El insomnio volvió junto con las noches frías de invierno. La aguja del reloj parece inyectar melancolía directa a mis venas para alimentar el tiempo de soledad.
Los recuerdos bellos ya enterrados bajo la nieve susurran tu nombre despacio, y es lo único que le regala un grado de calidez a mi cuerpo friolento.
La verdad es que extraño el impacto de tus manos sobre mis mejillas, que posteriormente se deslizaban por encima de mi boca y yo esbozaba la sonrisa más honesta.
Eras la única fuerza absoluta por encima de mí que merecía respeto y además, tenía el poder de ejercer control sobre cada uno de mis minuciosos movimientos. Ésa clase de pertenencia es el verdadero significado de: entrega.
Mientras me abrigo con el deseo de querer volver a aquellos ayeres, los segundos me reclaman la opresión de tus abrazos y el campo electromagnético de emociones, esas que irradiaban el calor del mismo sol.
Pero hoy estoy aquí, en medio de un baile lento con tu ausencia, en la espera eterna de que vuelvas. Y tú tan lejos y muy alto… junto a ella.












































