera de inversiones, en lugar de volver al corazón, para reencontrarse. No podemos continuar devaluándonos. Hemos de reaccionar frente a este egoísmo, que desemboca en un individualismo empedrado y cada día más enfermo, verdaderamente destructivo, que nos deja sin alma. Urge regresar al verso que somos, a la sístole y diástole del verbo nítido, que es el que nos eleva a la mística en comunión.
Precisamos que todas las acciones se pongan o se repongan bajo el dominio poético de los latidos, que la comercialización y los deseos de capital obsesivos, dejen de apoderarse de nuestros andares, por aquí abajo. La poesía y, no el poder a cualquier precio, es lo que debe reinar sobre todo lo demás. Esto nos exige, practicar la confluencia de miradas, si en verdad queremos albergar un estado de arrojo humanitario. Por ello, es vital recogerse para hacer silencio; y, de este modo, templar nuestros propios impulsos terrícolas, a fin de armonizar las estúpidas enemistades. Dejemos, pues; que las entretelas diluciden nuestros pasos, antes que la indiferencia nos tutele y la ingratitud nos subyugue. No olvidemos jamás, que cada obra de amor, tiene su social aleteo curativo.
Indudablemente, la peor de las contrariedades será cultivar un interior cerrado y endurecido; que apenas, sienta por nada, ni tampoco por nadie. Enmendarse es lo suyo; lo que nos demanda a tener que ahondar en el nosotros, para que nuestras distintivas habitaciones estén tranquilas. Esto requiere tiempo y otros cultivos, que tampoco están de moda en el ahora. Se trata de mirarse y de verse para poder refundirse; previo aprender a reprendernos, bajo la visión de una sana voluntad. El juego limpio puede ser una buena lección, para observar cómo se activa el aprecio entre las gentes copartícipes, enseñándonos a valorarnos y a respetarnos los unos a los otros. Únicamente se requiere, para llevarlo a buen término, entenderse y atenderse.
Pensemos que la vida es un benéfico recreo, donde todos estamos para recrearnos, jamás para destruirnos, lo que conlleva escucharse y dejar que nuestro orbe oculto fecunde sueños. En consecuencia, los movimientos han de estar adheridos a reglas, como el respeto por los adversarios y la lucha contra todo tipo de violencias. El cariño es nuestro abecedario, o debe serlo, si queremos ser honestos y notar que, un instante de gozo introspectivo, vale más que una perennidad de placer por los sentidos. En definitiva, que allí donde reina el afecto, la persona alcanza su identidad de quererse y de hallarse querido. Sí, lo más sublime es que amándose uno, es como se puede amar a los demás. El manantial de la luz viviente, no tiene otro alojamiento, que el curso de las percusiones.
Está visto, que nuestro mayor tesoro de tañidos sistémicos se alegra cuando la familia es nuestro natural cobijo, el hogar del níveo sentimiento. Tanto es así que, como repetía el inolvidable Francisco de Quevedo por el paraíso de Torre de Juan Abad, situado en la vieja comarca del campo de Montiel, al Sur de Ciudad Real y colindante con Andalucía, formalmente reino de España: “los que de corazón se quieren, sólo con el corazón se hablan”. Por este cimiento Quevediano, y viendo como se suceden las nuevas disputas, con la complicidad de meras luchas de poder alrededor de toques frívolos, pasividad o flojedad nuestra, podemos pensar que esta sociedad globalizada, de la era de la inteligencia artificial, está perdiendo el pulso, que es tanto como decir, que ha entrado en demencia con el odio.
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